viernes, 29 de mayo de 2020

EMOCIÓN



Sueño pero corro.

Es sábado, estoy adentro de la canchita y me muevo para todos lados.

Hay mucha luz porque hay mucho sol.

Me alejo de todos los que somos ahí dando vueltas, entrando en calor, y me voy para un rincón.
Corro hasta la mitad de cancha, después voy pisando la línea del lateral en una especie de toc.
Lo veo al Gaby que se mueve con su chuequera y su rodillera.
Quique también hace lo suyo con movimientos toscos.
Ramiro tira la pelota desde el otro lado de la red, cae, me la adueño y la llevo abajo de la suela de mis zapatillas turquesas y negras, siempre cerca de la línea, con prolijidad.
Me siento débil, siento como si algo en mis piernas se dislocara.
Paso la pelota al centro de la cancha, donde una multiplicidad de colores se amontonan hablando.
Sigo corriendo, y me doy cuenta que ese día no vamos a jugar.
"Es la recomendación", escucho que uno dice y muchos asienten.
Echo un pique, después alargo, hago movimientos circulares con los brazos.
No sé bien porque pero empiezo a llorar mientras corro y trato de disimularlo. Es alegría y tristeza a la vez, lo siento al sentirme vivo en esa escena sabatina tan simple de movimiento, cancha, colores, sonrisas, casi fútbol y sol.
Es verdadera emoción, ahora lo reconozco mientras lo describo.

Hago como que bostezo y me froto rápido un nudillo en un lagrimal, me alejo más, para que nadie me vea, por esa estupidez de "los machos no lloran".
Y después, pienso en lo boludo que fui en no haberme preparado bien quince días, antes que levanten la cuarentena total estricta y obligatoria.

jueves, 14 de mayo de 2020

RATAS PANDEMICAS







El caso rosarino en plena pandemia mundial y consecuente cuarentena fue altamente llamativo.
Al igual que, en muchas ciudades grandes, la población de roedores salió en busca de alimentos ante la quietud de las solitarias y silenciosas calles y, la disminución de residuos desechados por bares y restaurantes.
Había que comer y la comida estaba, puertas adentro, en los hogares.
Pero el extraño caso rosarino no se limita a este hecho que se replicó en todo el globo con especies de todo tipo sino que, el mismo, se remite a un cambio de orientación  del cual no hay ningún antecedente.
El movimiento de las ratas dentro de los túneles fue in crescendo a medida que el confinamiento de las personas se extendía, de forma obligatoria, a través del tiempo.
Para aquellos que no lo saben, esta ciudad argentina distante a unos 300 kilómetros de Buenos Aires, que se fue gestando a la luz del tren, el puerto y el comercio se fue edificando, sobre todo en la ola inmigratoria de principios de siglo 20, sobre túneles que eran utilizados para distintos fines.
Es decir que, por debajo de esta metrópoli, se teje un entramado laberíntico de conexiones que la atraviesa y era utilizado, en épocas del contrabando a tal fin, cuando la ciudad era conocida como la chicago argentina.
En esos túneles en desuso se fue gestando una de las poblaciones de roedores más grandes del mundo que, en ocasión de la última pandemia, comenzaron a mover el piso de esta ciudad. En forma literal.
Por las noches habían movimientos sísmicos de los cuales, al principio, se sospechó que fuesen réplicas de terremotos en la zona de Cuyo e incluso Chile, algo que suele acontecer con cierta distancia en el tiempo.
Pero no, se trataba de las ratas que se iban adueñando del paisaje, que comenzaban a sentir impunidad total.
Canal tres hizo un móvil desde la plaza Montenegro donde el periodista Pedro Levy, con barbijo, narró el momento en que unos roedores se abalanzaron sobre las palomas que caminaban distraídas.
El intendente, muy preocupado, se contactó con el gobernador de la provincia de Santa Fe e incluso trató el tema con el presidente Alberto Fernández pero no hubo respuesta, había otras prioridades, incluso, Fernández, tiró, a modo de chiste algo así como que "se jodan por haberse comido todos los gatos", en referencia a un apodo ganado por un triste show mediático de muchos años atrás, en el cual unos periodistas mostraron como en el acceso sur faenaban un animalito de esta especie.
Por supuesto, el chiste fue con buena onda, incluso el primer mandatario luego, le mandó saludos a su amigo Lito Nebbia, músico de esa ciudad.
La municipalidad quedó sola en esta lucha.
Los oportunistas vieron el negocio y ofrecían, además de barbijos y alcohol en gel, trampas para ratas.
El concejo estudiaba la ordenanza Hamelin en la cual se debatía sacar a la calle a la orquesta municipal para que, tocando sus instrumentos,  atrape a los roedores que, embelesados por la música  los seguirían hasta caer al río y ahogarse. Pero el río se estaba secando y permanentemente se iba, en las sesiones, a cuarto intermedio hasta el jueves siguiente.
No había soluciones a la vista y las ratas pandémicas avanzaban más y más, aparecian desde las claraboyas, las cloacas y las canillas.
Se inmiscuían en charlas de zoom de empresas, aparecían en fotos de instagram haciendo gimnasia e incluso se sacaban fotos sonrientes con comidas exuberantes que compartían por whatsap para que las vean ratas de otras ciudades.
Se estaban más que domesticando, se estaban humanizando mientras los humanos se deshumanizaban.
Algunas comenzaron a usar barbijos y pedían a otras que hagan la cuarentena en sus ratoneras por temor a contagiarse de hantavirus.
Hubo un escrache público a una que regresó de Brasil con una tabla de surf en el techo del auto.
Otras, comenzaron a manejar twitter y opinaban en televisión.
Nada más fue lo mismo y los habitantes de esa ciudad con el paso del tiempo quedaron  desorientados.
Fue un funcionario, el Dr. Facundo Osia quien caminando una mañana corroboró la primer gran anomalía estructural que culminó con el cambio de orientación.
Osia, mientras chequeaba que la ciudad esté bien notó una grieta en la tierra que terminaría llevándose parte de su club, el club Mitre, ubicado en la barranca,  donde supo comer cientos de asados con sus compañeros de la facultad de abogacía.
Con el correr de los días toda la barranca de la costa rosarina comenzó a desmoronarse
Al principio se pensaba que esto era producto de la pronunciada bajante del río.
Pero no era ese el motivo.
En el movimiento incesantemente voraz, frenético y tumultuoso de los roedores a través de los túneles estaba la explicación.
Fue tal el efecto durante la cuarentena, tal la vibración que la ciudad giró sobre su propio eje.
Maria Teresa Masa lo visualizó desde su balcón de puerto norte una mañana que no vio más el río, y en su lugar contempló la Avenida Circunvalación.
El barrio Arroyito se mudó a Tablada y viceversa y en el lugar del  estadio Gigante de Arroyito se erigió el Gabino Sosa, la casa del Trinche Carlovich.
La bajada de la Avenida Puccio comenzó a culminar  en las cascadas del Saladillo.
El Monumento a la Bandera quedó ubicado en medio de las cuatro plazas, en el corazón del  barrio Belgrano, en una pandémica coincidencia.
Es por todas estas cosas que se habla del extrañísimo caso rosarino, esa ciudad revolucionaria revolucionada que se ubica en el centro de la pampa gringa aunque esto último, puede cambiar.