lunes, 17 de julio de 2023

¿QUIÉN TIENE REALMENTE EL PODER?

 


Ayer, cuando cerró la votación me fui a esperar los resultados de las elecciones a la sala de un hotel céntrico junto a Miguel Ángel Tessandori.

No era un búnker, como muy mal se llama por esas costumbres extrañas de la comunicación por repetición. El búnker es un lugar subterráneo y húmedo donde se esconden los genocidas o, más acá en el tiempo y en Rosario nos lleva a un lugar que forma parte de una cadena que baña la ciudad en sangre.

En la sala en cuestión había un ambiente calmo, cálido y tranquilo. Unos sillones, alfombra, una mesa con agua y café y un televisor encendido con el canal cinco.

Estaban sus familiares, amigos, allegados y la gente que conforma su equipo.

Pasadas las 19.30 hs. llegó Miguel y saludó uno por uno a los que estábamos hasta que se dio cuenta que faltaba Belén. Belén es su hija.

Lo acompañé a Mauro a buscarla al barrio de Miguel, a una calle oscura que choca contra el Viaducto Avellaneda, la espera en el auto fue breve y eterna.

Volvimos al hotel.

Estaban todos los que tenían que estar: sus hijos,  Mauro, Luciano y Belén. 

En realidad faltaba uno más pero al cielo – todavía- no lo podemos ir a buscar.

Estaban  sus nueras y su nieta muy pequeña a la cual Miguel simplemente mira y le saca una sonrisa.

Eso es Poder.

Actualizábamos los datos permanentemente en nuestros teléfonos  e íbamos viendo el recuento de voto en el momento. Estábamos a diez puntos, después a ocho, después a cinco, después a tres. Nos pusimos contentos. Miguel sonreía. Se iba sentando en distintos lugares, fuimos rotando como en el vóley,  aunque en realidad era como en el tenis tal como lo había dicho él a la mañana. Es punto a punto. Y es verdad.

Nos llegaron datos de mesas testigos.

Estábamos cerca, estábamos  a menos de un punto. La política puede no parecer muy interesante, pero les aseguro que en ese momento hay adrenalina tipo cuando Central da vuelta esos partidos que no los hace nadie. Estábamos todos ahí, todos pendiente. Reímos, nos pusimos serios, nos volvimos a reír. Todo era en un ambiente de mucho respeto que cada tanto se cortaba con un chiste. Para mi, comenté, había que poner algo en Netflix ahí, alguna de las pocas buenas películas que cada tanto encontrás.  Miguel me miró, creo que le gustó mi idea, es fanático del cine.

Comimos sandwichitos y les avisé que si llegaba a ver que se daba vuelta el recuento me iba a ir a buscar una birra.

Había un poquito de entusiasmo mesurado. 

Luciano me dijo que lo acompañe a comprar pañales. No puede ser tan árbitro pero no le puedo decir que no. Caminamos hasta una farmacia de turno y otra vez el miedo. Todo roto, sucio, poca luz y feo. Las motos cruzaban las calles en la mano que querían y no se distingue vereda de calle. Es imposible no tener miedo más allá que no lo decimos.

 A la vuelta de la farmacia Luciano sacó el teléfono para hablar con su esposa como si nada  en otra actitud de árbitro, para explicarle que no conseguimos pañales “bombachitas”.  

Antes de volver al hotel me comentó que por un lado estaba bueno que su viejo no gane, que piensa  mucho en el desgaste que es para la salud, que se ahorraría un montón de problemas y que él no podría atender tranquilo su negocio. Está brava Rosario.

Llegamos, los votos seguían ahí cerquita,  estábamos dos puntos abajo. Me acequé al tele con Belén para que vea la foto de su papá ahí en la pantalla con el numero 39.47%, porque a ella le cuesta ver de lejos. Vio eso y sonrío, estábamos ahí nomás. 

No iba a durar mucho más Belén ahi porque es una persona altamente sensible y después le empezó a doler la cabeza. Mauro la llevó a su casa.

En ese momento estábamos tres puntos abajo. Lucho lo veía difícil.

De repente sonó el celular de Miguel y dijo “Pablo, ¿cómo va?” y se fue a otro cuarto.

Es el intendente quien llamó para felicitarlo por la muy buena elección y le avisó que según las mesas testigos de su partido tenía una diferencia muy amplia e iba a salir a avisar que ganó la interna. Esto es tener Poder.

 El “Partido”,  gente de la militancia dura, de años, de trabajo estatal, de familiares, de amigos, de la facultad, de los barrios, intelectuales.

Son muchos y muchos viven por y para  eso.

No hay juicio de valor en mis palabras, es data. Son apasionados, los hay buenos y, claro, quieren una sociedad mejor. Como quiere Miguel también, que no es lo que se denomina un animal político (esa definición si está buena) como lo es su contrincante Pablo.

Nos contó Miguel que hablaron mientras un asesor escribía algo en twitter. 

¿Qué querés qué le diga qué haga? nos dijo.

Creo que se bajoneo un poco, pero hasta ahí.

Se sentó, se puso los lentes, miró su celular, miró la tele. 

Pablo festejaba abrazado a mucha gente en un escenario y dijo que ganó, que su Partido ganó.

 Estaban todos sonrientes y saltaban al son de la  música de Fito Paez.

A mi no me parece que haya algo que festejar, tal vez este sea otro error de la forma de comunicar. En Rosario impera el miedo y los que la caminamos vamos mirando a todos lados. A la hora que sea y en el barrio que sea.

Bajamos un poco el volumen de la tele, estában muy fuertes esos festejos.

Miguel volvió a mirar el celular y pasó un rato hasta que cruzamos miradas y, de repente, sonrió.

A Miguel Angel Tessandori un día de invierno del año 2023 casi cien mil rosarinos de todas las edades, de todos los estratos sociales, leprosos y canayas le depositaron su confianza en una urna.

 “Perdió” por apenas 4600 votos la posibilidad de ser el próximo intendente de la ciudad que tanto ama, donde nació y va morir, en el mismo barrio, barrio del cual muy probablemente se hubiese tenido que ir de haber “ganado”.

Hoy lunes siguió caminando tranquilo por la calle y la gente lo siguió parando para saludar, para decirle algo lindo o para sacarse una foto.

Entonces es que yo, ahora, me pregunto, ¿quién es realmente el que tiene el poder?

 

                                           Guillermo Morales

jueves, 29 de junio de 2023

I.A.

 El día de la bandera salimos con Leo de Gorostarzu caminando por Catamarca hasta España cuando sentenció: "la mejor estación para vivir en Rosario es la primavera".

El feriado llegaba a su fin y al otro día comenzaría el invierno más largo de la historia.

Las calles estarían más frías que nunca y los vientos se llevarían puesto nuestros cálidos encuentros en los bares de la ciudad.

-¿Quién le compite a Miguel en las internas de elecciones?-

- Ni se Leo, alguno que debe ser menos conocido que yo...... ¡ese! - exclamé porque justo frente a la casa de Antonio Berni había un cartel con propaganda política que decía "Charly Cardozo". ¡Es  ese!, no tengo ni idea quien es, agregué.

- Ah entonces ya está, va él- musitó acelerando el tranco con las manos en los bolsillos y la última bola de humo otoñal de ese año que salía de su boca.

- Es muy probable, afirmé. Para mi los gobiernos tendrían que ser regidos por una inteligencia artificial y todo decidirse por ahí.

Leo detuvo su paso con una sonrisa mostrando interés en mi ocurrencia por lo cual desarrollé de forma entusiasta:

- Claro imaginate, sería una verdadera democracia, ahí si el pueblo realmente formaría parte de las decisiones. Imaginate todos vinculados con nuestros teléfonos mediante una aplicación en la cual vayamos votando las medidas de una gestión, donde destinar presupuestos, a qué darle prioridad.

¡Eso sería realmente la democracia!, ¿acaso no se decide siempre en función de lo que desean la mayorías?, bueno, acá sería en una gestión del pueblo durante todos los dias, los 365 días del año. Todos los celulares homologados, bien identificados asi como está el dni. Y dejamos todo en manos de una gran máquina que vaya arrojando los resultados y en función de eso los funcionarios, la burocracia, actúe

- Ah la mierda - dijo y se quedó pensando.

Luego retomamos el paso por la vereda apurando la llegada a cada uno de nuestros hogares antes que el día sea hábil.

Cuando llegamos a calle Jujuy donde nuestros caminos se bifurcan y, tras saludarnos, dejó una idea pendiente que seguramente retomaremos cuando termine el invierno más largo de la historia: - Morales Intendente, con el apoyo de la Inteligencia Artificial.

Luego sonrió, por última vez, y su figura desapareció en la noche.


miércoles, 10 de mayo de 2023

CINES DEL CENTRO

 Me quedé en la sala solo, viendo el final de los créditos en la pantalla para no perder ningún detalle de la película hasta que se apagó y la sala quedó en  silencio. Había quedado solo en ella, pero... estaba realmente solo?.

El público, que minutos antes había agotado las localidades y estaba amontonado ahí entre esas sillas que no son del todo confortables, haciendo ruido a papeles que se desenvuelven, a toses y otros  asquerosos sonidos laríngeos, incluso mirando a veces las luces de las pantallas de sus teléfonos, no estaba más.

El mismo público que antes me imaginé que podía estar muerto.

 Me pasa mucho volar con la imaginación mientras miro cine y por esas cosas de la mente en un momento, por la mitad de la película, me los imaginé así. 

Contemplé a  la gente que estaba en la filas de adelante de las cuales solo podía ver el contorno negro y la luz de la pantalla que se proyectaba frente a ellos, a las viejas que tenía a un costado antes del pasillo y al enfermo que se sentó a mi derecha y puso su brazo en el apoyabrazos que se comparte haciendo uso total sin despegarlo ni un segundo en lo que duró la proyección del film. Lo vi cadáver. Yo estaba en medio de todos ellos hasta que la película volvió a llamar mi atención y terminó este pensamiento.

Con la película terminada Zoel corrió al baño y me quedé en mi butaca, ahora si, usando ambos apoyabrazos, revisando actores, locaciones, municipalidades, agradecimientos, guionistas, camarógrafos, maquilladores, seguros, intérpretes, canciones y autores hasta que la música de tensión se apagó y con ella la imagen.

Y ahí quedé, en la sala 4 del Cine del Centro, sólo con un montón de ideas sobre los espacios donde confluyen personas de forma masiva y asidua.

 Eso es energía y la energía es movimiento. 

Y las personas mueren. 

Y la energía se transforma.

Me paré y contemplé la sala en la penumbra, con apenas unas luces de emergencia encendidas.

Habían pasado varios minutos desde el final de la película y la idea de que cierren el cine, olvidándose de mi, me invadió.

Salí al pasillo y me detuve frente a un afiche de una vieja película cuando escuché el sonido de unos pasos crujientes en, lo que me pareció, el techo.

Eso precipitó más aún mi salida.

Al llegar a la boletería donde una empleada comenzaba a cerrar la puerta, me detuve con una inquietud que surgió de forma espontánea. Zoel me esperaba desde afuera, del lado del shopping 

- Disculpá, te hago una consulta: Cuánto hace que trabajas acá?

- Seis meses -respondió un tanto desconcertada ante mi requerimiento.

- Y alguna vez alguien te comentó sobre la existencia de un fantasma, de algo paranormal? -Zoel que miraba la escena se alejó de mi vista.

- Si, hay una señora.

- Posta?, es muy común escuchar historias así de lugares donde pasa mucha gente. Y  qué te contaron?

- Nadie me dijo nada, lo vi yo - y luego agregó- Cuándo proyectamos películas acá por más que haya una sola entrada vendida la pasamos igual, y fue que revisé y había una señora viendo. Mi compañero me vino a decir que iba a cerrar la sala porque no había nadie y ante mi comentario, al haber chequeado antes que él, me hizo volver a mirar y cuando fui me encontré que no había nadie.

- En qué sala fue eso?

- Fue en la sala 2.

Saludé y me reencontré en el pasillo del luminoso shopping vacío y de vidrieras apagadas con Zoel. 

Le dije que ni se imaginaba lo que me acababan de contar . Me arremangué y le mostré la piel erizada.

- No me cuentes nada - me dijo.

Me quedé con la idea rondando mi cabeza hasta que las luces y colores del Mc Donalds me hicieron olvidar lo que pasó.

En la breve cena comentamos la película de Szifron.

miércoles, 29 de marzo de 2023

ME ARDE, ME QUEMA

 Andrés Calamaro canta con un sombrero texano y un tapado de piel detrás de sus característicos lentes negros.

Es el programa de Mirtha Legrand y yo estoy detrás de cámara siguiendo las instancias. 

Canta, sólo, sobre una pista "Diez años después", canción perteneciente a la extinta banda hispano argentina "Los Rodriguez".

La atención sobre él es total, es un momento televisivo que será histórico en el final de este programa.

Es cuando se me ocurre la idea: que siga cantando, si podemos extendernos una hora más, sino importa el programa que viene después, una serie vieja enlatada en blanco y negro. 

Quésiga si nadie se va a quejar, si a nadie le va a importar y estamos en un momento único.

Entre tiracables, camarógrafos, técnicos, productores y asistentes voy sembrando rápidamente la idea hasta que una voz autorizada me dice: armálo afuera.

Salgo al parque del canal donde hay una colina verde y más allá, detrás de las rejas, los fans esperando a su  ídolo.

Empiezo a correr del estudio al exterior y desde el exterior al estudio junto a un malón de asistentes y armamos el backline sobre la colina y luego voy depositando listas, bebidas y sandwichs a los costados. 

Un amigo, Esteban, se ríe y me mira, me controla si es que toco algo del catering. Qué boludos son los pensamientos de control cuando alguien cree ejercerlos y no tiene ningún tipo de autoridad moral. 

Me río de los que se rien y creen que se están riendo de algo. Porque nada de eso sucede, sólo quiero que ocurra e  show y por eso corro contra el tiempo mientras Calamaro prolonga su actuación y la transmisión ya se metió en un horario no correspondiente.

Abrimos las puertas y el público invade el parque, Calamaro sale a la colina con sus músicos, que ahora si aparecen.

Vuelven a sonar los acordes de "Diez años después" , ahora en vivo  y la banda arranca.

Contemplo la actuación desde abajo mientras los temas se van sucediendo uno tras otro. 

Cada vez llega más público.

En un momento la actuación frena por un inconveniente entre el artista y un micrófono. Me busca un productor y del brazo me lleva hasta el escenario y como si me depositara volando aparezco en medio del conflicto técnico, la mirada del músico, la ansiedad del público y los silencios que intimidan.

Calamaro me exige que conecte el plug del micrófono del cual sale fuego. Me quedo dudando frente al equipo de sonido.

Agita el micrófono y el fuego se propaga aún más por el cable. Decido no hacer esa estupidez.

Ante mi actitud pasiva el músico vuelve a agitar la base del micrófono desde la cual se desprende un líquido caliente que pega en mi frente y en el momento me provoca una quemadura por lo cual salgo corriendo hacia el baño en busca de agua.

El ardor es insoportable, no me quiero mirar en el espejo. Tiro agua sobre la herida y me quedo un momento frente a una ventana que me refleja fantasmalmente. La herida se va propagando, me está comiendo la piel, es como si fuera ácido sulfúrico.

Corro en busca de Noel a mostrarle. La encuentro entre el público que murmura ante la ausencia de música, los golpes estúpidos e intermitente del baterista, alguna guitarra espaciada que tira distorsión y los los ruidos de acoples. Noel está ahí, atrás de todo, esperando como el resto del público que el espectáculo se reanude.

Me le acercó y le cuento lo que me acaba de pasar, me dice que no es nada, que es como cuando me sacaron la raíz del diente y después de unos días la encía se me regeneró. No me tranquilizan sus palabras y es por eso que levanto mi flequillo y le muestro la herida.

Veo sus ojos verdes que se abren preocupados, preocupación que logro sentir, no lo puede ocultar ella ante la magnitud del hecho.

Vamos ya a un hospital, le digo. Me toma de la mano y corremos entre el público rumbo a la salida e inevitablemente tenemos que pasar frente a Calamaro que está arriba de la colina.

Dice boludeces frente al micrófono, la está canchereando.

Aprovecho el silencio para descargar toda mi ira: La concha de tu madre Calamaro, andate bien a la puta que te parió, anda a hacerte el canchero a otro lado gil, ya nos vamos a encontrar hijo de mil puta, vamos a ver si te la bancas solo.

A Noel no le gusta esta situación y también me lo hace saber con la mirada pero la urgencia nos apremia y me arranca del lugar con un tirón de la mano.

Calamaro creo que no me escuchó porque siguió balbuceando frases inconexas bajo el sombrero texano, detrás de sus lentes negros.