viernes, 29 de mayo de 2020

EMOCIÓN



Sueño pero corro.

Es sábado, estoy adentro de la canchita y me muevo para todos lados.

Hay mucha luz porque hay mucho sol.

Me alejo de todos los que somos ahí dando vueltas, entrando en calor, y me voy para un rincón.
Corro hasta la mitad de cancha, después voy pisando la línea del lateral en una especie de toc.
Lo veo al Gaby que se mueve con su chuequera y su rodillera.
Quique también hace lo suyo con movimientos toscos.
Ramiro tira la pelota desde el otro lado de la red, cae, me la adueño y la llevo abajo de la suela de mis zapatillas turquesas y negras, siempre cerca de la línea, con prolijidad.
Me siento débil, siento como si algo en mis piernas se dislocara.
Paso la pelota al centro de la cancha, donde una multiplicidad de colores se amontonan hablando.
Sigo corriendo, y me doy cuenta que ese día no vamos a jugar.
"Es la recomendación", escucho que uno dice y muchos asienten.
Echo un pique, después alargo, hago movimientos circulares con los brazos.
No sé bien porque pero empiezo a llorar mientras corro y trato de disimularlo. Es alegría y tristeza a la vez, lo siento al sentirme vivo en esa escena sabatina tan simple de movimiento, cancha, colores, sonrisas, casi fútbol y sol.
Es verdadera emoción, ahora lo reconozco mientras lo describo.

Hago como que bostezo y me froto rápido un nudillo en un lagrimal, me alejo más, para que nadie me vea, por esa estupidez de "los machos no lloran".
Y después, pienso en lo boludo que fui en no haberme preparado bien quince días, antes que levanten la cuarentena total estricta y obligatoria.

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