miércoles, 13 de diciembre de 2017

EL CAZA ALCOHÓLICOS




EL CAZA ALCOHÓLICOS
Empezó o terminó con la cerveza, después vino el fernet.
Todo era gracioso y social. Los asados, un bar, una ida a un boliche.
Los diciembres y las vacaciones se fueron haciendo cada vez más intensas, al igual que todo lo festivo. Y todo era una excusa para festejar.
Vino el alcohol de tarde, vinieron las jornadas y vino el vino y vino la bebida más sofisticada. Incluso viajes a la zona de cuyo, a visitar bodegas, recuerdo uno a La Rural en Mendoza de mucho aprendizaje.........que el valle de Uco, que la uva, que el clima, que bla bla... verso. Todo verso.
Después vino El champán, ¿porque un champucito no se le niega a nadie, no?.
Y la burbuja pega y levanta. Y volás. Y sos todo un campeón. Y cuanto más sofisticada menos chance de resaca.
Y si, en el medio de todo eso el laburo, la familia y el deporte hasta que lo que está en el medio es la bebida.
Y vienen las complicaciones con las obligaciones.
Pero lo que que yo creo que detonó todo fue el gin, porque ahí empezó el escabio matutino.
Y ahí si que era todos los días las veinticuatro  horas, porque ya no te pega sino que te mantiene.
 El cuerpo toma lo necesario, lo demás lo rechaza y se puede vivir en una prolongada borrachera sin que nadie se de cuenta. Porque uno juega internamente a la sobriedad, a ganarse a uno mismo. Y cree que nadie se da cuenta.
Eso no pasó con mi mujer y puede que ello se deba al sexto sentido que dicen tener.
O porque tiene muy desarrollado el olfato.
Lo concreto es que no aguantó más mi ausencia en la cena ni mi derroche de plata.
Todo al revés que mi pequeña hija quien disfrutaba de mis chistes cuando llegaba.
Nos reíamos juntos.
 Es que le contaba los mejores cuentos infantiles jamás escritos, nos disfrazábamos y bailábamos. La vida era un festejo, todo era sonrisas, costillas y cosquillas.
Pero mi entonces  mujer tenía muy desarrollado el olfato, les recuerdo.
Y descubrió las mentiras de mis desayunos en el bar El Molino de Corrientes y Tucumán. Ma qué café con leche, eso toman los boludos.
 Ahi le daba a la grapa, al coñac y, por supuesto a mi gran compañero, el gin. El Gin.
Y se vino el cambiaso de cerradura.
Y me abría cuando ella quería.
Y me olía, por esa cosa del olfato, que les conté.
A veces la nena no se reía tanto, sobre todo cuando yo no encontraba el alcohol que escondía o ni siquiera quedaba el de quemar.
Y toda la sobriedad junta se me vino cuando me pidió el divorcio, la sensación más angustiante que un alma desesperada por miedo a la soledad puede experimentar.
Hasta dudé si era cierto que la bebida era la mejor companía.
Si, juro que hasta lo dudé porque estaba solo y sobrio.
Apelé al manual del manipulador arrepentido. Que va a cambiar. Que te amo. Que la nena. Que nosotros.
Hasta llegar a la violencia verbal para  remarcarle todas las faltas que ella no tenía.
Y en la agonía de la relación llega la despesperación, las lágrimas y la amenaza del balcón como último recurso.
Y dormir cuando me hizo creer que no pasaba nada hasta morir al abrir los ojos al otro día con luz. La luz que deja la fragilidad de alma en evidencia y luego te transforma en un desalmado.
Por que ya estaba todo armado. Ella  tenía todo decidido y resuelto, sólo era una cuestión de papeles y de bienes que serían de ella y el abogado.
Y de la nena, la vil excusa de la nena para beneficiarse.
Después de eso no hubo ganas para el ocio social.
No hubo más ganas de nada.
Porque uno disfruta la joda, por más patética que sea, aún entre borrachines en el Morocho del Abasto, el bar La Capilla o donde carajo sea siempre y cuando tenga una base. Un lugar donde aterrizar.
Y es romántica esa melanco sensación de un hogar propio que te mantiene nostálgico entre copa y copa creyéndote un buen padre de familia.
Por que no es lo mismo ponerse en pedo sabiendo que uno tiene un lugar donde se cocina y hay sábanas limpias que no saber donde va a caerse muerto.
Y por eso dejé el chupi.
Porque no tenía un seguro, una caución de disfrute.
No se puede escaviar sin creer que uno tiene la vida resuelta, sino automáticamente uno pasa a ser un borracho triste.
Y no hay nada peor que un borracho triste en el Morocho del Abasto entre  billares y mesas de nerolite que tiene que volverse en el 9 de Julio  blanquiceleste a su casa, apostado contra una columna un domingo a la noche en el Boulevard Rondeau y Ricardo Nuñez.
Y así fue que sobrio y sin laburo me recibió El Chispita.
El Chispita, flamantemente casado con la Vicky, la hermana del medio de las Estévez. Piola. Buena mina. Gente de otra sintonía.
Incluso hasta el día de hoy dudo sino fue ella la de la idea de alojarme e irse a lo de sus padres.
La jugada fue buena porque me asusté.
Y no hay peor cosa que asustar a un sobrio porque se asusta, es algo simple. Un sobrio no se hace amigo de los fantasmas sino que los padece.
Esos días que parecieron años en el viejo departamento de calle Corrientes, frente a la cortada Ricardone fueron decisivos porque conocí al Caza Alcohólicos.
¿Escucharon hablar alguna vez de él?. Yo nunca lo había hecho.
Fue desesperante.
El astuto de Chispita ya me había avisado. Era una amenaza latente. Tenía que tener cuidado con todo lo que hacía porque en ese edificio merodeaba el Caza Alcohólicos. Tuvo la deferencia de alertarme, fue cauto.
Entonces ni se me cruzó por la cabeza  concretar la fantasía de bajar al quiosco y traer una petaca de Bols para esconder como alguna vez hice.
Al Caza Alcohólicos lo conocí una mañana de fin de año, esas de mucho calor en las cuales  se suele cortar la luz.
El corte me tocó justo cuando bajaba en el descensor, ese descensor de madera de pino, espejos grandes, tablero dorado con botones redondos y rejas que quedó entre dos pisos con la luz de emergencia.
Ahi vi al Caza Alcohólicos quien yacía a mi lado,  parado, estático, con sus cavidades orbitarias fijas mirando al frente y apenas moviendo sendos maxilares.
 Un esqueleto vestido de frac con una bandeja vacía en una de sus manos, un esqueleto que se doblaba ante mi, inconsistente, envolviéndome en su fantasmagoria para volver a su lugar y apretar sus dientes.
Asi los dos, solos, encerrados en una pesadilla de la que pude salir cuando llegaron los bomberos a mi rescate y me sacaron por el techo dejándolo sólo.
Recuerdo temblar de calor y sudar. Había visto el infierno. Y de ahí abajo me rescataron.
Después de ese suceso ni siquiera volví a pensar en la idea de volver a tomar y me dediqué solamente a ser un tipo con miedo.
Sin fantasmas pero inseguro y con miedo.
Con mucho miedo.

Guillermo Morales

miércoles, 25 de octubre de 2017

¿A QUÉ TE DEDICAS? (Texto de El Gallego, Rodrigo Zehnder)


 Una noche estaba en un bar, con amigos, bebiendo desmesuradamente a boca ancha. 
Al cabo de unas horas decidí cambiar de lugar e ir donde me esperaban otros.
 Me gusta mucho pasear y hablar con gente distinta. Aprender. Escuchar.
Y, además, siempre tengo alguna historia que contar. Porque la vida es siempre una enseñanza, y no hay nada más insensato que no compartir información.

Entrada la madrugada, luego de tanto compartir, hice una costumbre que me inventé, una costumbre propia que utilizo para meditar, reflexionar e incluso conocer gente nueva:  irme  sólo a un bar.

Me acerqué a uno rústico en el cual pedí una pinta. 
Luego  me senté al lado de una ventana, en la parte de adentro, fue  por eso que decídi abrirla, porque  del lado de la calle estaba lleno de gente.

Fue ahí cuando me percaté que todos buscaban al mejor postor, la fama y la foto.

De repente escuché que una voz femenina me dijo ¿A qué te dedicás?.

Eso me pareció raro, porque mi primer pregunta siempre fue "¿Querés que vayamos a tomar un porrón?"

No contesté y continué mirando por la ventana.
 Me pedí otra pinta y se acercó otra mujer que me preguntó exactamente lo mismo : ¿A qué te dedicás?.
Esta vez contesté seguro,  le dije: "tomo porrones".
Al instante esta mujer se fue a la mierda.

Más tarde vino una tercera, con la misma pregunta.

Ahi fue cuando reaccioné y le dije; "Soy médico".
Y se quedó.
Hasta que la arruiné.

 Al tiempo vino otra  y, ya  cansado, le contesté que era astronauta.
  "¿Si?", preguntó incrédula.
Saqué mi mejor libreto y le conté que  mi abuelo lo fue, después mi viejo y yo era el tercero. "Somos una generación".
La niña mujer me miró un rato y se marchó hacia afuera.

Fue ahí cuando caí en la cuenta de que estoy viejo.

Decidí irme, y al salir me crucé con la última chica que me había hablado. Le comenté que me habían llamado,  que al otro día tenía un vuelo espacial y que tenía miedo por la alcoholemia que me hacen antes de volar.

Me fui al auto. Estaba puesto.
Puse "She´s so cold" de los Stones y fue ahí cuando volví  a tener jóvenes 22.

Que maduren las plantas.

lunes, 9 de octubre de 2017

SOBRE COMO EL D.J. CHISPA DESCUBRIÓ AL V.J. CHAROL CHASMANN




La última vez que lo vi a Chasmann estaba sentado en el cordón del Boulevard Rondeau contando colectivos de espaldas al negocio de Garrote Alberdi.
Me senté a su lado e inquirí: "¿querés pasar unos videos en una fiesta?" pero no obtuve respuesta.
Él continuó con su tarea, señalando cada vez que pasaba uno de esos gigantes amarillos, diciendo cosas ininteligibles.
Tenía puestas un par de zapatillas Topper sucias, un short de futsal del Club Banco Nación con el número ocho y una remera con la propaganda del Frigorífico Sugarosa que le quedaba grandísima.
Lo acompañé a su lado un largo rato, callado.
Cada tanto mientras emitía sonidos extraños se le caía un hilo de saliva por las comisuras de sus labios que se hacía largo y se perdía en la boca de tormenta que acumulaba hojas a sus pies.
Otra cosa que llamó mi atención es que sólo contaba hasta diez y luego volvía a empezar.
Cuando esto ocurría los ojos se le iban para atrás y quedaban blancos con un montón de venitas naranjas que se ramificaban.
A Charol Chasmann lo conocí una mañana en el bar de la terminal Mariano Moreno a la espera del colectivo que me depositaría en Luján, ciudad a dónde iba regularmente a poner música con mis discos de vinilo.
Era habitual que yo hiciera tiempo en el bar de la estación tomando un café y leyendo La Capital.
Y un día lo vi ahí, como un desquiciado cambiando canales con el control remoto.
No paraba un segundo. Era algo digno de ver.
Los mozos ya habían perdido el factor sorpresa y no le prestaban tanta atención, cada tanto le hacían un chiste o se reían entre ellos, pero era algo esporádico.
Uno de ellos me comentó que él venía seguido, que al principio no se lo querían dar al control pero al notar que el público se quedaba y consumía lo dejaban.
Y era cierto, era un espectáculo, si la primera vez casi no pierdo el bondi por verlo cambiar canales.
Su público era variado pero estaba marcadamente signado por la presencia de jubilados que habitaban el barrio de la terminal.
Tal vez era por la hora de la mañana, la cual era muy temprana y como en general no saben que hacer y duermen poco apenas se despertaban se iban derecho a ver el espectáculo, que además era gratuito. O con una mínima consumición.
"Dejá ahí le decían, dejá algo", le gritaban cada tanto, sobre todo cuando se renovaba el público o venía gente de otras ciudades. Pero era en vano, Charol seguía con su labor incansable y constante.
Admito que alguna que otra vez he ido a desayunar tras poner música en algún boliche sólo para verlo a él cambiar canales. Y que me he frustrado más de una vez cuando no estaba.
"Debe estar contando los colectivos que llegan" me dijo uno de los mozos una vez. Fue cuando descubrí su otra gran pasión.
Pasaron los años y el boliche de Luján cerró o cambió de dueño por lo cual mis incursiones de rutina a la terminal cesaron y no supe más nada de él hasta que lo crucé la última vez aquella tarde otoñal sentado en el cordón y le propuse por segunda vez que pase unos videos en una fiesta homenaje al metegol donde me llamaron para poner música.
Fue cuando abortó el conteo y giró su rostro para mirarme seriamente. Por primera vez en su vida parecía prestarme atención.
Luego se metió un dedo en la nariz y comenzó a hurgarla violentamente.
Gritaba y gruñía.
Guillermina Grande, la hija menor de Garrote salió alborotada del negocio para ver que pasaba.
Ella también fue testigo del momento en que Charol Chasmann tiró desde adentro de una de sus fosas nasales y pudo ver como salía el mango verde de plástico para finalmente ofrecerme un paraguitas de chocolate que tenía incrustado adentro de su nariz.
Este Chasmann es un artista, un caballero, es todo un gentleman, sin lugar a dudas.
Y lo quiero como v.j. en la fiesta.
Voy a ver como me las arreglo, pero estoy seguro que lo voy a llevar a poner videos en esa fiesta del metegol.
Por ahora le prendí una vela a San Expedito.
Con un paro de bondis me las arreglo.

domingo, 8 de octubre de 2017

UNA CHARLA SOBRE LA PEATONAL CÓRDOBA ENTRE LOS AMIGOS DE VERDAD

Chueco: Vamos....ahora de repente se hacen los que caminan por la peatonal! Pillo: Después de los hermanos Randisi y Canario Vergili soy la persona que más caminó la peatonal, Chueco, soy el pibe cantina de las peatonales.. Chueco: La hubieras caminado antes, cuando estaba sucia y fea.. Pillo: Si querés un día te saco a pasear, arrancamos con nivel básico "galerías y chipá", seguimos con nivel medio "cortadas y galerías subterráneas" para terminar con nivel avanzado, "baños para cagar y arbolitos que venden todo tipo de divisa" Tito: Yo pasé nivel intermedio, de avanzado tengo algunos lugares, pero sigo indagando, por ejemplo conozco el baño para cagar en la planta alta del Palace Garden Chispa: Ese baño a fines de los noventa era como el facebook de los gays..., entrabas y te tanteaban para chupartela, posta!... según dicen el baño del Soracabana era igual en los ochenta. Tito: Por eso ibas, Chispita.... jajjaa! Chispa: Hans es el que sabe del baño ese, ahí lo avanzaron más de una vez Pillo: Jjaja, sí, de una!, arriba de todo es el del Palace!!, y ahora que lo recuerdo el de El Siglo también es un buen baño para cagar, ahí cagaba yo cuando trabajaba como administrativo en y una agencia de modelos y no les quería arruinar el baño... Tito: En cuanto al cambio de guita, si querés cambiar dólar blue rápido en una galería hay una escalera y al subirla te encontrás una oficina toda ploteada que dice "Turismo", la cual tiene una persiana americana en la puerta que está cortada del tamaño de un ojo para ver desde ahí quien llega Pillo: Che miren esta foto de la peatonal en los noventas! antes de la ordenanza que prohibió que haya cartel sobresaliente Machu: Cómo van a sacar ese reloj de Coca Cola, quedaron algunos en la ciudad aún Pillo: Jjajaja, ese cartel, supuestamente era solar Chispa: Tenemos que hacer un relevamiento de donde hay actualmente esos relojes en la ciudad Tito: En Triangulo color me hicieron una vez una cámara oculta, había dos monedas de un peso pegadas al piso Pillo: Jjajaja, muy de los noventa! ahora si te hacen una joda le metes una demanda Machu: Al Teto Medina le hicieron una cámara oculta en la peatonal, gracias a eso terminaron Pablo y Pachu en lo de Tinelli, lo sabemos todos... eso fue lo mpas importante en materia cultural rosarina en los noventa Tito: En frente de la galería La Favorita hacían la cámara de que había una caja grande que cuando la gente se acercaba se movía Chispa: Jjajaja Pillo: Si jjajaja!, una vez hice una encuesta callejera para la televisión, el programa Bótelos, sobre quien era el rosarino más famoso y Pablo Granados quedó por encima del Che Guevara Machu: Jjajaja Fede Méndez: Yo mucho no puedo opinar porque del cruce alberdi para allá no se absolutamente nada, ni las calles me se.

LA ABDUCCIÓN DE TITO

Los a.d.v. (Amigos de Verdad) se juntaron un mediodía a almorzar en el barrio Refinería, cerca de las torres gemelas rosarinas, donde trabaja Tito, quien les había adelantado por whatsapp que tenía algo importante que comunicarles.
Tito: Yo nunca conté esto pero a mi me abdujeron los extraterrestres hace ocho años, fue en el verano del 2009 y me sacaron esperma
Pillo: Estás seguro que no era un trava?
Tito: Puede ser, la verdad que puede ser.... me acuerdo que era un Renault 12 rojo, o quizás una nave roja. De lo que estoy seguro es que tenía luces violetas adentro.
Pillo: Upa!!!... rojo y violeta!, el primer y último color del arco iris!
Chueco: Te cogieron los travas de calle Pasco, Tito, es muy claro, en un Renault 12 rojo con los fluorescentes esos violetas que le ponen los tuerca
Pillo: Me hacés pensar, vos sabés que el espectro visible del humano está entre el rojo y el violeta?.... hay algo raro en tu visión
Tito: Estoy seguro que se trataba de extraterrestres. Hablaban un dialecto.
Chueco: Eran travas que hablaban en guaraní, eran paraguayos.
Tito: No. Yo soy mitad paraguayo y conozco el guaraní.
Chispa: Entonces tito vos sos mitad paraguayo y mitad de Capitán Bermúdez.
Tito: Algo así Chispa, algo así.
Tito se quedó pensativo contra la ventana que da al pasaje Arenales ese mediodía en El Bodegón.
Sus ojos se reflejaban en el cristal verde de la botella de vino.
Yo los recuerdo naranjas, como nunca antes los había visto.

CATITA

Catita pinta y escucha los Red Hots Chili Peppers desde youtube.
En la tele suenan al mismo tiempo los Palmeras con la filarmónica de Santa Fe.
Dice que el cuadro que está pintando le está saliendo fatal.


EL FLACO LANDUCCI, SUBCAMPEÓN , CAMPEÓN Y GOLEADOR DE CENTRAL


En 1970 fue subcampeón al perder la final con Boca de visitante tras ir ganando uno a cero con gol de él. Después con el público local pegado a la raya de cal amedrentando (“le decían cosas terribles a nuestro arquero”, comenta) Boca lo dio vuelta.
Al año siguiente tuvo revancha y ganó el primer título de un equipo por fuera de Buenos Aires. Central se consagró frente a San Lorenzo en la cancha de Newells y en 1972 fue el máximo goleador canalla.
- ¿Cómo ves a Central ahora?
Y es muy difícil, es como el fútbol en general, es todo muy veloz, muy físico, no es lo mismo que en mi época.
- ¿Flaco tenés feisbuck?
No, qué voy a tener si ando con esto! (se ríe y muestra el teléfono), a mi me gusta andar tranquilo, yo veo a la gente en el centro muy loca, todos metidos con esos aparatos, viviendo muy acelerados
- Tal vez sea en la vida como el cambio que vos decís en el fútbol, y ahora todo es así, más rápido.
Pero seguro. A mi me gusta vivir tranquilo , a mi ritmo, recién ahora cambié el auto tras 23 años (tenía un impecable Peugeot 504 color “mediterráneo”) porque no funcionaba más, cada dos por tres tenía algún problema, pero es así hay que volverse menos loco. Por ejemplo a mi me me gusta salir a caminar por Alberdi, por La Florida.
Recibo mucho el cariño de la gente, me dicen cosas que a veces me dan vergüenza, me dan bendiciones. El otro día una persona me dijo “Gracias por haberme dado la alegría de salir campeón con Central”, realmente esas cosas me hacen sentir muy bien.
- Y encima te reconocen todos, parece que el tiempo no te pasa.
Y eso que tengo 68 años. Yo siempre me cuidé mucho, siempre fui muy ordenado en la vida. Aunque también es por la genética.
-Bueno Flaco venite en unos días asi ves los comentarios que te deja la gente.
Dale, mandale un saludo a tu viejo, nos vemos.

LOS PEREGRINOS DE RAMONES



Tras una caminata que empezó en Villa Crespo, pasando por el barrio de Caballito, entre chinos que nos iban proveyendo combustible y murales de Ferrocarril Oeste, su estadio, locomotoras, puentes, edificios, charcos y una lluvia intermitente que por momentos amenazaba con quedarse, llegamos a la Avenida Rivadavia, nosotros, los Peregrinos de Ramones.
Esa avenida no tiene abastecimiento de Grolsch y Wasteiner porque Quilmes y Brahma monopolizaron el mercado.
Finalmente unas botellas de Stella Artois nos acompañaron mientras los empleados de Garbarino bostezaban al paso, atentos a sus celulares entre carteles de precios de pago con descuento contado que no le importan a nadie y un montón de explicaciones sobre intereses, algo que no es clara transparencia.
Tras horas de peregrinar abordamos un taxi cuyo chofer, al corroborar nuestra rosarinidad, nos reclamó a Walter Montoya, jugador que finalmente recaló en España.
Llegamos al bar de la esquina de El Teatro donde ya se vivía el clima de recital con remeras de Ramones de todos los diseños y épocas mientras Slash zigzagueaba ofreciendo calcos de la banda.
El bar nos esperaba para jugar un rato al pool en una contienda en la cual apareció la invisible mano de dios, mandando una bola a la ratonera.
Los Peregrinos de una habitación del hotel de Villa Crespo le ganaron el "partido y revancha" a los de la otra.
Nueve menos diez cruzamos la calle y dimos con Joey Ramone , sólo, parado en la esquina.
Reía y mordía su labio inferior, en un claro síntoma de T.O.C.
Era igual.
¡Resucitaste!, le gritó uno que apuraba el paso porque se acercaba la hora de inicio.
"¿Chicos alguno tiene una entrada para comprar por favor?"- suplicaba un flaco una y otra vez a quien se le cruzase.
Una vez adentro encaramos la barra.
Sólo había Quilmes pero eso ya no importaba.
Nos acomodamos en el lugar donde corría más aire mientras sonaban temas de Ramones interpretados por otras bandas.
De pronto se abrió el telón y se escucharon los gritos del público.
Un video recordó los momentos del primer recital de La Banda allá por el año 1987 con escenas de la época y actuales, todo ello con la voz en off de Norberto "El Ruso" Verea
Luego aparecieron los músicos para lo que terminaría siendo una noche cargada de emotividad y adrenalina con motivo de cumplirse 30 años de la primer presentación de Ramones en Argentina.
Mariano Martinez de Attaque 77 se calzó la guitarra mientras Richie Ramone se acomodaba en la batería.
Sebastían, voz de Expulsados tomó el lugar central y C.J. el marine que entró en reemplazo de Dee Deee a Ramones por su empatía con Johnny, se colgó el bajo
One, two, three, four! y tocaron sin fisura durante una hora y media.
La misma lista que en el primer show de Obras Sanitarias
más algunos clásicos al final.
La gente se fue feliz y contenta, sensaciones que sobrevolaban el ambiente con honestidad y clara transparencia.
No había mucho que explicar.
Un taxi deparó a Los Peregrinos de Ramones en una pizzería de las cientas de miles excelentes que hay en Buenos Aires.
Ya no podían peregrinar más.
Pero esa, es otra historia.

NELLY LA PORTERA

Hubo una época en la cual en la portería de Regatas trabajó una señora de nombre Nelly quien tenía el rol de controlar el acceso al club como todo aquel que está rotativamente en ese puesto.
Estamos hablando de mediados de los noventas donde no había control digital y dactilar por lo cual quien se hallaba en la vieja garita debía solicitar el carnet, chequear el recibo del mes y acto seguido habilitar o impedir el ingreso a las instalaciones.
En algunas ocasiones Nelly se tomaba el trabajo de revisar minuciosamente el padrón de socios, el cual estaba impreso en miles de hojas, cuando la persona esgrimía alguna razón por la cual había olvidado ese documento de identidad regatense. Eran las menos, pero esto ocurría excepcionalmente con unos pocos y asertivos a quienes dejaba pasar tras controlar si estaban al día con la cuota.
Esta señora, de aproximadamente unos cincuenta años, petisa y gorda, tenía un aire al Pinguino, el emblemático personaje de Batman.
Nariz aguileña, mirada detrás de un par de lentes de aumento y siempre estaba vestida de celeste y azul lo cual le imprimía un cierto aire de autoridad.
Si hasta se rumoreaba que había trabajado en las fuerzas del orden.
A Nelly rara vez se le escapaba una persona sin controlarla en el ingreso.
De nada servía decir "recién salí y volví", "fui hasta el auto" o "venimos de merendar en el kiosco de la Piru", ese que estaba a media cuadra por calle Olivé y juntaba a todo el piberío alrededor de un metegol entre Coca Colas a medias, Saladix y Fantoches.
Ningún motivo era válido para ella, ni de fuerza mayor por lo cual había que tomarse el trabajo de abrir bolsos y billetera en busca del carnet.
Ni el presidente se salvaba.
Es cierto que no tenía los mejores modales ya que era habitual que con un tono de mujer sargento reiteraba una y otra vez "El carnecito por favor", con una mezcla de suavidad y aspereza.
Era realmente el temor de los colados y de los morosos.
Yo he visto gente llorar en la puerta, o enrojecer de la verguenza.
Vi familias con cochecitos y reposeras tener que emprender la vuelta a sus pequeños y oscuros departamentos céntricos una tarde de domingo ante la falta del último mes pago.
Y lo han hecho con la cabeza gacha, sin apelar a la queja porque sabían que con ella no había chances.
Era la policía federal en la puerta de Regatas.
Hasta un vaho a comisaría desprendía esa garita con olor a tinta de sellos y a estufa a kerosene en invierno.
Y fue el Fede Pereyra su principal enemigo.
Es que al Fede, sobre todo de adolescente, no le gustaba mucho todo lo relativo a la autoridad.
Y fue en su primer cruce de mirada con Nelly que ambos se sacaron chispas
Él, de ojos verdes fluctuantes entre la dulzura y el lunatismo, con su cabello rubio erguido cual pájaro cardenal maligno colisionó con la mirada azul burócrata de la portera.
Fue un verano de carpetas prestadas, de resúmenes de materias por rendir en marzo, alpargatas con suelas de goma que juntaban olor y transpiración y remeras con dibujos de Looney Tunes.
Un verano en el cual había un grupo de chicas que se autodenominaron las Samanthas en honor a Samantha Farjat, la mediática implicada en el caso del jarrón de Guillermo Coppola y confeccionaron remeras con las cuales se identificaban del resto.
Ese verano El Fede tuvo varios roces con Nelly siendo el de la ocasión cúspide una tarde de enero de esas en las que en Rosario no se puede respirar por el sol abrasador.
El Fede llegó caminando desde la calle Washington, haciendo pausas debajo de los árboles, pidiendo agua a los vecinos, en una peregrinación digna de ser añadida en la Biblia, similar a la del éxodo hebreo conducido por Moisés.
Según cuenta la leyenda pasó entre las aguas del arroyo Ludueña, por medio del puente que comunica la calle Nansen con el Parque Alem, donde incluso unos pescadores afirman que durmió una siesta para luego abordar el desaparecido y malogrado tren que paseaba niños.
Tras ese agobiante periplo, con una sensación térmica que oscilaba los 75 grados, la cual no soportó ni la mismísima estatua inanimada en homenaje Leandro Nicéfaro Alem, que se animó, dejó su sitio en el cual acostumbra a estar cortando un tronco de cemento, cruzó la Avenida y se refrescó en las piletas públicas.
Por supuesto los testimonios de Fede Pereyra son confusos lo cual es lógico, dado a que a esa altura es muy probable que haya sufrido alucinaciones.
Fuero las torres del Gigante de Arroyito, esos cuatro cepillos de dientes enormes, que le indicaron que estaba próximo a su destino.
Tal vez pensó que eso era otra visión producto de la fatiga, el cansancio y la sed, pero no, había llegado, estaba a escasos metros de la puerta de Regatas.
Pereyra, se apoyó con su última fuerza sobre la ventana de ladrillos naranja de la portería, se quitó su musculosa amarilla y verde para secar el sudor de su frente y con la garganta seca, sin una ínfima gota de saliva en su lengua alcanzó a saludar a Nelly y comentar "no doy más, lo que transpiré".
"El carnecito Pereyra, muéstreme el carnecito", disparó El Pinguino interpretado por Dany Devito en el film de Tim Burton con la fuerza de un Tanque Sherman, carente de toda actitud hospitalaria con nuestro amigo que se desvanecía luego de tamaña y épica peregrinación.
De todas maneras, Federico levantó su mirada verde y como un Cardenal enojado repelió el ataque preguntando con firmeza: “¿Cómo?"....
La portera lejos de amilanarse y mientras anotaba algo en el cuaderno de actas negro que bien podría haber sido la máquina de escribir Olivetti de un sumariante contraatacó: "Como ya le dije, Pereyra, acá sin el carnecito no se puede entrar".
Y los pelos de Pereyra, los pelos del mal, se endurecieron más que nunca y de sus ojos verdes salió fuego, contó Carlitos, el entrañable cuidacoches que llegaba a la puerta del club en una limousine que alquilaba, vestido de frac, imitaba a Sandro y nos deleitaba cantando "rosa, rosa tan maravillosa".
Federico le asestó luego, sacando fuerzas de sus entrañas: "Yo te lo voy a traer, pero cuando vuelva te lo vas a tener que meter en el culo".
Dio media vuelta y caminó hacia su histórica casa de calle Alvarez Thomas, allí donde la perra ovejera Blackie era su guardiana y jamás ponía reparos para que ingresara.
Al contrario, lo recibía con beneplácito moviendo su cola y con alegría. Situación harto lejana a la hostil de la cual estaba siendo rehén en su segundo hogar con esta nueva empleada quien, como una Castrilli de las puertas de los clubes, aplicaba el reglamento a rajatabla, sin salirse de una coma.
El Fede regresó a su casa, le contó el suceso a su madre, una elocuente profesora de letras, mujer catedrática con rodaje en muchas escuelas de la ciudad, al punto de haberlo tenido a él mismo como alumno durante un reemplazo temporario en la Escuela General Las Heras del barrio Refinería.
Ella trató de tranquilizarlo con sabias palabras y le preparó un nesquik mientras el Fede acariciaba a la Blackie, que entendiendo el malestar de su amigo, le transmitía paz hogareña sentada a su lado.
Se fue olvidando del suceso, si hasta se puso luego a molestar a su perra abriendo la puerta del horno, acción que hacía que esta saliese fugaz e instantáneamente hacia el patio, asustada, vaya a saber debido a que trauma de sus años de cachorra criada entre los tres hermanos Pereyra.
Y cuando el calor comenzó a amainar mientras el sol naranja bajaba al otro lado del Paraná Federico, decidió tomar su bicicleta y el carnet del club para disfrutar con sus amigos de algún momento.
Quien sabe, tal vez se armarían esos encuentros de fútbol al que llaman Decadente en los cuales se oye la frase "hay equipo" desde afuera de la canchita y hace que quienes están jugando sepan que si pierden, tienen que salir.
O tal vez se reuniría con su grupo de amigos y las Samanthas donde había una chica, Natalia, que le gustaba.
O vaya a saber, tal vez El Pillo Aronna estaba planeando cocinar algo muy elaborado junto a Guido Primo y Lucas Comelli y tenía que acompañarlos para hacer las compras.
Algo siempre salía. Algo siempre sale.
Pero no pudo entrar.
De nada sirvieron las palabras de su madre.
El viaje en bici había sido largo, menos tiempo y sin los sinsabores del trayecto caminando, pero largo al fin, lo cual le dio tiempo para pensar, y a veces pensar tanto no es bueno, como dice una canción.
No llegó cansado ni con sed porque llevaba en el caño de su G.T. una caramañola.
Estaba totalmente en su sano juicio y sin posibilidad de desvarío ante las alucinaciones que puede provocar el calor.
Llegó fresco porque ya casi era de noche, la temperatura había cedido y en el andar de la bici recibió el aire frío en la cara.
Se había bañado.
Estaba cambiado porque esa noche, estaba dentro de las posibilidades, saldría a bailar a Contrabando, el boliche que quedaba en la bajada Sargento Cabral, o quizás a Timotea lo cual era ideal porque le quedaba más cerca de su casa, ahí nomás debajo de la barranca.
Se había peinado por lo cual ni siquiera tenía esos pelos erguidos que inspiraban aires demoníacos.
Nada de eso. Tenía el flequillo a un costado, mojado después de haberse bañado.
Olía bien con el desodorante Dufour Ocean y un buen perfume que le robaba a su hermano Patricio cada tanto.
Tal vez Nelly hubiera olvidado las palabras enojadas que tuvo para con ella unas horas antes.
Tal vez con unas disculpas hubiese bastado ya que había tenido toda una tarde para recapacitar por sus dichos.
Tal vez con otra actitud, otro modo, no hubiese sido suspendido por el resto del verano del Club.
Es que al llegar por segunda vez en el día, Federico Pereyra, acomodó su bicicleta contra la ventanilla, sacó pacientemente su billetera en la cual se mezclaba el carnet de Rosario Central, un descuento para alguno de los boliches de Villa Gessel que no usó en sus vacaciones, unos magros pesos menemistas que alcanzaban para mucho y por fin el tan preciado carnet de Regatas, con la última cuota paga, el cual sostuvo entre sus dedos mientras acomodaba su billetera.
Acto seguido lo tiró frente a la humanidad azul, celeste, burócrata y con olor a tinta de Nelly, la portera para luego espetarle: "Ahora te lo podés meter bien en el centro del ojete, vieja hija de re mil putas".

MUNDY

Mundy está sentado sólo y contempla la situación. Está acodado en el banco bajo la pared blanca de la cual se desprende una escultura en la cual dos remeros nunca avanzan.
Tiene su camisa de jean arremangada, pantalones vaqueros azules y zapatos marrones.
En una de sus muñecas tiene un reloj de los que son baratos.
Mira. Y piensa.
Pasa casi diez horas o tal vez más los domingos en el club sentado en ese lugar. No es una exageración lo que escribo con el fin de mitificar este relato. Es una realidad.
Tal vez a nadie del club le importa Mundy o tal vez a Mundy no le importe nada ni nadie del club.
Pero allí está él y allí está el club.
Observa y reflexiona.
En otoño se juntan hojas en la cancha verde y en verano se escucha el bullicio de los pibes que juegan en la pileta.
Ve amor en la escalera naranja.
Ve complicidad y amistad y muchas semillitas.
Ve a Vivi Guerci que sale a fumar con sus amigas en un impase del burako.
Allí está Mundy, algunos lo saludan y él responde.
Otros lo ignoran y otros simplemente no se dan cuenta que él existe.
En invierno tiene puesta una campera negra. Por debajo, la misma ropa. Para esa estación oscurece más temprano pero él se queda hasta las diez de la noche igual y ve morir un poco el club.
El buffet cierra y baja sus rejas mientras Jacinto fuma y hace las cuentas.
Quedan algunos jugando a las cartas y se oyen los ecos desde el salón. A veces rien, otras se pelean y de a poco se empiezan a ir dejando pocillos vacíos y copones donde una cuchara de postre hurgó unas frutillas con crema.
El sigue ahí, todo los domingos en su banco al cual a veces comparte con ocasionales ocupantes. Con alguno de ellos cruza algunas palabras pero son los menos.
Cuando llega la primavera ve subir la escalera naranja y acelerando el paso a los tenistas quienes con sus bolsos inmensos confluyen en el vestuario.
Mundy piensa y analiza. Al otro día es lunes y tiene que ir a dar clases al politécnico.
Cada tanto pone sendos codos contra sus muslos y entrelaza las manos mientras sus zapatos quedan en punta de pie sobre el piso que emula un tablero de ajedrez.
Mundi es un peón de la vida y está ahí jugando el juego que le tocó jugar. O el que el quiere.
Por ahora no mueve pero no hay ningún reloj que lo corra, ni ningún contrincante enfrente que se impaciente.
Su reloj, ya les dije de los baratos, de malla marrón creo que no tiene pilas. No estoy seguro de esto igual. Tendría que haberle preguntado la hora alguna vez para corroborarlo.
Me acuerdo cada tanto de Mundy, sentado ahí, sólo.
A veces me acercaba y me quedaba un rato charlando con él. Ahí me enteré que era matemático. Que era profesor.
Hablábamos de cosas triviales. Un rato. Yo creo que me acercaba por compasión al principio, pero después me di cuenta que eso despertaba curiosidad en quienes pasaban. Y me divertía.
Fue a partir de ese vínculo que entró en confianza y me reveló algunas cosas que prefiero callar. Información muy comprometedora y sensible para muchos socios del club.
Me habló de matar también. Y hablamos mucho del suicidio.
Evaluamos posibilidades, intercambiamos preceptos. Buscamos juntos el sentido de la vida.
Creo que nos hicimos un poco amigos aunque una vez llegamos a la conclusión de que la amistad no existe. Al menos eso creo ahora yo, aunque ya no debatimos.
Y no porque yo no quiera sino por que él me abandonó. Fue en verano, lo recuerdo muy bien porque yo estaba acá, sentado en el banco.
Fue para la época en que empiezan a pedir carnet en la pileta, bajo esos soles que prenden fuego la escalera naranja que está ahí y se llena de juventud pasar despreocupada cuando terminan las clases, en grupos, riendo, abrazada.
Yo los veo desde acá aunque a veces,debo admitir, me enojo cuando suben la escalera y entran al hall dejando la puerta abierta. Y por ahi les digo algo.
En ese verano del año 2000 fue cuando Mundy dejó el banco, fue un domingo que yo lo vi pasar en zapatillas, bermuda de jean cortada y la misma camisa de siempre.
Iba acompañado por el grupo de ecologistas que suele pasar semanas en la isla durante el verano.
De sus pómulos brillaba el color que le había propiciado el sol y en el grupo eran varios. Había mujeres y según me enteré fue allí donde encontró el amor.
Pasan cada tanto por ahi abajo y de acá los veo. Parece estar feliz, incluso lo he visto reir.
Parece que se amigó con el club. O con el mismo. O que movió las fichas de la partida de ajedrez que es la vida. 
Una vez cruzamos miradas, creo, no estoy seguro. No se si me vio o si se hizo el gil.
Son conjeturas que hago acá, sólo, sentado en el banco del hall de Regatas una tarde de domingo.

EL PÁJARO FORNISA


Siempre fue un buen loco El Pájaro Fornisa, piola. Como se decía antes “macanudo”.
Buena onda,y entrador, ganador con las minas y como si esto fuera poco un buen jugador de fútbol. Un tipo muy querido que siempre hizo la suya y nunca jodió a nadie.
Tenía su barra de amigos a la cual apodaban “los barruso”, con quienes pateaba de sol a sol, pasando días enteros en el club.
Se lo podía ver siempre con zapatillas Topper blancas, joggins, un buzo de Fito Paez del disco Tercer Mundo y el pelo bien largo, atado con una colita. Bien a la moda de principio de los noventas
.
Pasaba tardes enteras merodeando el retoño del pino histórico de San Lorenzo, árbol bajo el cual dicen que el General Don José de San Martín durmió una siesta, el cual está emplazado en un sector estratégico de Regatas desde donde se puede observar fútbol, tenis, básquet y vóley, lo que ocurre en el salón social, la vieja pileta y quienes llegan o se van.
Pero el Pájaro estaba ahí por las minas, no estaba pergeñando precisamente ninguna estrategia sanmartiniana ante la llegada de los barcos españoles.
El simplemente estaba “arquereando” o jugando a “la vela” con una pelota contra el paredón, un juego mixto en el cual sino lograbas hacerla picar y tocar determinada altura de la pared que está frente a ese trascendental pino, quedabas afuera hasta que a la final llegaban dos que pugnaban por ganar una “vida”, un bonus.
Por supuesto que a él no le interesaba esta competencia, ni mucho menos demostrar ningún tipo de aptitud deportiva en ella ya que la clave de un buen “Arquereador” era salir del juego cuanto antes y aprovechar a medida que iban perdiendo las mujeres para sacarles una charla.
Los boludos eran los que ganaban este poco célebre juego y en honor a la verdad debo decir que incluso era medio “border” jugarlo.
Como muchos chicos del club así pasó sana y alegremente su adolescencia el Pájaro.
Hasta que de a poco comenzaron a llegar las responsabilidades de estudiar o trabajar y “los barruso” comenzaron a perder soldados.
Además, la cuota se encarece al cumplir los dieciocho e ir al Club a veces puede no ser el mejor programa.
Todas esas cuestiones atentaron contra la vida en Regatas de ese recordado grupo de amigos.
Pero la salida del Pájaro, su ida, fue inolvidable.
Todos la recuerdan, porque es imposible olvidarse. Además de haber sido una gran pérdida.
Y el que no estuvo el día que él se marchó igual dice haber estado presente.
Es que cuando uno escucha repetidamente historias de las cuales fue contemporáneo y también las cuenta, a través de los años, a veces, termina creyendo que formó parte de ellas.
La tarde que se fue yo estaba tomando una Coca en la terraza en una mesa, al lado de la de él, junto al Camello Martorell, Guido Primo y Luciano Moreno, quienes pueden dar fe de lo que les cuento.
Me acuerdo como si fuera hoy, le estaba pidiendo un sándwich refrescante a Roque cuando todo sucedió.
El Pájaro que hablaba animadamente con Natacha y el Negro Julio, lo que quedaba de “los barruso”, empezó a toser exageradamente, tomándose la garganta.
Nosotros que éramos púberes quedamos paralizados ante la situación.
Tacho Jurnet fue el primero que se acercó para asistirlo y atrás de él lo siguió el Prefecto Arana.
La cara del Pájaro estaba roja.
Natacha empezó a los gritos. Julio se agarraba la cabeza.
Comenzó a venir gente de todos lados, corrían socios con toallas desde la pileta, venían con sus reposeras desde el parque y se asomaban desde el vestuario de caballeros que está arriba.
El Prefecto Arana que estaba preparado para todo tipo de urgencias metió sus gruesos dedos en la boca de Fornisa desde la cual comenzaron a salir algunas plumas mientras tosía.
Cuando ya había una gran cantidad de gente observando la escena y eran varios tratando de asistirlo El Pájaro, que estaba en cuclillas y con la cabeza gacha, se reincorporó, miró a todos los socios del club que estábamos en ese momento y sonrió.
Luego abrió sus brazos, extendiéndolos cual Jesucristo en la cruz y comenzó a elevarse por el aire mientras aleteaba.
Nos quedamos todos boquiabiertos y maravillados.
Extasiados y risueños.
Mientras contemplábamos su vuelo en dirección al Paraná, el Pájaro Fornisa hizo una pausa y se detuvo, flotando sobre el Paseo ribereño.
Miró por última vez el club mientras todos lo saludábamos, alegremente, apoyados en la baranda y luego se perdió en el cielo que esa tarde de verano estaba más celeste que nunca.

UN SUEÑO

Estaba durmiendo recien y me desperte... soñe q le vendia una casa a un indu y q se la vendia con un fantasma adentro. Me agarraba cargo de conciencia y le contaba despues de vendersela y de ahi en mas el fantasma lo volvia loco al indu y me reclamaba todos los dias por telefono y yo veia la llamada y decia uh otra vez este indu rompiendo las bolas por lo del fantasma
(Tito )

viernes, 6 de octubre de 2017

GOROSTARZU


Dicen que la serpentina que oficia de caño desde el sótano del local hasta la canilla vertedora es la más larga del mundo.
Que ahí está la clave del chop siempre helado y con buen sabor de Gorostarzu.

Sus mozos son mozos de los de antes.
Había uno que ya no trabaja más que era oriundo del pueblo de Monje, tenía un vozarrón imposible de olvidar que lo llevó durante un tiempo a la radio, más precisamente a la red tl. Pero duró poco.

A esta esquina de Rosario suele acudir cuando siempre vuelve a la ciudad Rodolfo Paez, tal vez para sentirse un poco más rosarino.

Además de la cerveza en casi todos sus formatos, botella, balón, manija o liso para comer hay una  gran variedad de platos siendo siendo la estrella  la tortilla Española, aunque también se destaca la salchicha con chucrut.

En este lugar hay un cuadro de un momento histórico de la ciudad, de fines de la década del setenta, la única ocasión que nevó en la ciudad.
 En él puede apreciarse el cartel de Gorostarzu y la calle Italia donde está estacionado un Ford Falcon del cual no se aprecia su color original dado que la foto es en blanco y negro. Vaya a saber uno protagonista de que historia habrá sido ese auto en ese momento.
Si oscura o luminosa.

Mi amigo Facu, el Doctor Osia, tiene una casa lindera a esta propiedad. Incluso ha tenido una controversia por algo relacionado a  la medianera con este local
Además, en la misma casa tiene su estudio jurídico, el que alguna vez ocupó Oscar, su papá.