No era un búnker,
como muy mal se llama por esas costumbres extrañas de la comunicación por
repetición. El búnker es un lugar subterráneo y húmedo donde se esconden los
genocidas o, más acá en el tiempo y en Rosario nos lleva a un lugar que forma
parte de una cadena que baña la ciudad en sangre.
En la sala en
cuestión había un ambiente calmo, cálido y tranquilo. Unos sillones, alfombra,
una mesa con agua y café y un televisor encendido con el canal cinco.
Estaban sus
familiares, amigos, allegados y la gente que conforma su equipo.
Pasadas las 19.30
hs. llegó Miguel y saludó uno por uno a los que estábamos hasta que se dio
cuenta que faltaba Belén. Belén es su hija.
Lo acompañé a
Mauro a buscarla al barrio de Miguel, a una calle oscura que choca contra el Viaducto
Avellaneda, la espera en el auto fue breve y eterna.
Volvimos al hotel.
Estaban todos los que tenían que estar: sus hijos, Mauro, Luciano y Belén.
En realidad faltaba uno más pero al cielo – todavía- no lo podemos ir a buscar.
Estaban sus nueras y su nieta muy pequeña a la cual Miguel simplemente mira y le saca una sonrisa.
Eso es Poder.
Actualizábamos los
datos permanentemente en nuestros teléfonos e íbamos viendo el recuento de voto en el momento. Estábamos a diez puntos,
después a ocho, después a cinco, después a tres. Nos pusimos contentos. Miguel
sonreía. Se iba sentando en distintos lugares, fuimos rotando como en el vóley, aunque en realidad era como en el tenis
tal como lo había dicho él a la mañana. Es punto a punto. Y es verdad.
Nos llegaron datos
de mesas testigos.
Estábamos cerca,
estábamos a menos de un punto. La política puede no parecer muy interesante, pero
les aseguro que en ese momento hay adrenalina tipo cuando Central da vuelta
esos partidos que no los hace nadie. Estábamos todos ahí, todos pendiente. Reímos,
nos pusimos serios, nos volvimos a reír. Todo era en un ambiente de mucho
respeto que cada tanto se cortaba con un chiste. Para mi, comenté, había que
poner algo en Netflix ahí, alguna de las pocas buenas películas que cada tanto
encontrás. Miguel me miró, creo que le
gustó mi idea, es fanático del cine.
Comimos
sandwichitos y les avisé que si llegaba a ver que se daba vuelta el recuento me iba a
ir a buscar una birra.
Había un poquito de entusiasmo mesurado.
Luciano me dijo que lo acompañe a comprar pañales. No puede
ser tan árbitro pero no le puedo decir que no. Caminamos hasta una farmacia de
turno y otra vez el miedo. Todo roto, sucio, poca luz y feo. Las motos cruzaban las calles en la mano que querían y no se distingue vereda de calle. Es
imposible no tener miedo más allá que no lo decimos.
A la vuelta de la farmacia Luciano sacó el
teléfono para hablar con su esposa como si nada en otra actitud de árbitro, para explicarle
que no conseguimos pañales “bombachitas”.
Antes de volver al hotel me comentó que por un lado estaba bueno que su viejo no gane, que
piensa mucho en el desgaste que es para
la salud, que se ahorraría un montón de problemas y que él no podría atender
tranquilo su negocio. Está brava Rosario.
Llegamos, los votos seguían ahí cerquita, estábamos dos puntos abajo. Me acequé al tele con Belén para que vea la foto de su papá ahí en la pantalla con el numero 39.47%, porque a ella le cuesta ver de lejos. Vio eso y sonrío, estábamos ahí nomás.
No iba a durar mucho más Belén ahi porque es una persona altamente sensible y después le empezó a doler la cabeza. Mauro la llevó a su casa.
En ese momento
estábamos tres puntos abajo. Lucho lo veía difícil.
De repente sonó el celular de Miguel y dijo “Pablo, ¿cómo va?” y se fue a otro cuarto.
Es el intendente quien
llamó para felicitarlo por la muy buena elección y le avisó que según las mesas
testigos de su partido tenía una diferencia muy amplia e iba a salir a avisar
que ganó la interna. Esto es tener Poder.
El “Partido”, gente de la militancia dura, de años, de
trabajo estatal, de familiares, de amigos, de la facultad, de los barrios,
intelectuales.
Son muchos y
muchos viven por y para eso.
No hay juicio de
valor en mis palabras, es data. Son apasionados, los hay buenos y, claro,
quieren una sociedad mejor. Como quiere Miguel también, que no es lo que se
denomina un animal político (esa definición si está buena) como lo es su contrincante
Pablo.
Nos contó Miguel que hablaron mientras un asesor escribía algo en twitter.
¿Qué querés qué le
diga qué haga? nos dijo.
Creo que se bajoneo un poco, pero hasta ahí.
Se sentó, se puso los lentes, miró su celular, miró la tele.
Pablo festejaba abrazado a mucha
gente en un escenario y dijo que ganó, que su Partido ganó.
Estaban todos sonrientes y saltaban al son de la música de Fito Paez.
A mi no me parece
que haya algo que festejar, tal vez este sea otro error de la forma de
comunicar. En Rosario impera el miedo y los que la caminamos vamos mirando a
todos lados. A la hora que sea y en el barrio que sea.
Bajamos un poco
el volumen de la tele, estában muy fuertes esos festejos.
Miguel volvió a
mirar el celular y pasó un rato hasta que cruzamos miradas y, de repente, sonrió.
A Miguel Angel
Tessandori un día de invierno del año 2023 casi cien mil rosarinos de todas las
edades, de todos los estratos sociales, leprosos y canayas le depositaron su
confianza en una urna.
“Perdió” por apenas 4600 votos la posibilidad
de ser el próximo intendente de la ciudad que tanto ama, donde nació y va morir, en el mismo barrio, barrio del cual muy probablemente se hubiese tenido que ir de haber “ganado”.
Hoy lunes siguió
caminando tranquilo por la calle y la gente lo siguió parando para saludar,
para decirle algo lindo o para sacarse una foto.
Entonces es que
yo, ahora, me pregunto, ¿quién es realmente el que tiene el poder?
Guillermo Morales

