lunes, 9 de noviembre de 2020

EL DIA QUE PAPA NOEL ME ROBO LA NAVIDAD

Todavía no puedo creer que esté jugando un clásico.

Las condiciones no son las ideales, es cierto, pero es lo que me toca. 

Todos sabemos que es inhumano jugar para la época de navidad, es realmente una locura.

Son  estas cosas que suceden por querer copiar formatos europeos como el de la Premiere, esa estupidez constante de querer ser como nuestras ascendencias conquistadoras.

Entiendo, por ejemplo, que en Inglaterra están ahí nomás del polo norte, más cerca de Papá Noel, y se justifica todo, el chocolate, la garrapiñada, el turrón, y todos los motivos navideños vinculados a la nieve y, por supuesto, jugar al fútbol.

Juegan para esta época con frío, al cual lo combatís con abrigo y movimiento, mientras que a la visibilidad que es obstaculizada por las condiciones climáticas, la neutralizas con una pelota naranja.

Acá, en Rosario, un 24 de diciembre no se puede practicar ningún deporte y menos de alta competencia, con el condimento que el clásico se empieza a jugar una semana antes y el estadio, como ven  hoy, es una olla a presión. La tensión se siente en el aire y las pulsaciones se aceleran mientras la adrenalina brota en el ambiente.

Este día está ideal para tomar un clericó en la Florida o que te inviten a una casa con pileta en Funes.

Pero a la AFA parecería no importarle, siempre es lo mismo. El jugador queda relegado al último lugar y, a la hora de las decisiones, siempre culmina predominando el negocio donde la televisión manda.

No sólo perjudicás a los jugadores, al público también lo complicás ya que hoy está con la organización de la cena. Que si van de sus suegros, que si van de un primo, que si tienen que buscar a la vieja para llevarla y, peor aún, quienes tienen la resaca del festejo de anoche, en el Cruce Alberdi.

Porque desde mediados de los dosmil empezó la costumbre de festejar donde se fundó El Nuestro, lo sé porque he estado. 

Cortábamos la avenida la tarde del 24, poníamos un sonido y mirábamos espectáculos inolvidables como la actuación de Cacho Corazón con hitazos de la magnitud de la "Negra Canallona" o "El Mensajero de la Muerte", con el mural en homenaje al Negro Fontanarrosa, hecho y restaurado infinidad de veces por El Noke, como escenografìa.

Mientras veo como atacan ellos una y otra vez me viene el recuerdo de Cacho cantando su deseo de ir para Miami a tomar sol para luego terminar insultando al marshall, o la poesía del gran Antonio Spitale, una hermosura de ese notable poeta siempre listo y predispuesto para recitar algo vinculado a Central.

De esos primeros festejos con mi amigo Román, el odontólogo Canalla por excelencia, y toda la gente del programa radial el Puente Canaya con El Chino Nosky y Pedrito a la cabeza pasó un montón de tiempo y la cosa fue creciendo.

Ahora la onda es juntarse la noche del 23 ahí, donde la gente va llegando con heladeritas desde El Caribe  y otros puntos de la ciudad para ver números musicales en un gran escenario y todo cierra con un show de fuegos artificiales, algo muy lejano a los tiempos de tablas sostenidas por cajones de birra.

Por todo esto es que me pregunto, ¿cómo debe estar esa  gente ahora en la tribuna, con el sol que la derrite?, ni me quiero imaginar. Ni quiero pensar en cómo está esa gente que viene desde anoche y que, pase lo que pase, le tiene que poner toda la energía  acá,  haciendo el aguante y luego llegar a la cena de hoy. A la luz de los últimos años, la tendencia es que seguirán festejando, además, este partido ya casi lo tenemos.

El resultado de hoy le condiciona la navidad a un montón de Canallas en todo el mundo, incluso hay países donde nos están viendo mientras cenan y nosotros, los protagonistas, somos responsables de la felicidad o la desdicha en la mesa navideña.

En síntesis, el Gigante es un hervidero entre el cumpleaños del Club, el calor y la navidad.  

De por si nuestros diciembres acostumbran ser intensos y, agregarle el clásico a este día es para sumarle un condimento extra a este manicomio feliz. La gente, ahora, revolea remeras y canta, avizorando la victoria inminente.

Falta poco para que termine, recién entré y la cagada es que no me llega la pelota, soy lo que se define como un espectador de lujo. 

 Miguel me mandó con la idea de aprovechar mi velocidad para la contra, pero no hay contra, ellos van y van buscando el empate.

Es por eso que tengo tanto tiempo para pensar hasta que ahí me viene una pelota llovida,  ¡por fin!. Me llega  desde un lateral.

 Este va a ser mi primer contacto con ella... pero caigo al piso tras recibir un golpe tremendo en la espalda, la reputa madre.

No saben el dolor que siento.

Quedo rodando de un lado a otro en el pasto, retorciéndome. Doy por hecho que es falta pero el juego sigue y nadie de mis compañeros reclama. Mis compañeros vuelven a replegarse para tomar posición defensiva, parece que no le importa a nadie.

Estoy tirado acá, sólo, tras la patada de Osia, el tres grandote de ellos a quien causalmente conozco de toda la vida. No puedo creer que justo venga a ser él quien me ajusticie. 

La bronca que tengo. Este sanguinario ya ha intentado matarme en una despedida de soltero de la cual me tuve que volver con puntos en un brazo. Esta vez me la voy a cobrar, porque yo tengo el dato preciso del cuadro que era él de chico, yo tengo prueba de esas cosas que se rumorean en la ciudad, como el secreto de los cuadros que son hinchas los periodistas deportivos. 

Me podría haber matado, me clavó los tapones en la espalda,  siento dolor en un  pulmón, como si me hubiese clavado un elemento cortopunzante, es desesperante.

Estoy  besando el pasto del cual sale vapor, realmente es agobiante todo, por todos lados veo una marea de gente enardecida en un collage de colores. Es un momento que tal vez no vuelva a repetirse en mi vida y no lo estoy pudiendo disfrutar.

Observo al árbitro gritar algo con vehemencia que no logro a escuchar y veo agitar sus manos abiertas, haciendo la señal inequívoca: "levantate, levantate" y, después, le avisa a todo el que lo quiera ver con el silbato en la boca que la jugada sigue, elevando sus brazos al cielo, como desentendiéndose de lo que está pasando.

Quedé a los pies de Miguel que no se detiene en mi situación  y sale corriendo para seguir la jugada del ataque del rival. A nadie parece importarle que haya sido víctima de una patada cuasi criminal y yazca abandonado implorando ayuda.

Sólo la gente clama por mi, grita e insulta por esta clara injusticia como ocurre habitualmente en este país, al pueblo es al último que se lo escucha. La justicia tiene los ojos vendados y desoye el pedido popular que pide cárcel, que pide sanciones duras y castigos ejemplificadores. 

Osia sale jugando con cara de circunstancia y se la da limpia al cinco de ellos para que pergeñe un nuevo ataque.

No se si el reclamo de estos plateistas enardecidos es en solidaridad hacia mi persona, no se si están haciendo causa en función de mi dolor insultando al referí, pero al menos me siento menos sólo en este momento, aunque el reclamo de la hinchada sea para que expulsen a Osia así quedamos los dos equipos con diez y nos den un tiro libre para robar unos segundos y frenar el ataque en bloque de la visita. 

Por fin el juez se acerca entre silbidos que perforan tímpanos e insultos a su madre y muy lejos de consustanciarse con mi causa, que es la de todo este pueblo me dice "levántese, que no es nada".

Tomo por los extremos mi camiseta con el número 27 la subo por encima del tórax  y le muestro la espalda, para luego sentarme y, desde el piso,  recriminarle por no cobrar nada, exagerando los gestos, algo que exalta aún más a la platea que todavía le recrimina el penal que no nos cobró  en el primer tiempo, un metro adentro del área y dió tiro libre. Este es un verdadero loquito.

-Correte afuera, así te atiende el médico -me dice sin ningún vestigio de expresividad empática.

Me desplazo cuerpo a tierra como si fuese un soldado de la primer guerra mundial y traspongo la línea de cal que se marca en el pantalón azul francia.

Quede abajo de la platea del río, donde están los bancos de suplentes desde la remodelación del estadio y el doctor Diez acude para asistirme.

¡Uy! te la dieron feo -comenta.

-Vuelvo a entrar como sea -respondo tajante.

Miguel se acerca, pregunta cómo estoy y el profesional responde a su oído.

Más allá lo veo parado a Marco, dispuesto a entrar. Se toma con la mano derecha la punta del botín del pie del mismo lado, estirando la pierna hacia atrás, en clara señal de estar preparándose, con cara de póker, como si no me hubiese pasado nada, a mí, al elegido entre un montón de socios que participaron.

Me reincorporo exultante tras recibir el frío del spray en mi espalda y me ubico al lado de él. Lo examino. Es más alto que yo pero no es una bestia como se ve por la tele, los jugadores de hoy son los jockeys del pasado.

-¡Qué garca que sos!, ya me querés sacar el lugar -no puedo evitar hoy ser más frontal que nunca.

- Tranca capo, qué queres , hace un año que no juego - me responde, abrazándome.

- Te entiendo, no es con vos, es que me da una bronca bárbara, no toque una pelota y encima me la dieron feo.

Sin dudar y, en la búsqueda de agotar todas las instancias, olvidando definitivamente cualquier signo  de molestia fìsica, me dirijo a donde está parado Miguel con su impecable saco que tiene el escudo en el bolsillo, a pesar de los 50 grados que hace entre estas cuatro moles de cemento desde las cuales el público, hacinado, empieza a pedir la hora de a poco, aunque no esté cumplido el tiempo. La ausencia del conteo del mismo en el tablero genera una incertidumbre que le da mayor dramatismo a la situación.

- Miguel, yo no salgo, estoy para jugar -le comento como si me conociera de toda la vida.

No me contesta y sigue las acciones del juego con atención.

- Miguel, si entro hago un gol. Estoy seguro que me queda una y hago un gol - le digo en tono firme, estoy realmente convencido.

Parece no escucharme. Hay córner para ellos. 

- Hasta tengo pensado el festejo -agrego y me escucho molesto por lo cual decido callar unos segundos.

Nuestro arquero descuelga la pelota y se queda tirado haciendo tiempo sobre la grama por lo cual insisto: - Me voy a poner en bolas, Miguel, entro hago un gol y me pongo en bolas para festejar.

Es en ese momento que, por primera vez, entre el fulgor auriazul, la locura y el frenesí que vibra en las ondas del barrio de Arroyito sonríe sin mirarme.

 La sonrisa de Miguel en medio del caos y la exacerbación de todos los sentimientos que afloran en la agonía de un clásico navideño para dictaminar: -  Dale, avisale al cuarto árbitro que entrás.

¡Gracias!, - respondo sonriente como un chico que autorizan a hacer lo que más desea y corro para avisarle a Marco que vuelva al banco de suplentes mientras le voy gritando al técnico: "Mirá que me pongo en bolas ¿eh?, ¡mirá que me voy a poner en bolas!"

Miguel continúa sonriendo mientras estudia concentrado las últimas alternativas del juego y se quita el saco para reposarlo en uno de sus hombros.

Yo sé muy bien en este momento que tal vez este sea el único partido de primera división que juegue, tengo plena conciencia que este debut a los 40 años, ingresando a diez minutos del final va a ser la única oportunidad que tenga de estar en un partido de este  tipo. ¿Cuántas veces se puede dar en la vida que gane el concurso por redes sociales compartiendo los flyers de un sponsor oficial de la AFA para poder jugar un clásico oficial?

Ya tengo el antecedente de haber jugado en Barrio Triángulo con jugadores profesionales de ambos clubes en ocasión que, con mi amigo Beltrán, impulsamos un partido bajo el lema "contra la violencia y la boludez humana". Pero no es lo mismo que esto, ahí arreglaron el empate para dejar a todos contentos. Yo lo escuché al Loco Abreu cuando acordó el empate, algo que hizo con un golazo desde la mitad de cancha aquella tarde en el "potrero rebelde". Ahí la toqué pero mis intervenciones fueron muy limitadas porque lo tenía al torpedo Arias que se paraba todo el tiempo en mi posición y, por supuesto, en ese contexto no daba para hacer algo para llamar la atención.

Pero ahora estoy con la expectativa de dejar una huella histórica, festejando un gol sin importar que luego me suspendan de por vida o que vaya preso. Nadie olvidará lo que haga Morales hoy. Nadie. Y seré noticia en todo el mundo si, a fin de año, casi que no hay fútbol y los diarios y tiras deportivas están ávidos de llenar espacios ante la merma de competencias 

Tendré un lugar entre El Turco Espip quien una vez hizo un boquete en el alambrado, salvó de que le conviertan un gol a Central, salió gambeteando y se acercó al árbitro para decirle que nos estaban perjudicando. Cuando no.

O me recordarán como a Claudio Scalise quien dando una vuelta olímpica en el Parque para Boca Juniors, tras la obtención de una liguilla se quitó la camiseta y abajo tenía la de El Nuestro. Qué flor de canallada.

Seré meme, seré video viral, recorreré cientos de miles de grupos de whatsapp en el mundo de gente que ni sabe la existencia de Rosario. Seré  más que el Chinvenguencha porque lo mío no se verá limitado por el lenguaje. Será un gesto universal, coqueteará, inclusive, con ser una intervención artística.

Si logro hacer el gol y desnudarme entraré definitivamente en la historia de Rosario Central.

Me dedicarán cuentos como a Aldo Pedro Poy y hablarán de mí en las historias que se van transmitiendo de generación en generación.

El tiempo pasa y el árbitro ignora mi pedido de reingreso. 

Levanto la mano insistente y el juez corre detrás de la jugada, ignorándome. Mis compañeros parecen hoy no tener tiempo de reclamar. Están con las últimas energías del año, pensando en que termine el partido, en festejar y celebrar con sidra 1888 esta noche en familia.

 La gente se pone decididamante agresiva e insulta rabiosamente aumentando la ebullición de una caldera que está a punto de explotar. Estamos jugando con nueve, dando ventajas.

Ellos son una tromba y va a la carga buscando el empate, tiene a su arquero parado en la mitad de la cancha cuando por fin el árbitro hace señas para que entre, desde el círculo central.

Marco me putea y se vuelve a sentar al banco de suplentes, tras mirar a Miguel y observar que este le hace un gesto para que se tranquilice y se quede, controlando la situación.

En esta fracción  de segundo me quedo  paralizado porque aparece corriendo a toda velocidad, invadiendo el campo de juego, Papá Noel, desde el codo de la popular de Regatas y la platea del río.

Va en dirección al referí, cargando una enorme bolsa. 

Lo secundan una hilera de elfos que emiten un chirrido metálico y corren dando brincos frenéticos.

Nos quedamos todos absortos, nadie llega a reaccionar, ni los jugadores, ni la policía ni el público.

Nadie esperaba esto con el partido, ahora si, pasados los cinco minutos de descuento según le comenta Bezombe, nuestro utilero, al cuarto árbitro en tono sereno pero no menos intimidante. 

Me parece absurdo y autodestructivo que alguien de nuestra hinchada  invada el campo con el objetivo agredir al árbitro con el partido casi finalizado y nosotros ganando. El mundo Central es desconcertante.

Todos nos miramos mientras el juez empieza a correr y nadie sale en su defensa. 

Papá Noel, Santa Claus, el gordo de los regalos sigue al árbitro sin perderle el tranco desde atrás y al estar a escasos centímetros de su objetivo comienza a propinarle bolsazos en la espalda mientras el juez trata de cubrirse con los brazos y los elfos se le cuelgan, tirándole violentamentamete del pelo negro engominado o le muerden las piernas.

Es la postal más navideña que alguna vez voy a recordar.

La policía llega al círculo central donde se está produciendo la trifulca y logran controlar entre varios a Papá Noel, quien hace fuerza con sus brazos para zafarse entre cinco uniformados quienes logran, finalmente, dominarlo para llevarlo detenido mientras la gente canta:  "Ya se acerca noche buena ya se acerca navidad..." 

Los elfos corren alrededor del campo de  juego y, a pesar de los intentos de los efectivos para poder atraparlos, algunos de ellos arrojándole redes, es una tarea muy difícil de lograr dado que son por demás ágiles e inquietos.

 La hinchada los motiva al grito de "¡ole!, ¡ole!, ¡ole!", como si se tratase de un espectáculo de tauromaquia, dejando en ridículo a las fuerzas del orden.

El partido queda inmediatamente suspendido, no hace falta esperar el anuncio del árbitro que es asistido por personal de la salud y abordado por un tumulto de periodistas mientras alrededor pasan corriendo los elfos.

A mi lado pasa el  gordo barbudo vestido de rojo y blanco, sujetado por la policía. Continúa forcejeando y resistiendo, es panzón y muy corpulento.

A pesar que le hacen una toma en la garganta para dificultar su respiración escucho, cuando comienzan a bajar las escaleras rumbo al túnel que vocifera: "¡Tengo que ir a repartir los regalos!", incluso parece decírmelo a mi, volteandose antes de perderse de mi vista, detrás de sus lentes de aumento, como un preso político que ve como el sistema coopta todo intento de proclama o reacción ante el status quo.

"Esto es una injusticia, van a dejar a la humanidad sin regalos", alcanzo a escuchar, por última, vez su pedido desesperado.

Mientras los jugadores visitantes se le van encima al juez y los nuestros festejan la policía mete los últimos Elfos que quedan dando vueltas en una jaula. Algunos logran pasar a la popular local saltando el foso con la ayuda de unos tirantes.

 Yo sigo parado acá, sólo frente a la línea de cal, a un costado del perímetro de juego, con las manos en la cintura.

 Sin saber si estar alegre por mi debut en un clásico por los puntos  y con un dolor tremendo en la espalda del que ahora me acuerdo, con la incertidumbre sobre si nos van a dar los puntos de este partido y, sobre todo, pienso qué habría pasado si volvía a entrar, hacía un gol y me desnudaba en el festejo.

Incluso no sé si hubiese sido más llamativo lo que quería hacer yo de lo que terminó aconteciendo.

Me va a quedar siempre la duda de este día y, si bien me apenan los niños y niñas del mundo que se quedarán sin su regalo,  me parece justo que el gordo pague y vaya preso porque, hoy, es el día que Papá Noel me robó la navidad.




martes, 22 de septiembre de 2020

A MIS AMIGOS, LOS SECUESTRADOS POR MIEMBROS DEL CHAVO DEL OCHO

 


Camino por calle Catamarca y hay tensión de miradas cruzadas sobre barbijos. Las personas circulan con distancia, precaución, miedo y desconfianza. 

La fila para entrar al supermercado tiene un dejo de resignación y de culpa

Somos sospechosos de nosotros mismos en un mar de intolerancia, desinformación, y acusaciones. Quienes hoy juzgan carecen de la conciencia para saber que van a ser juzgados, la historia se encargó siempre de hacerlo, pero no lo pueden ver, por eso siempre viven con un montón de contradicciones y, odiar, es lo que tienen más a mano en un mundo virtual de  libertinaje y anonimato desde el encierro.

Aún existen espacios que resisten y son los pequeños mundos que nos inventamos. 

Ser feliz hoy es un arte y sin exagerar cuesta vida.

Abro la puerta del Hostel para escaparme de la realidad y, al ingresar, me encuentro que en el primer patio está  Leo, sentado solo en su sillón, al fondo, intentando sacar con su Gibson el punteo de Rapsodia Bohemia.

Cuando quiero saludarlo, extendiendo el puño, no soy correspondido. Leo pone su dedo índice izquierdo, cruzando su boca cerrada y me dice susurrando, casi sin emitir sonido: "Shhh, están tus amigos secuestrados en el patio de atrás".

Miro a través del vidrio de la puerta que conecta con la cocina, el cual deja ver otra puerta y detrás de ella, en el otro patio, observo gente de espaldas.

El Hostel de calle Catamarca 1837 es una casa antigua de las denominadas "chorizo" como les conté al principio del libro, se los vuelvo a recordar por las dudas porque ahora estamos adentro de un sueño. Bien. Seguimos.

Cruzo la cocina con la duda. Serán ellos?

Desde que comenzó la pandemia no los vi más, pasaron a ser nombrecitos que escriben cosas en whatsapp. 

Todo lo que pienso afectivamente para decir con gracia, tras la sorpresa que movió la estantería de mi opaca rutina en estos días, en el corto trayecto entre dejar a Leo con su campera de cuero, sus zapatos de gamuza, la lata de Isenbeck y el último Gitanes del mundo, cruzar dos puertas y una cocina, se esfuma cuando llego al otro patio, el patio de la parrilla.

Claro, mi mente escuchó lo que quería escuchar, que estaban allí mis amigos. 

Que estaban reunidos, incluso sumó más información que nadie dijo y no retuvo la palabra "secuestrados".

Y nunca supo quienes eran los secuestradores, algo que me entero en este momento y genera más desconcierto aún.

Es increíble cuántos universos se pueden encontrar en una vieja casa chorizo. También es increíble la finitud de los universos cuando se conectan.

Los secuestradores de mis amigos son miembros de la vecindad del Chavo, de frente en una mesa redonda y alta, sentado en una banqueta, está  Edgar "Señor Barriga" Vivar, con sus anteojos cuadrados,  barba candado, saco negro al igual que su corbata y camisa blanca. Toma, serio, una cucharada de sopa. Su maletín está apoyado junto a sus pies.

A su costado derecho, de espaldas a la parrilla, está Godines, el hermano del Chavo del Ocho, el líder de la banda, con sus piernas hamacándose, vestido alegremente con una gorra, un jardinero rojo y una  camisa amarilla. Mastica un pedazo de pan. La forma más gráfica que encuentro es que en realidad mastica un "cacho e pan".

Frente a él se encuentra la Chilindrina, no hay ninguna duda que es ella, apenas veo un poco el perfil izquierdo, pero las trenzas, los lentes, las pecas y la pollera entre verdes rojos y amarillos en una mesa en la que está Godines y el Señor Barriga, no deja mucho margen a la imaginación. Tiene que ser ella.

La banda de mejicanos come en silencio, concentrados, con la mirada puesta en la nada.

Y en la otra mesa,  la cercana a la pared ornamentada con coloridos carteles con nombre de capitales del mundo que da a las habitaciones están ellos, mis amigos.

El Flaco Pérez de espaldas, Ferni, Manolo, El Ministro y Beltrán Ruiz.

En esa mesa hay un poco de todo, un poco de risa de las suaves, algún síntoma de precaución, algunos silencios y algo de de tensión.

Al Ministro lo noto preocupado, está de brazos cruzados con sus largas piernas extendidas, como apoyado contra la banqueta, mirando para abajo.

Me arrimo  y, sin saludar,  me pongo frente al Ferni que ríe, para, vuelve a a reír  y para, con movimientos espasmódicos de sus hombros.  

Manolo lo mira de costado muy serio, acodado en la mesa, la cual abarca toda con sus brazos  y sus manos entrelazadas con un reloj pulsera de plata, en el cual, en ese momento podrían caber todas las horas del mundo juntas.

Boludo, los secuestraron.. - atino a decir.

Ferni empieza a hacer bailar sus hombros con más ritmo aún y a sonreir.

Contále Ferni, dale contale - le dice Manolo

Y Ferni vuelve a reír nerviosamente para luego parar.

Dale, contale - vuelve a inquirir Manolo, esta vez con una palmada fuerte en la espalda del Fer quien acto seguido pronuncia:

- Resulta que estábamos acá para irnos allá pero no pudimos bajar al subir ni entrar al salir.

Manolo se para  y se va de la mesa.

El Ministro emite un chasquido con su boca. 

Beltrán Ruiz comienza a reír despacio, y los hoyuelos de sus pómulos se hunden.

El Flaco Pérez decididamente ríe y, con una mano, se tapa un ojo y la frente, sosteniéndose la cara.

Dale Fer contá - lo interpelo serio. 

Con él nos entendemos muy rápido. Incluso se tranquiliza, se relaja y comienza a relatar:

- Ya tengo todo pensado, tengo una oveja en la habitación, ni bien se distraigan nos escapamos en oveja.

Y ahí Beltrán explota.

Risas, júbilo, al Ministro se le escapa una inevitable sonrisa, Manolo vuelve a la mesa ante la exaltación, Ale ríe a carcajadas ahora si, sin ocultar nada, pegándole a la mesa y Beltrán se para ,se agacha y toca sus muslos, para reincorporarse  y volver a agacharse. 

Llora, llora  de la risa "mal", sus ojos se ponen chinos, le brotan lágrimas que son globos de tiempo detenido, emite sonidos guturales que salen de su alma. Su risa es desbordante, nos abraza a todos y va dando vueltas alrededor de la mesa diciendo "El Ferni anda en oveja, jajajjajajajajsajaja!" "jajajajajajajajajajaj, el Ferni anda en ovejaaaa!"

Nos reímos  el tiempo que no entra en el reloj de Manolo hasta que los silencios se van adueñando de nosotros.

Se con todo lo que me cuesta, que es el momento de irme, mi escape de la realidad ha terminado.

Dejo atrás el patio de los secuestrados, la cocina, y el patio donde Leo toca la guitarra,  para volver a calle Catamarca.

Mientras cierro la pesada y enorme puerta de madera y veo la persiana del supermercado de enfrente baja, acatando las medidas dispuestas por un decreto de necesidad y urgencia, pienso que es una locura que se reúna tanta gente sin distanciamiento y sin barbijo por fuera del horario de circulación permitido.

Realmente me parece un delirio.






miércoles, 29 de julio de 2020

UN VIAJE




Voy en el colectivo en la parte de atrás y noto una serie de situaciones que alteran mi percepción.
Lo primero que me descoloca es querer buscar una y otra vez el celular en mi bolsillo y no poder dar con él.
Quiero chatear, quiero leer, quiero ver algo más que las caras de aburrimiento de los pasajeros y el paisaje urbano que conozco de memoria.
Quiero escuchar algo más que el rechinar de los frenos y el sonido del timbre.
 Es insoportable e inconcebible viajar en colectivo sin celular porque el viaje se hace más largo y aburrido, con el aliciente de ir incómodamente parado.
Busco una y otra vez el celular, y tengo una sensación de invisibilidad, como si el aparato no es que haya sido olvidado en la mesa de un bar sino que el mismo, aún, no existe.
Vuelco mi mirada sobre el vidrio trasero, por encima de la última fila de asientos, ventana que no debería estar.
Los colectivos casi no vienen más así.
Tengo una mezcla de atemporalidad que choca y estalla como un meteorito adentro de mi psiquis.
Me detengo en observar la calle por ese gran ventanal trasero, por sobre la cabeza de personas serias que tienen la mirada sin enfocar a causa de la ausencia de celulares con internet.
Qué aburridos están, todo se hace muy lento.
Hay un mundo adentro de esos aparatos con un montón de cosas que nos van a vender y no necesitamos, hay mucho para desear que no alcanzaremos y un montón de información que no nos sirve para nada.
No entiendo como toda esa última fila de seres sentados bajo el vidrio de edades y  sexo  distinto, están todos serios y callados sin poder coincidir, al menos, en tener un aparato luminoso para estar mirándolo al mismo tiempo y "hablar" con otras personas que están en otros colectivos de otras ciudades. 
El enorme ventanal del cual me había olvidado me devuelve la calle Entre Ríos que vamos dejando en el camino entre autos viejos que son nuevos con diseños sencillos.
Todo es un poco más sobrio, noto como si hubiese menos sombra de la habitual porque faltan edificios y percibo mayor luminosidad en el cielo celeste, a pesar de la nube de hidrocarburo negra que sale del caño de escape y vamos dejando al avanzar.
Vuelvo a revisar los bolsillos de mi pantalón gris y me topo con una tarjeta magnética de cartón, también gris,  y un par de monedas doradas.
Levanto la vista y veo, apoyado, contra uno de los asientos laterales de la fila de la izquierda al Turco Sabbag que me ve y se ríe.
Se ríe un montón.
El Turco tiene esa cara que tranquilamente podría ser de una película cómica, es como un rostro de goma que se articula, es muy expresivo.
Se ríe y me río.
Tiene el uniforme puesto, el saco de invierno y la corbata azul y roja que deja ver el escote en v del sweater gris.
Y tiene un mochilón gigante de esos que tampoco están más, de esos que te rompen las vértebras y se llenan con un montón de libros, el Aique, el Kapeluz, el Santillana, el de economía, historia y geografía junto al de contabilidad. Pesan toneladas de data que cabe en un celular.

Me le acerco y le pregunto:
- Turco, qué año es?.
- Es 1998, Morales.
Me alejo, serio.

Apoyo la espalda en la baranda de la puerta de atrás donde no está el timbre.
El timbre queda peligrosamente arriba de la puerta, la cual está abierta de par en par.
Empiezo a entender lo que está sucediendo al hilvanar ideas y sensaciones cuando sube una persona con un barbijo y, al lado del chofer, empieza a toser diciendo que es paciente de HIV y que necesita dinero para la medicación.
Lo hace con un montón de palabras del universo farmacológico.
Saca papeles que avalan lo que está diciendo pero que nadie le va a pedir ver.
Tose y habla en un tono severo e intimidante.
Los pasajeros no lo dicen pero tienen miedo, hay un hálito de coacción en el 153 que avanza firme por una calle Entre Ríos con pocos autos.
Una vieja con  angustia abre un monedero y posa sobre la mano del muchacho unas monedas.
El muchacho va asiento por asiento, persona por persona, tosiendo y exigiendo hasta que llega al final y empieza a toser donde estamos parados.
El Turco se pone serio, no le da nada y me mira a mí, como hablándome por ósmosis.
Hago lo mismo porque tengo sólo dos monedas de cincuenta centavos, pero más que nada lo hago por convicción.
No me gustan esas formas, no me gusta el trato y siento que es una extorsión.
Estoy seguro que El Turco está pensando lo mismo.
El muchacho se queda insistiendo en nuestro sector y miramos para otro lado.
Una adolescente abre una mochila que está toda escrita con liquid paper y saca una billetera con abrojo de la cual extrae un billete de un peso.
El muchacho se va a toser y a merodear a la mitad del coche. Hay muchas miradas cruzadas.
Pienso en como se puede llegar a utilizar dentro de 22 años la tos y el coronavirus para asustar.
Me imagino a gente entrando con barbijos a comercios exigiendo dinero.
Decido tocar el timbre invisible naranja que no está, en la baranda a media altura, pero el Turco me mira a los ojos y extendiendo el brazo derecho recto hacia abajo pone su mano en forma vertical, paralela al piso de goma con micro canaletas y susurra: "Esperá".
El paciente que puso a todos impacientes le dice algo al chofer que nos devuelve a nosotros, sus pasajeros, sin saberlo, su sonrisa cómplice en el espejo retrovisor que deja a ambos en evidencia.
Luego de esto, con el coche que aminora su marcha llegando a Pellegrini, empieza a desaparecer de nuestra perspectiva al bajar dos escalones mientras sigue conversando animadamente. Se le fue la tos.
El Turco me dice: "Ahora" y ahí bajamos con la vitalidad de ser dos escolares adolescentes, cargando el peso de la cultura en nuestras mochilas, en ese tan pero tan lindo mediodía rosarino del cual nunca, jamás, me voy a olvidar.
Fue un acto de justicia de esos dos alumnos de secundario de colegio privado bilingue, orgullosos deberían estar en esa institución sobre como la representamos ese día. Si Winston Churchill viviese nos daría una condecoración.
El Turco se sacó la mochila y le aplicó, una, dos y tres mochilazos en la nuca, al muchacho que, desprevenido, contaba lo recaudado.
Ahí volaron por los aires los manuales Santillana, Kapeluz, el Aique con toda la historia de los sumerios y el código de Hammurabi y el de biología con los pasos de la germinación del poroto que siempre terminaba podrido entre algodones.
Le aplicó vehemente  toda la cultura en la cabeza, incluso le alcanzó a decir "para que aprendas hijo de una gran puta" mientras el muchacho caía al piso y las monedas brotaban como agua en cascada de una fuente.
Después de esto El Turco salió corriendo y me quedé estático contemplando la escena.
La gente se acercaba porque no entendía la situación, el barbijo, las monedas los libros y el tipo en el piso.
Me miró y antes de acomodarse me dijo: "Está loco".
No le contesté y especulé con empezar a correr pero no fue necesario, estaba desorientado, era un pobre tipo.
Junté unas monedas que me quedaron cerca del zapato y empecé a caminar por Pellegrini con dirección al Mc Donalds de calle Corrientes, aunque sabía que en el año 1998 aún no había sido inaugurado.
De repente me empecé a reir, a reir sólo, por la calle, por la vida. Sólo como un loco, a carcajadas, de felicidad total, me dio apenas verguenza  lo que pensara el gordo de rulos del Peugeot 505 blanco  reluciente, que me miraba desde el habitáculo del coche con los vidrios bajos, una mano en el volante  y el codo en la ventanilla, con las ruedas delanteras  pisando la senda peatonal despintada.
Pero no pude esconder la risa y seguí mi paso alegre y feliz, y lo más loco es que lo hice sin estar viendo la pantalla de un celular.

Guillermo Morales





viernes, 29 de mayo de 2020

EMOCIÓN



Sueño pero corro.

Es sábado, estoy adentro de la canchita y me muevo para todos lados.

Hay mucha luz porque hay mucho sol.

Me alejo de todos los que somos ahí dando vueltas, entrando en calor, y me voy para un rincón.
Corro hasta la mitad de cancha, después voy pisando la línea del lateral en una especie de toc.
Lo veo al Gaby que se mueve con su chuequera y su rodillera.
Quique también hace lo suyo con movimientos toscos.
Ramiro tira la pelota desde el otro lado de la red, cae, me la adueño y la llevo abajo de la suela de mis zapatillas turquesas y negras, siempre cerca de la línea, con prolijidad.
Me siento débil, siento como si algo en mis piernas se dislocara.
Paso la pelota al centro de la cancha, donde una multiplicidad de colores se amontonan hablando.
Sigo corriendo, y me doy cuenta que ese día no vamos a jugar.
"Es la recomendación", escucho que uno dice y muchos asienten.
Echo un pique, después alargo, hago movimientos circulares con los brazos.
No sé bien porque pero empiezo a llorar mientras corro y trato de disimularlo. Es alegría y tristeza a la vez, lo siento al sentirme vivo en esa escena sabatina tan simple de movimiento, cancha, colores, sonrisas, casi fútbol y sol.
Es verdadera emoción, ahora lo reconozco mientras lo describo.

Hago como que bostezo y me froto rápido un nudillo en un lagrimal, me alejo más, para que nadie me vea, por esa estupidez de "los machos no lloran".
Y después, pienso en lo boludo que fui en no haberme preparado bien quince días, antes que levanten la cuarentena total estricta y obligatoria.

jueves, 14 de mayo de 2020

RATAS PANDEMICAS







El caso rosarino en plena pandemia mundial y consecuente cuarentena fue altamente llamativo.
Al igual que, en muchas ciudades grandes, la población de roedores salió en busca de alimentos ante la quietud de las solitarias y silenciosas calles y, la disminución de residuos desechados por bares y restaurantes.
Había que comer y la comida estaba, puertas adentro, en los hogares.
Pero el extraño caso rosarino no se limita a este hecho que se replicó en todo el globo con especies de todo tipo sino que, el mismo, se remite a un cambio de orientación  del cual no hay ningún antecedente.
El movimiento de las ratas dentro de los túneles fue in crescendo a medida que el confinamiento de las personas se extendía, de forma obligatoria, a través del tiempo.
Para aquellos que no lo saben, esta ciudad argentina distante a unos 300 kilómetros de Buenos Aires, que se fue gestando a la luz del tren, el puerto y el comercio se fue edificando, sobre todo en la ola inmigratoria de principios de siglo 20, sobre túneles que eran utilizados para distintos fines.
Es decir que, por debajo de esta metrópoli, se teje un entramado laberíntico de conexiones que la atraviesa y era utilizado, en épocas del contrabando a tal fin, cuando la ciudad era conocida como la chicago argentina.
En esos túneles en desuso se fue gestando una de las poblaciones de roedores más grandes del mundo que, en ocasión de la última pandemia, comenzaron a mover el piso de esta ciudad. En forma literal.
Por las noches habían movimientos sísmicos de los cuales, al principio, se sospechó que fuesen réplicas de terremotos en la zona de Cuyo e incluso Chile, algo que suele acontecer con cierta distancia en el tiempo.
Pero no, se trataba de las ratas que se iban adueñando del paisaje, que comenzaban a sentir impunidad total.
Canal tres hizo un móvil desde la plaza Montenegro donde el periodista Pedro Levy, con barbijo, narró el momento en que unos roedores se abalanzaron sobre las palomas que caminaban distraídas.
El intendente, muy preocupado, se contactó con el gobernador de la provincia de Santa Fe e incluso trató el tema con el presidente Alberto Fernández pero no hubo respuesta, había otras prioridades, incluso, Fernández, tiró, a modo de chiste algo así como que "se jodan por haberse comido todos los gatos", en referencia a un apodo ganado por un triste show mediático de muchos años atrás, en el cual unos periodistas mostraron como en el acceso sur faenaban un animalito de esta especie.
Por supuesto, el chiste fue con buena onda, incluso el primer mandatario luego, le mandó saludos a su amigo Lito Nebbia, músico de esa ciudad.
La municipalidad quedó sola en esta lucha.
Los oportunistas vieron el negocio y ofrecían, además de barbijos y alcohol en gel, trampas para ratas.
El concejo estudiaba la ordenanza Hamelin en la cual se debatía sacar a la calle a la orquesta municipal para que, tocando sus instrumentos,  atrape a los roedores que, embelesados por la música  los seguirían hasta caer al río y ahogarse. Pero el río se estaba secando y permanentemente se iba, en las sesiones, a cuarto intermedio hasta el jueves siguiente.
No había soluciones a la vista y las ratas pandémicas avanzaban más y más, aparecian desde las claraboyas, las cloacas y las canillas.
Se inmiscuían en charlas de zoom de empresas, aparecían en fotos de instagram haciendo gimnasia e incluso se sacaban fotos sonrientes con comidas exuberantes que compartían por whatsap para que las vean ratas de otras ciudades.
Se estaban más que domesticando, se estaban humanizando mientras los humanos se deshumanizaban.
Algunas comenzaron a usar barbijos y pedían a otras que hagan la cuarentena en sus ratoneras por temor a contagiarse de hantavirus.
Hubo un escrache público a una que regresó de Brasil con una tabla de surf en el techo del auto.
Otras, comenzaron a manejar twitter y opinaban en televisión.
Nada más fue lo mismo y los habitantes de esa ciudad con el paso del tiempo quedaron  desorientados.
Fue un funcionario, el Dr. Facundo Osia quien caminando una mañana corroboró la primer gran anomalía estructural que culminó con el cambio de orientación.
Osia, mientras chequeaba que la ciudad esté bien notó una grieta en la tierra que terminaría llevándose parte de su club, el club Mitre, ubicado en la barranca,  donde supo comer cientos de asados con sus compañeros de la facultad de abogacía.
Con el correr de los días toda la barranca de la costa rosarina comenzó a desmoronarse
Al principio se pensaba que esto era producto de la pronunciada bajante del río.
Pero no era ese el motivo.
En el movimiento incesantemente voraz, frenético y tumultuoso de los roedores a través de los túneles estaba la explicación.
Fue tal el efecto durante la cuarentena, tal la vibración que la ciudad giró sobre su propio eje.
Maria Teresa Masa lo visualizó desde su balcón de puerto norte una mañana que no vio más el río, y en su lugar contempló la Avenida Circunvalación.
El barrio Arroyito se mudó a Tablada y viceversa y en el lugar del  estadio Gigante de Arroyito se erigió el Gabino Sosa, la casa del Trinche Carlovich.
La bajada de la Avenida Puccio comenzó a culminar  en las cascadas del Saladillo.
El Monumento a la Bandera quedó ubicado en medio de las cuatro plazas, en el corazón del  barrio Belgrano, en una pandémica coincidencia.
Es por todas estas cosas que se habla del extrañísimo caso rosarino, esa ciudad revolucionaria revolucionada que se ubica en el centro de la pampa gringa aunque esto último, puede cambiar.