Todavía no puedo creer que esté jugando un clásico.
Las condiciones no son las ideales, es cierto, pero es lo que me toca.
Todos sabemos que es inhumano jugar para la época de navidad, es realmente una locura.
Son estas cosas que suceden por querer copiar formatos europeos como el de la Premiere, esa estupidez constante de querer ser como nuestras ascendencias conquistadoras.
Entiendo, por ejemplo, que en Inglaterra están ahí nomás del polo norte, más cerca de Papá Noel, y se justifica todo, el chocolate, la garrapiñada, el turrón, y todos los motivos navideños vinculados a la nieve y, por supuesto, jugar al fútbol.
Juegan para esta época con frío, al cual lo combatís con abrigo y movimiento, mientras que a la visibilidad que es obstaculizada por las condiciones climáticas, la neutralizas con una pelota naranja.
Acá, en Rosario, un 24 de diciembre no se puede practicar ningún deporte y menos de alta competencia, con el condimento que el clásico se empieza a jugar una semana antes y el estadio, como ven hoy, es una olla a presión. La tensión se siente en el aire y las pulsaciones se aceleran mientras la adrenalina brota en el ambiente.
Este día está ideal para tomar un clericó en la Florida o que te inviten a una casa con pileta en Funes.
Pero a la AFA parecería no importarle, siempre es lo mismo. El jugador queda relegado al último lugar y, a la hora de las decisiones, siempre culmina predominando el negocio donde la televisión manda.
No sólo perjudicás a los jugadores, al público también lo complicás ya que hoy está con la organización de la cena. Que si van de sus suegros, que si van de un primo, que si tienen que buscar a la vieja para llevarla y, peor aún, quienes tienen la resaca del festejo de anoche, en el Cruce Alberdi.
Porque desde mediados de los dosmil empezó la costumbre de festejar donde se fundó El Nuestro, lo sé porque he estado.
Cortábamos la avenida la tarde del 24, poníamos un sonido y mirábamos espectáculos inolvidables como la actuación de Cacho Corazón con hitazos de la magnitud de la "Negra Canallona" o "El Mensajero de la Muerte", con el mural en homenaje al Negro Fontanarrosa, hecho y restaurado infinidad de veces por El Noke, como escenografìa.
Mientras veo como atacan ellos una y otra vez me viene el recuerdo de Cacho cantando su deseo de ir para Miami a tomar sol para luego terminar insultando al marshall, o la poesía del gran Antonio Spitale, una hermosura de ese notable poeta siempre listo y predispuesto para recitar algo vinculado a Central.
De esos primeros festejos con mi amigo Román, el odontólogo Canalla por excelencia, y toda la gente del programa radial el Puente Canaya con El Chino Nosky y Pedrito a la cabeza pasó un montón de tiempo y la cosa fue creciendo.
Ahora la onda es juntarse la noche del 23 ahí, donde la gente va llegando con heladeritas desde El Caribe y otros puntos de la ciudad para ver números musicales en un gran escenario y todo cierra con un show de fuegos artificiales, algo muy lejano a los tiempos de tablas sostenidas por cajones de birra.
Por todo esto es que me pregunto, ¿cómo debe estar esa gente ahora en la tribuna, con el sol que la derrite?, ni me quiero imaginar. Ni quiero pensar en cómo está esa gente que viene desde anoche y que, pase lo que pase, le tiene que poner toda la energía acá, haciendo el aguante y luego llegar a la cena de hoy. A la luz de los últimos años, la tendencia es que seguirán festejando, además, este partido ya casi lo tenemos.
El resultado de hoy le condiciona la navidad a un montón de Canallas en todo el mundo, incluso hay países donde nos están viendo mientras cenan y nosotros, los protagonistas, somos responsables de la felicidad o la desdicha en la mesa navideña.
En síntesis, el Gigante es un hervidero entre el cumpleaños del Club, el calor y la navidad.
De por si nuestros diciembres acostumbran ser intensos y, agregarle el clásico a este día es para sumarle un condimento extra a este manicomio feliz. La gente, ahora, revolea remeras y canta, avizorando la victoria inminente.
Falta poco para que termine, recién entré y la cagada es que no me llega la pelota, soy lo que se define como un espectador de lujo.
Miguel me mandó con la idea de aprovechar mi velocidad para la contra, pero no hay contra, ellos van y van buscando el empate.
Es por eso que tengo tanto tiempo para pensar hasta que ahí me viene una pelota llovida, ¡por fin!. Me llega desde un lateral.
Este va a ser mi primer contacto con ella... pero caigo al piso tras recibir un golpe tremendo en la espalda, la reputa madre.
No saben el dolor que siento.
Quedo rodando de un lado a otro en el pasto, retorciéndome. Doy por hecho que es falta pero el juego sigue y nadie de mis compañeros reclama. Mis compañeros vuelven a replegarse para tomar posición defensiva, parece que no le importa a nadie.
Estoy tirado acá, sólo, tras la patada de Osia, el tres grandote de ellos a quien causalmente conozco de toda la vida. No puedo creer que justo venga a ser él quien me ajusticie.
La bronca que tengo. Este sanguinario ya ha intentado matarme en una despedida de soltero de la cual me tuve que volver con puntos en un brazo. Esta vez me la voy a cobrar, porque yo tengo el dato preciso del cuadro que era él de chico, yo tengo prueba de esas cosas que se rumorean en la ciudad, como el secreto de los cuadros que son hinchas los periodistas deportivos.
Me podría haber matado, me clavó los tapones en la espalda, siento dolor en un pulmón, como si me hubiese clavado un elemento cortopunzante, es desesperante.
Estoy besando el pasto del cual sale vapor, realmente es agobiante todo, por todos lados veo una marea de gente enardecida en un collage de colores. Es un momento que tal vez no vuelva a repetirse en mi vida y no lo estoy pudiendo disfrutar.
Observo al árbitro gritar algo con vehemencia que no logro a escuchar y veo agitar sus manos abiertas, haciendo la señal inequívoca: "levantate, levantate" y, después, le avisa a todo el que lo quiera ver con el silbato en la boca que la jugada sigue, elevando sus brazos al cielo, como desentendiéndose de lo que está pasando.
Quedé a los pies de Miguel que no se detiene en mi situación y sale corriendo para seguir la jugada del ataque del rival. A nadie parece importarle que haya sido víctima de una patada cuasi criminal y yazca abandonado implorando ayuda.
Sólo la gente clama por mi, grita e insulta por esta clara injusticia como ocurre habitualmente en este país, al pueblo es al último que se lo escucha. La justicia tiene los ojos vendados y desoye el pedido popular que pide cárcel, que pide sanciones duras y castigos ejemplificadores.
Osia sale jugando con cara de circunstancia y se la da limpia al cinco de ellos para que pergeñe un nuevo ataque.
No se si el reclamo de estos plateistas enardecidos es en solidaridad hacia mi persona, no se si están haciendo causa en función de mi dolor insultando al referí, pero al menos me siento menos sólo en este momento, aunque el reclamo de la hinchada sea para que expulsen a Osia así quedamos los dos equipos con diez y nos den un tiro libre para robar unos segundos y frenar el ataque en bloque de la visita.
Por fin el juez se acerca entre silbidos que perforan tímpanos e insultos a su madre y muy lejos de consustanciarse con mi causa, que es la de todo este pueblo me dice "levántese, que no es nada".
Tomo por los extremos mi camiseta con el número 27 la subo por encima del tórax y le muestro la espalda, para luego sentarme y, desde el piso, recriminarle por no cobrar nada, exagerando los gestos, algo que exalta aún más a la platea que todavía le recrimina el penal que no nos cobró en el primer tiempo, un metro adentro del área y dió tiro libre. Este es un verdadero loquito.
-Correte afuera, así te atiende el médico -me dice sin ningún vestigio de expresividad empática.
Me desplazo cuerpo a tierra como si fuese un soldado de la primer guerra mundial y traspongo la línea de cal que se marca en el pantalón azul francia.
Quede abajo de la platea del río, donde están los bancos de suplentes desde la remodelación del estadio y el doctor Diez acude para asistirme.
- ¡Uy! te la dieron feo -comenta.
-Vuelvo a entrar como sea -respondo tajante.
Miguel se acerca, pregunta cómo estoy y el profesional responde a su oído.
Más allá lo veo parado a Marco, dispuesto a entrar. Se toma con la mano derecha la punta del botín del pie del mismo lado, estirando la pierna hacia atrás, en clara señal de estar preparándose, con cara de póker, como si no me hubiese pasado nada, a mí, al elegido entre un montón de socios que participaron.
Me reincorporo exultante tras recibir el frío del spray en mi espalda y me ubico al lado de él. Lo examino. Es más alto que yo pero no es una bestia como se ve por la tele, los jugadores de hoy son los jockeys del pasado.
-¡Qué garca que sos!, ya me querés sacar el lugar -no puedo evitar hoy ser más frontal que nunca.
- Tranca capo, qué queres , hace un año que no juego - me responde, abrazándome.
- Te entiendo, no es con vos, es que me da una bronca bárbara, no toque una pelota y encima me la dieron feo.
Sin dudar y, en la búsqueda de agotar todas las instancias, olvidando definitivamente cualquier signo de molestia fìsica, me dirijo a donde está parado Miguel con su impecable saco que tiene el escudo en el bolsillo, a pesar de los 50 grados que hace entre estas cuatro moles de cemento desde las cuales el público, hacinado, empieza a pedir la hora de a poco, aunque no esté cumplido el tiempo. La ausencia del conteo del mismo en el tablero genera una incertidumbre que le da mayor dramatismo a la situación.
- Miguel, yo no salgo, estoy para jugar -le comento como si me conociera de toda la vida.
No me contesta y sigue las acciones del juego con atención.
- Miguel, si entro hago un gol. Estoy seguro que me queda una y hago un gol - le digo en tono firme, estoy realmente convencido.
Parece no escucharme. Hay córner para ellos.
- Hasta tengo pensado el festejo -agrego y me escucho molesto por lo cual decido callar unos segundos.
Nuestro arquero descuelga la pelota y se queda tirado haciendo tiempo sobre la grama por lo cual insisto: - Me voy a poner en bolas, Miguel, entro hago un gol y me pongo en bolas para festejar.
Es en ese momento que, por primera vez, entre el fulgor auriazul, la locura y el frenesí que vibra en las ondas del barrio de Arroyito sonríe sin mirarme.
La sonrisa de Miguel en medio del caos y la exacerbación de todos los sentimientos que afloran en la agonía de un clásico navideño para dictaminar: - Dale, avisale al cuarto árbitro que entrás.
- ¡Gracias!, - respondo sonriente como un chico que autorizan a hacer lo que más desea y corro para avisarle a Marco que vuelva al banco de suplentes mientras le voy gritando al técnico: "Mirá que me pongo en bolas ¿eh?, ¡mirá que me voy a poner en bolas!"
Miguel continúa sonriendo mientras estudia concentrado las últimas alternativas del juego y se quita el saco para reposarlo en uno de sus hombros.
Yo sé muy bien en este momento que tal vez este sea el único partido de primera división que juegue, tengo plena conciencia que este debut a los 40 años, ingresando a diez minutos del final va a ser la única oportunidad que tenga de estar en un partido de este tipo. ¿Cuántas veces se puede dar en la vida que gane el concurso por redes sociales compartiendo los flyers de un sponsor oficial de la AFA para poder jugar un clásico oficial?.
Ya tengo el antecedente de haber jugado en Barrio Triángulo con jugadores profesionales de ambos clubes en ocasión que, con mi amigo Beltrán, impulsamos un partido bajo el lema "contra la violencia y la boludez humana". Pero no es lo mismo que esto, ahí arreglaron el empate para dejar a todos contentos. Yo lo escuché al Loco Abreu cuando acordó el empate, algo que hizo con un golazo desde la mitad de cancha aquella tarde en el "potrero rebelde". Ahí la toqué pero mis intervenciones fueron muy limitadas porque lo tenía al torpedo Arias que se paraba todo el tiempo en mi posición y, por supuesto, en ese contexto no daba para hacer algo para llamar la atención.
Pero ahora estoy con la expectativa de dejar una huella histórica, festejando un gol sin importar que luego me suspendan de por vida o que vaya preso. Nadie olvidará lo que haga Morales hoy. Nadie. Y seré noticia en todo el mundo si, a fin de año, casi que no hay fútbol y los diarios y tiras deportivas están ávidos de llenar espacios ante la merma de competencias
Tendré un lugar entre El Turco Espip quien una vez hizo un boquete en el alambrado, salvó de que le conviertan un gol a Central, salió gambeteando y se acercó al árbitro para decirle que nos estaban perjudicando. Cuando no.
O me recordarán como a Claudio Scalise quien dando una vuelta olímpica en el Parque para Boca Juniors, tras la obtención de una liguilla se quitó la camiseta y abajo tenía la de El Nuestro. Qué flor de canallada.
Seré meme, seré video viral, recorreré cientos de miles de grupos de whatsapp en el mundo de gente que ni sabe la existencia de Rosario. Seré más que el Chinvenguencha porque lo mío no se verá limitado por el lenguaje. Será un gesto universal, coqueteará, inclusive, con ser una intervención artística.
Si logro hacer el gol y desnudarme entraré definitivamente en la historia de Rosario Central.
Me dedicarán cuentos como a Aldo Pedro Poy y hablarán de mí en las historias que se van transmitiendo de generación en generación.
El tiempo pasa y el árbitro ignora mi pedido de reingreso.
Levanto la mano insistente y el juez corre detrás de la jugada, ignorándome. Mis compañeros parecen hoy no tener tiempo de reclamar. Están con las últimas energías del año, pensando en que termine el partido, en festejar y celebrar con sidra 1888 esta noche en familia.
La gente se pone decididamante agresiva e insulta rabiosamente aumentando la ebullición de una caldera que está a punto de explotar. Estamos jugando con nueve, dando ventajas.
Ellos son una tromba y va a la carga buscando el empate, tiene a su arquero parado en la mitad de la cancha cuando por fin el árbitro hace señas para que entre, desde el círculo central.
Marco me putea y se vuelve a sentar al banco de suplentes, tras mirar a Miguel y observar que este le hace un gesto para que se tranquilice y se quede, controlando la situación.
En esta fracción de segundo me quedo paralizado porque aparece corriendo a toda velocidad, invadiendo el campo de juego, Papá Noel, desde el codo de la popular de Regatas y la platea del río.
Va en dirección al referí, cargando una enorme bolsa.
Lo secundan una hilera de elfos que emiten un chirrido metálico y corren dando brincos frenéticos.
Nos quedamos todos absortos, nadie llega a reaccionar, ni los jugadores, ni la policía ni el público.
Nadie esperaba esto con el partido, ahora si, pasados los cinco minutos de descuento según le comenta Bezombe, nuestro utilero, al cuarto árbitro en tono sereno pero no menos intimidante.
Me parece absurdo y autodestructivo que alguien de nuestra hinchada invada el campo con el objetivo agredir al árbitro con el partido casi finalizado y nosotros ganando. El mundo Central es desconcertante.
Todos nos miramos mientras el juez empieza a correr y nadie sale en su defensa.
Papá Noel, Santa Claus, el gordo de los regalos sigue al árbitro sin perderle el tranco desde atrás y al estar a escasos centímetros de su objetivo comienza a propinarle bolsazos en la espalda mientras el juez trata de cubrirse con los brazos y los elfos se le cuelgan, tirándole violentamentamete del pelo negro engominado o le muerden las piernas.
Es la postal más navideña que alguna vez voy a recordar.
La policía llega al círculo central donde se está produciendo la trifulca y logran controlar entre varios a Papá Noel, quien hace fuerza con sus brazos para zafarse entre cinco uniformados quienes logran, finalmente, dominarlo para llevarlo detenido mientras la gente canta: "Ya se acerca noche buena ya se acerca navidad..."
Los elfos corren alrededor del campo de juego y, a pesar de los intentos de los efectivos para poder atraparlos, algunos de ellos arrojándole redes, es una tarea muy difícil de lograr dado que son por demás ágiles e inquietos.
La hinchada los motiva al grito de "¡ole!, ¡ole!, ¡ole!", como si se tratase de un espectáculo de tauromaquia, dejando en ridículo a las fuerzas del orden.
El partido queda inmediatamente suspendido, no hace falta esperar el anuncio del árbitro que es asistido por personal de la salud y abordado por un tumulto de periodistas mientras alrededor pasan corriendo los elfos.
A mi lado pasa el gordo barbudo vestido de rojo y blanco, sujetado por la policía. Continúa forcejeando y resistiendo, es panzón y muy corpulento.
A pesar que le hacen una toma en la garganta para dificultar su respiración escucho, cuando comienzan a bajar las escaleras rumbo al túnel que vocifera: "¡Tengo que ir a repartir los regalos!", incluso parece decírmelo a mi, volteandose antes de perderse de mi vista, detrás de sus lentes de aumento, como un preso político que ve como el sistema coopta todo intento de proclama o reacción ante el status quo.
"Esto es una injusticia, van a dejar a la humanidad sin regalos", alcanzo a escuchar, por última, vez su pedido desesperado.
Mientras los jugadores visitantes se le van encima al juez y los nuestros festejan la policía mete los últimos Elfos que quedan dando vueltas en una jaula. Algunos logran pasar a la popular local saltando el foso con la ayuda de unos tirantes.
Yo sigo parado acá, sólo frente a la línea de cal, a un costado del perímetro de juego, con las manos en la cintura.
Sin saber si estar alegre por mi debut en un clásico por los puntos y con un dolor tremendo en la espalda del que ahora me acuerdo, con la incertidumbre sobre si nos van a dar los puntos de este partido y, sobre todo, pienso qué habría pasado si volvía a entrar, hacía un gol y me desnudaba en el festejo.
Incluso no sé si hubiese sido más llamativo lo que quería hacer yo de lo que terminó aconteciendo.
Me va a quedar siempre la duda de este día y, si bien me apenan los niños y niñas del mundo que se quedarán sin su regalo, me parece justo que el gordo pague y vaya preso porque, hoy, es el día que Papá Noel me robó la navidad.



