sábado, 4 de diciembre de 2021

MISTERIOS EN LA CASA DE MISTER PARR

 

Antes de comenzar le quiero aclarar a usted, lector o lectora, que los sucesos narrados en este texto son de existencia real, los hechos y  personajes no son ficticios y forman parte de una de las tantas situaciones que me tocó vivir en pandemia.

Por un tema vinculado a una reunión religiosa de la cual no se me permite ahondar en algunos detalles, tras firmar un pacto de confidencialidad, me tocó estar en el atardecer de un domingo otoñal de segunda ola en una mesa  con el ex arquero de fútbol Hugo Orlando Gatti, el abogado mediático Fernando Burlando, ambos sentados enfrente, a mi costado izquierdo el irlandés Alexander Rebiel y, en la cabecera, el ucraniano Patrick Derevianyj.

Ocupábamos solo una parte de la extensa y robusta mesa de madera señorial en el segundo piso de la casona de Mister Parr, hoy devenida en elegante restaurant en el Boulevard Argentino del barrio de Fisherton.

Yo ya había estado dentro de esa casa mucho tiempo atrás y el irlandés Rebiel, también.

La historia en el barrio es por demás conocida, Mister Parr se fue quedando sólo con el correr del tiempo y sus pocos familiares no estaban en el país, repartiéndose por distintos lugares del mundo.

Parr había combatido en la segunda guerra mundial y regresó a la Argentina desde donde había partido porque aquí residían sus padres.

Cuando ellos fallecieron quedó sólo en esa mansión y fue desarrollando una alteración mental, tal vez el síndrome de Diógenes.

Pasaba sus días caminando con un grupo de perros que lo acompañaban a donde iba, él se sentía un perro más.

El irlandés Rebiel  vivía en una de las casas de enfrente y fue varias veces a visitarlo para intercambiar historias o llevarle comida.

Nos contó que el techo goteaba debido al orín de los animales que se acumulaba en el segundo piso, lugar en el que estábamos en ese momento, más precisamente en la habitación donde dormía Parr, según aseveró.

Mi historia dentro de esta casa no tiene mucho de filantropía y se remonta a una tarde de calor de mediados de los noventa, dando vueltas con un grupo caracterizado de Fisherton, adolescentes en ese entonces, que entramos a la casa como una aventura.

Recuerdo la acumulación de objetos, los vidrios rotos, las paredes pintadas con aerosol, el polvillo, la suciedad, y la luz del día que se filtraba dándole un tono de suspenso a la escena.

No llegamos a subir al segundo piso por una escalera de madera que hoy no está más en el actual restaurant ya que la aparición de Mister Parr, El Viejo Par, con sus harapos y su barba blanca gigante nos asustó y huimos como ratas.

Era común que vayan a molestarlo  cuando estaban aburridos los niños y jóvenes de ese momento, tirándole petardos dentro de la casa.  Confieso que lo mío fue solo esa vez, como un tour de bandidos entre colectivos 115 o 116, una especie de intercambio cultural entre barrios porque yo era de otra zona.

No sé porque existían este tipo de entretenimientos, quizás se debía a la inexistencia de internet  o de play station.

 

Del lado de enfrente de la mesa, Hugo Gatti, no emitía sonido y tenía sus dos ojos bien abiertos, con cierto asombro, no sé si  tenía un poco de temor a algo.  A su lado, el Doctor Burlando, se cagaba de risa mientras el ucraniano se acomodaba los lentes atento a nuestra charla.

El momento se vio interrumpido por la llegada de una moza quien empezó a colocar platos en el lugar de cada uno.

Se hizo un silencio. Nadie sabía que era lo que nos habían servido. Hubo cruces de miradas.

No me podía quedar con la duda y consulté, lo cual generó  desconcierto en ella que se retiró y volvió al instante  junto al chef quien dictaminó: "Estimados, lo que van a degustar como entrada es una molleja apanada con mermelada de limón y especias junto a hongos laminados y migas de pan con mantequilla, dip de helado y mentol".

Luego de ello una niña con una aureola refulgente y alas en su espalda pasó por nuestra mesa y nos dejó cruces de tela como souvenir.

Comimos sin intercambiar palabras.

 Noté que a Alex le daba el brillo del atardecer que entraba por la ventana por lo cual me fue imposible no recordar cuando entré a esa casona siendo niño  y se filtraba la luz,  recuerdo que me remitía al misterio, el cual volvió a invadirme en ese instante.

La imagen de Alex bebiendo una bebida roja tras terminar su plato se asemejaba a la del conde Drácula.

Alex se estaba convirtiendo en un vampiro en aquel pandémico atardecer.

Limpió sutilmente con la servilleta bordada en hilos de oro las comisuras de sus labios, apoyó la copa y nos miró a todos.

Gatti estaba acodado en la mesa con ambas manos entrelazadas, el Doctor Burlando se reía y el ucraniano volvía a acomodarse los lentes.

-¿Vieron la historia de esa mujer que volvió de la muerte? -preguntó el Drácula irlandés.

- ¿Será la historia de la canción de Charly García? -pregunté en alusión a Rasguña las piedras, mito que el propio músico desmintió.

No - respondió tajante Alex y comenzó a relatar.

 

"Hace doscientos años atrás era muy común enterrar gente viva, ya que no había los avances que hay hoy en la medicina y fue en Irlanda que una mujer volvió de la muerte.

Resulta que la habían enterrado tras, aparentemente, fallecer por una insuficiencia cardíaca y luego estando familiares y allegados en la casa haciendo el duelo volvió del cementerio, saludó a todos los presentes y se fue a acostar donde, finalmente, falleció.

Fue enterrada por error ya que no estaba clínicamente muerta y unos ladrones, cuando los asistentes al entierro se retiraron del cementerio, desenterraron el cajón con el objetivo de robarle sus pertenencias y, al abrirlo, se encontraron con que la mujer se despertó totalmente en shock.

Gran susto se llevaron y se fueron corriendo con el mismo susto que lo hizo Morales esa tarde en este mismo lugar al encontrarse al viejo Parr."

No entendí si el irlandés quería contarme una moraleja, o sólo pretendía entretenernos un poco tras el rito que estuvimos haciendo horas antes en el templo.

Temí un poco por mi. Anochecía y la ventana que nos enfrentaba nos los hacía saber.

Hugo Gatti seguía serio, Burlando continuaba sonriendo y Patrick Derevianyj concluyó: "esa historia no tiene principio ni fin, puede contarse sin terminar, a la mujer la entierran, se despierta, vuelve, se acuesta, muere y la vuelven a enterrar para volverse a despertar".

Era decididamente de noche. El espíritu de Míster Parr rondaba la mansión junto al de sus perros.

Podíamos percibir en el aire las dos dimensiones, la actual y la pasada.

Los allí presentes podemos ver dos mundos paralelos. La religión nos unió.

No me iba a quedar con la duda tampoco en esta ocasión por lo cual giré mi cabeza a la izquierda, contemplando al Conde Drácula irlandés Alex Rebiel a quienes parecían extendérsele sus colmillos y pregunté:

¿Esa historia es real o la inventaste?

No sé, la saqué de internet - concluyó.

FIN

viernes, 29 de octubre de 2021

MISTERIOS EN LA CASA DE MISTER PAR


 

Antes de comenzar le quiero aclarar a usted, lector o lectora, que los sucesos narrados en este texto son de existencia real, los hechos y  personajes no son ficticios y forman parte de una de las tantas situaciones que me tocó vivir en pandemia.

Por un tema vinculado a una reunión religiosa de la cual no se me permite ahondar en algunos detalles, tras firmar un pacto de confidencialidad, me tocó estar en el atardecer de un domingo otoñal de segunda ola en una mesa  con el ex arquero de fútbol Hugo Orlando Gatti, el abogado mediático Fernando Burlando, ambos sentados frente a mi, a mi costado izquierdo el irlandés Alexander Rebiel y en la cabecera el ucraniano Patrick Derevianyj.

Ocupábamos solo una parte de la extensa y robusta mesa de madera señorial en el segundo piso de la casona de Mister Par, hoy devenida en elegante restaurant en el Boulevard Argentino del barrio de Fisherton.

Yo ya había estado dentro de esa casa mucho tiempo atrás y el irlandés Rebiel, también.

La historia en el barrio es por demás conocida, Mister Par fue quedando sólo con el correr del tiempo y sus pocos familiares no estaban en el país, repartiéndose por distintos lugares del mundo.

Pars había combatido en la segunda guerra mundial y volvió a la Argentina desde donde había partido porque aquí residían sus padres.

Cuando ellos fallecieron quedó sólo en esa mansión y fue desarrollando una alteración mental, tal vez el síndrome de Diógenes.

Pasaba sus días caminando con un grupo de perros que lo acompañaban a donde iba, él se sentía un perro más.

El irlandés  vivía en una de las casas de enfrente y fue varias veces a visitarlo para intercambiar historias o llevarle comida,.

Nos contó que el techo goteaba debido al orín de los animales que se acumulaba en el segundo piso, lugar en el que estábamos en ese momento, más precisamente en la habitación donde dormía Pars, según aseveró.

Mi historia dentro de esta casa no tiene mucho de filantropía y se remonta a una tarde de calor de mediados de los noventa, dando vueltas con un grupo caracterizado de Fisherton, adolescentes en ese entonces, que entramos a la casa como una aventura.

Recuerdo la acumulación de objetos, los vidrios rotos, las paredes pintadas con aerosol, el polvillo, la suciedad, y la luz del día que se filtraba dándole un tono de suspenso a la escena.

No llegamos a subir al segundo piso por una escalera de madera que hoy no está más en el actual restaurant ya que la aparición de Mister Par, El Viejo Par, con sus harapos y su barba blanca gigante nos asustó y huimos como ratas.

Era común que vayan a molestarlo  cuando estaban aburridos los niños y jóvenes de ese momento, tirándole petardos dentro de la casa, confieso que lo mío fue solo esa vez, como un tour de bandidos entre colectivos 115 o 116, una especie de intercambio cultural entre barrios porque yo era de otra zona.

No sé porque existían este tipo de entretenimientos, quizás se debía a la inexistencia de internet.

Del lado de enfrente de la mesa Hugo Gatti no emitía sonido y tenía sus dos ojos bien abiertos, con cierto asombro y no se si un poco de temor a algo. A su lado, el Doctor Burlando se cagaba de risa mientras el ucraniano se acomodaba los lentes atento a nuestra charla.

El momento se vio interrumpido por la llegada de una moza quien empezó a colocar platos en el lugar de cada uno.

Se hizo un silencio. Nadie sabía que era lo que nos habían servido. Hubo cruces de miradas.

No me podía quedar con la duda y consulté lo cual generó  desconcierto en la moza que se retiró y regresó al junto al chef quien dictaminó: "Estimados, lo que van a degustar como entrada es una molleja apanada con mermelada de limón y especias junto a hongos laminados y migas de pan con mantequilla, dip de helado y mentol".

Luego de ello una niña con una aureola refulgente y alas en su espalda pasó por nuestra mesa y nos dejó cruces de tela como souvenir.

Comimos sin intercambiar palabras, noté que a Alex le daba el brillo del atardecer que entraba por la ventana por lo cual me fue imposible no recordar cuando entré a esa casona y se filtraba la luz,  recuerdo que me remitía al misterio el cual volvía a invadirme en ese instante.

La imagen de Alex bebiendo una bebida roja tras terminar su plato se asemejaba a la del conde Drácula.

Alex se estaba convirtiendo en un vampiro en aquel pandémico atardecer.

Limpió sutilmente con la servilleta bordada en hilos de oro las comisuras de sus labios, apoyó la copa y nos miró a todos.

Gatti estaba acodado en la mesa con ambas manos entrelazadas, el Doctor Burlando se reía y el ucraniano volvía a acomodarse los lentes.

-¿Vieron la historia de esa mujer que volvió de la muerte? -preguntó el Drácula irlandés.

- ¿Será la historia de la canción de Charly García? -pregunté en alusión a Rasguña las piedras, mito que el propio músico desmintió.

No - respondió tajante Alex y comenzó a relatar.

"Hace doscientos años atrás era muy común enterrar gente viva, ya que no había los avances que hay hoy en la medicina y fue en Irlanda que una mujer volvió de la muerte.

Resulta que la habían enterrado tras, aparentemente, fallecer por una insuficiencia cardíaca y luego estando familiares y allegados en la casa haciendo el duelo volvió del cementerio, saludó a todos los presentes y se fue a acostar donde, finalmente, falleció.

Fue enterrada por error ya que no estaba clínicamente muerta y unos ladrones cuando los asistentes al entierro se retiraron del cementerio desenterraron el cajón con el objetivo de robarle sus pertenencias y, al abrirlo, se encontraron con que la mujer se despertó totalmente en shock.

Gran susto se llevaron y se fueron corriendo con el mismo susto que lo hizo Morales esa tarde en este mismo lugar al encontrarse al viejo Par."

No entendí si el irlandés quería contarme una moraleja, o sólo pretendía entretenernos un poco tras el rito que estuvimos haciendo horas antes en el templo.

Temí un poco por mi. Anochecía y la ventana que nos enfrentaba nos los hacía saber.

Hugo Gatti seguía serio, Burlando continuaba sonriendo y Patrick Derevianyj concluyó: "esa historia no tiene principio ni fin, puede contarse sin terminar, a la mujer la entierran, se despierta, vuelve, se acuesta, muere y la vuelven a enterrar para volverse a despertar".

Era de noche. El espíritu de Míster Par rondaba la mansión junto al de sus perros.

Podíamos percibir en el aire las dos dimensiones, la actual y la pasada.

Los allí presentes podemos ver dos mundos paralelos. La religión nos unió.

No me iba a quedar con la duda tampoco en esta ocasión por lo cual giré mi cabeza a la izquierda, contemplando al Conde Drácula irlandés Alex Rebiel a quienes parecían extendérsele sus colmillos y pregunté:

¿Esa historia es real o la inventaste?.

No sé, la saqué de internet - concluyó.


Fin




lunes, 2 de agosto de 2021

EL DANI Y EL LELE, SECRETO DE ALMACEN




El Lele  comentó al Dani, desde la vereda de enfrente, gritando al paso, "el almacenero  me dijo que  el próximo partido de La Copa va a ser difícil, pero que Central va a pasar igual".
El Dani lo contempló con una sonrisa mientras El Lele agregó una reflexión instantánea:  "igual mucha bola no le di porque, es un viejo loco que tiene alterado a todos".
El Dani que venía con la cabeza en otra cosa, tranquilo, con sus compras hechas en la dietética Palo Borracho quedó carburando y tuvo una revelación.

¡Lele! - gritó  cruzando apurado por la mitad de  calle Guatemala, antes de perderlo a su interlocutor, oráculo fugaz,  que empezaba a doblar en la esquina para tomar Marcos Paz.

El Lele, obediente, volvió sobre sus pasos haciendo sonar envases dentro de la bolsa de tela de los mandados en el atardecer de Barrio Belgrano, y una vez que ambos amigos quedaron cara a cara y sin barbijo El Dani lo interpeló en tono enigmático: - Escuchame, hay que prestar atención a este tipo de mensajes.  
Lele parecía no entender a lo que hacia referencia, por eso, se extendió en la idea:

- Decime, este señor, por ejemplo,  ¿usa delantal azul?, porque si es asi estamos en presencia de un sabio. Decime, Lele, ¿este almacenero utiliza delantal azul?

- ¡Si!, exclamó entusiasmado. ¡Si, Dani claro que si!! - empezó a brincar feliz,  restregándose las manos sin saber bien el motivo pero presintiendo una señal positiva, sin fundamentos lógicos, como en la antesala de cualquier partido importante en la historia de Central.

- Entonces no es un viejo loco. Si está entrado en años, tiene un almacén que es un negocio en el que hay que ser minucioso con los márgenes de ganancias, hay que ser prolijo y encima un delantal, y encima sobrevivió lo embates de una pandemia, en este caso estamos en presencia de un sabio, Lele.

El Lele estaba hipnotizado ante las palabras de su amigo, ya había pasado la exaltación inicial y se dispuso a escuchar la idea del Dani, una idea esperanzadora, quien continuó:

- Este señor conoce El Secreto, por eso sabe todo lo que ocurre en el barrio, Lele. 
Decime, ¿acaso no ves la función social que cumple este tipo? -El Lele quedó en silencio, desconcertado-  da fiado?,
- Si...-respondió  timorato.
- Entonces, este tipo te maneja economía del barrio, Lele. Este señor se meta en nuestros hogares, sabe nuestras  intimidades, sabe mucho, por un montón de hechos que los tienen como testigos, por ejemplo las señoras van a esos lugares y hablan, de lo que sea, pero hablan, y estos tipos van analizando todo mientras cortan el fiambre, mientras te van preguntando "qué más?" . Por eso, a mi  no me parecería extraño que, incluso, pueda vaticinar el futuro. 
Esos negocios son lugares de mucha información, Lele,  ahí hay mucha energía cruzada. 

El Lele volvió a entusiasmarse, sin la exaltación inicial, esta vez sus ojos parecían agrandarse de tanta esperanza por algo que no entendía bien para donde iba. El Dani continuó con su idea.

- Te agrego algo que tal vez no hayas notado,  vos viste que en esos lugares, de repente  no tienen más esas latas grandes de galletitas Canale ?

- Es verdad... -pensó el El lele contestando-  hace rato desaparecieron esos latones que tenían esos 
vidrios para ver las masitas...

- Justamente porque ahí guardan El Secreto, Lele!,  ahí está todo!, por eso las sacaron de los mostradores!...  te apuesto lo que quieras! Lele... - desafió El Dani el con una mano en la cintura y la otra ofreciendo el trato.

- Te parece?.., - se apichonó su amigo.

- Son personas que saben todo y callan, Lele pero cuando te dicen algo tenés que estar atento, no podés dejarlo pasar.
 Es más, me animo a adivinar que  tiene una letra E y una O en su nombre el almacenero,  mínimo el origen debe ser bíblico

Al Lele pareció irse un poco el entusiasmo ante esta apreciación levantó la bolsa con envases vacíos que había dejado en la vereda para luego decir, un poco más apagado: Se llama Saúl.

- Saúl....- repitió El Dani pensativo tomándose el mentón - Saúl....-volvió a decir- bancá que me fijo algo...

Sacó su teléfono del bolsillo del joggin y  se puso a buscar en Google  la definición de aquel nombre propio en wikipedia, la cual leyó en voz alta:  "Pedido a dios, deseado, el elegido". ¡Mirá!, Lele, ¿lo ves?, ¡es el elegido!...te lo dije!..... estos tipos tienen algo, es un sabio el almacenero ese, es un enigma, es más, seguro no se sabe bien la dirección de su negocio y va cambiando de lugar permanentemente, incluso de época

El Lele sujetaba la bolsa  en uno de sus hombros, colgada hacia atrás, con hastío y decepción y una vez que el Dani concluyó dio media vuelta emprendiendo la retirada a su hogar, dejándolo contemplar su espalda, teléfono en  mano.

Caminó, molesto, con sus botellas vacías tratando de olvidar al Dani y al almacenero, metiéndose de lleno nuevamente en el partido.

Cuando estaba próximo a doblar en la esquina sintió que tenía algo más que necesitaba decir por lo cual gritó: "¡Dani!", algo que esta vez hizo que  sea su amigo quien vuelva sobre sus pasos mientras se marchaba.

-Escuchame, esto es muy sencillo, el almacenero ese es un un viejo de mierda. 
No lo puede ver nadie en el barrio, ni siquiera la esposa, ni los hijos, ni los perros de la calle, nos tiene locos a todos y yo no se porque mierda,..¡pero siempre vuelvo a ese puto lugar!

- Porque es un sabio Lele, vos volvés a ese lugar porque ese hombre es un sabio. Ese almacenero tiene El Secreto - volvió a insistir El Dani mientras, esta vez, definitivamente perdió al Lele cuando dobló en la esquina.

viernes, 25 de junio de 2021

 Me adentro al escenario desde la playa al anochecer, la banda toca la parte final de la canción No me arrepiento de este amor y el riff me envuelve con la base del bajo y los golpes de la batería.

Me apoyo contra unas cajas de sonido con un trago hasta la llegada de Noel

jueves, 3 de junio de 2021

BEER FOOTING

 El beer footing, a diferencia del running, es una actividad que no figura -aún- en los decretos provinciales y nacionales que llegan en formato pdf a grupos de whatsapp.

Con mi amigo Beltrán desandamos el domingo con esta noble disciplina la cual contribuye al bienestar mental y físico.

Caminamos durante más de dos horas por parques, calles y bulevares. 

En un momento nos detenemos y me comenta mientras observa el panorama de la muchedumbre amontonada y desbarbijada "la verdad es que yo ya no entiendo más nada". 

Claro, es lógico, mi amigo es consciente que su negocio gastronómico está desapareciendo como el Titanic mientras los clientes huyen en botes-aplicaciones a sus hogares y el personal toca el violín.

Pero seguimos adelante, remando  como siempre. La actitud no se negocia.

La calle es un océano de bicicletas. Hay mucho rosarine freaky, hay mucho bolude. Lleno, está inundado.

Somos cada vez más pobres sin querer pensarlo y nos entretenemos con un celular mientras nos dividimos con límites que sólo existen en nuestras mentes. 

La pobreza no sólo es económica, también es espiritual.

Llegando al final de nuestro recorrido tras pasar el árbol de los ahorcados y al pie del Big Ben rosarino, una camioneta de Prefectura se sube a la vereda y un runner, que es una verdadera gacela, de tranco olímpico, con la indumentaria digna de un deportista de elite la elude y mientras pasa por nuestro costado, a nosotros, que venimos viendo la escena mientras caminamos de frente nos dice " Ahi los tienen, para eso están estos hijos de puta, para rompernos las bolas a nosotros, no para meterse con los choros".

No llegamos a reaccionar porque la camioneta maniobra marcha atrás y sale a toda velocidad en busca de su objetivo, en busca de ese Che Guevara del deporte.

A nosotros no nos ven, o no les importamos, porque los decretos, aún, no contemplan el beer footing.