Antes de comenzar le quiero aclarar a usted, lector o lectora, que los sucesos narrados en este texto son de existencia real, los hechos y personajes no son ficticios y forman parte de una de las tantas situaciones que me tocó vivir en pandemia.
Por un tema vinculado a una reunión religiosa de la cual no se me permite ahondar en algunos detalles, tras firmar un pacto de confidencialidad, me tocó estar en el atardecer de un domingo otoñal de segunda ola en una mesa con el ex arquero de fútbol Hugo Orlando Gatti, el abogado mediático Fernando Burlando, ambos sentados frente a mi, a mi costado izquierdo el irlandés Alexander Rebiel y en la cabecera el ucraniano Patrick Derevianyj.
Ocupábamos solo una parte de la extensa y robusta mesa de madera señorial en el segundo piso de la casona de Mister Par, hoy devenida en elegante restaurant en el Boulevard Argentino del barrio de Fisherton.
Yo ya había estado dentro de esa casa mucho tiempo atrás y el irlandés Rebiel, también.
La historia en el barrio es por demás conocida, Mister Par fue quedando sólo con el correr del tiempo y sus pocos familiares no estaban en el país, repartiéndose por distintos lugares del mundo.
Pars había combatido en la segunda guerra mundial y volvió a la Argentina desde donde había partido porque aquí residían sus padres.
Cuando ellos fallecieron quedó sólo en esa mansión y fue desarrollando una alteración mental, tal vez el síndrome de Diógenes.
Pasaba sus días caminando con un grupo de perros que lo acompañaban a donde iba, él se sentía un perro más.
El irlandés vivía en una de las casas de enfrente y fue varias veces a visitarlo para intercambiar historias o llevarle comida,.
Nos contó que el techo goteaba debido al orín de los animales que se acumulaba en el segundo piso, lugar en el que estábamos en ese momento, más precisamente en la habitación donde dormía Pars, según aseveró.
Mi historia dentro de esta casa no tiene mucho de filantropía y se remonta a una tarde de calor de mediados de los noventa, dando vueltas con un grupo caracterizado de Fisherton, adolescentes en ese entonces, que entramos a la casa como una aventura.
Recuerdo la acumulación de objetos, los vidrios rotos, las paredes pintadas con aerosol, el polvillo, la suciedad, y la luz del día que se filtraba dándole un tono de suspenso a la escena.
No llegamos a subir al segundo piso por una escalera de madera que hoy no está más en el actual restaurant ya que la aparición de Mister Par, El Viejo Par, con sus harapos y su barba blanca gigante nos asustó y huimos como ratas.
Era común que vayan a molestarlo cuando estaban aburridos los niños y jóvenes de ese momento, tirándole petardos dentro de la casa, confieso que lo mío fue solo esa vez, como un tour de bandidos entre colectivos 115 o 116, una especie de intercambio cultural entre barrios porque yo era de otra zona.
No sé porque existían este tipo de entretenimientos, quizás se debía a la inexistencia de internet.
Del lado de enfrente de la mesa Hugo Gatti no emitía sonido y tenía sus dos ojos bien abiertos, con cierto asombro y no se si un poco de temor a algo. A su lado, el Doctor Burlando se cagaba de risa mientras el ucraniano se acomodaba los lentes atento a nuestra charla.
El momento se vio interrumpido por la llegada de una moza quien empezó a colocar platos en el lugar de cada uno.
Se hizo un silencio. Nadie sabía que era lo que nos habían servido. Hubo cruces de miradas.
No me podía quedar con la duda y consulté lo cual generó desconcierto en la moza que se retiró y regresó al junto al chef quien dictaminó: "Estimados, lo que van a degustar como entrada es una molleja apanada con mermelada de limón y especias junto a hongos laminados y migas de pan con mantequilla, dip de helado y mentol".
Luego de ello una niña con una aureola refulgente y alas en su espalda pasó por nuestra mesa y nos dejó cruces de tela como souvenir.
Comimos sin intercambiar palabras, noté que a Alex le daba el brillo del atardecer que entraba por la ventana por lo cual me fue imposible no recordar cuando entré a esa casona y se filtraba la luz, recuerdo que me remitía al misterio el cual volvía a invadirme en ese instante.
La imagen de Alex bebiendo una bebida roja tras terminar su plato se asemejaba a la del conde Drácula.
Alex se estaba convirtiendo en un vampiro en aquel pandémico atardecer.
Limpió sutilmente con la servilleta bordada en hilos de oro las comisuras de sus labios, apoyó la copa y nos miró a todos.
Gatti estaba acodado en la mesa con ambas manos entrelazadas, el Doctor Burlando se reía y el ucraniano volvía a acomodarse los lentes.
-¿Vieron la historia de esa mujer que volvió de la muerte? -preguntó el Drácula irlandés.
- ¿Será la historia de la canción de Charly García? -pregunté en alusión a Rasguña las piedras, mito que el propio músico desmintió.
No - respondió tajante Alex y comenzó a relatar.
"Hace doscientos años atrás era muy común enterrar gente viva, ya que no había los avances que hay hoy en la medicina y fue en Irlanda que una mujer volvió de la muerte.
Resulta que la habían enterrado tras, aparentemente, fallecer por una insuficiencia cardíaca y luego estando familiares y allegados en la casa haciendo el duelo volvió del cementerio, saludó a todos los presentes y se fue a acostar donde, finalmente, falleció.
Fue enterrada por error ya que no estaba clínicamente muerta y unos ladrones cuando los asistentes al entierro se retiraron del cementerio desenterraron el cajón con el objetivo de robarle sus pertenencias y, al abrirlo, se encontraron con que la mujer se despertó totalmente en shock.
Gran susto se llevaron y se fueron corriendo con el mismo susto que lo hizo Morales esa tarde en este mismo lugar al encontrarse al viejo Par."
No entendí si el irlandés quería contarme una moraleja, o sólo pretendía entretenernos un poco tras el rito que estuvimos haciendo horas antes en el templo.
Temí un poco por mi. Anochecía y la ventana que nos enfrentaba nos los hacía saber.
Hugo Gatti seguía serio, Burlando continuaba sonriendo y Patrick Derevianyj concluyó: "esa historia no tiene principio ni fin, puede contarse sin terminar, a la mujer la entierran, se despierta, vuelve, se acuesta, muere y la vuelven a enterrar para volverse a despertar".
Era de noche. El espíritu de Míster Par rondaba la mansión junto al de sus perros.
Podíamos percibir en el aire las dos dimensiones, la actual y la pasada.
Los allí presentes podemos ver dos mundos paralelos. La religión nos unió.
No me iba a quedar con la duda tampoco en esta ocasión por lo cual giré mi cabeza a la izquierda, contemplando al Conde Drácula irlandés Alex Rebiel a quienes parecían extendérsele sus colmillos y pregunté:
¿Esa historia es real o la inventaste?.
No sé, la saqué de internet - concluyó.
Fin

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