- Señor presidente, mire, lo más conveniente va a ser que usted desvíe su camino.
Tenemos todo organizado para trasladarlo en limousine y que empiece hoy su descanso en la quinta. Aquí puede ver el plano, este es dibujo del coche y vamos a ir por esta línea de puntos - apuntó George sobre uno de los mostradores de madera con un papel que sacó de su bolsillo en el cual hizo unos trazos infantiles con una lapicera de tinta azul ante la mirada desorbitada del presidente.
El presidente se quedó pensando, apoyado de espaldas en el mostrador de enfrente y analizaba esa posibilidad. El garabato de auto alargado en el papel con esa línea le transmitía algo de seguridad.
Pero no podía evitar desconfiar como lo fue haciendo cada vez más desde los tiempos de campaña en los cuales todo había sido muy intenso y estresante.
Los viajes, la presión de las corporaciones, las operaciones políticas y las redes sociales.
Los años en el poder, luego, habían sido desgastantes, casi no había tomado vacaciones a no ser por ese fin de año en Aspen del cual tuvo que regresar antes de lo previsto por la amenaza de misiles rusos que llegarían desde Cuba.
Había perdido vida, en poco tiempo envejeció y su aspecto estaba desalineado.
- Creo que son estas - dijo Wil tras estar hurgando en una estantería plagada de cajitas de cartón de muchos colores desde una escalera portátil de tres peldaños.
George lo miró desde el mostrador. El presidente, siempre atento a cualquier estímulo estaba alerta. El cortisol corría por sus venas y parecía emanar de sus poros.
Will se acercó a George y, tras sacar un papel de adentro de la pequeña caja que traía del estante, e inclinarse sobre él para que pueda verlo leyó en voz alta, acomodándose los lentes: "Benzodiazepinas".
El presidente se asustó al sentir que algo se le estaba ocultando y tembló para sus adentros, tomándose el pecho con ambas manos en señal de auto resguardo.
Will y George hablaban susurando detrás del mostrador y lo miraban de frente, como analizándolo. Los ojos de Will parecían agrandarse detrás de sus cuadrados lentes y sus enormes cejas grises.
- ¿Qué está pasando?,-preguntó a ambos-, puedo sentir que algo está pasando y no me lo están diciendo.
- Tranquilícese señor presidente, estoy organizando la retirada - trató de transmitir tranquilidad George.
El presidente pareció recomponerse y caminó haciendo crujir el piso de parquet del viejo recinto y traspasó el mostrador por un costado, frente al ventanal que da a la calle.
- Díganme la verdad , está pasando algo , insistió más calmo.
- Tranquilícese señor presidente, ya nos vamos a ir.
El presidente comenzó a caminar por el interior del local entre las estanterías plagadas de cajitas y espejos que le devolvían su rostro sumido en la enajenación. Notaba como era analizado por Will quien a sus exagerados lentes cuadrados le había sumaba una lupa que hacía que su ojo se viese impactante.
Mientras caminaba por el salón a paso firme y con ambas manos cruzadas en su espalda sentía la respiración de Will quien lo perseguía con lupa como un fantasma con su blanco y pulcro delantal.
El presidente farfullaba palabras sobre la posibilidad de establecer una cuarentena y un cerco naval sobre la isla de Cuba. Hablaba sobre una posible guerra nuclear y misiles balísticos.
Comenzó a transpirar y a pegarle a uno de los mostradores.
George se le acercó y le pidió tranquilidad algo que logrón con escuetas palabras: Ya todo fue resuelto en la conferencia de Helsinki.
El mandatario buscó por encima de los hombros de su asesor a Will quien misteriosamente se había esfumado.
Pareció volver en si y, sonriendo cómplice con su interlocutor bromeó: "Los rusos, podríamos bombardearlos en cinco minutos".
Luego se cruzó de brazos volviéndose a apoyar, esta vez, sobre el mostrador de la caja registradora, desde donde inmediatamente George lo retiró.
Volvió a ponerse serio mientras George se dispuso a revisar unos papeles que tenía en un bibliorato.
Se mantuvieron unos minutos en silencio hasta que una luz roja y azul giratoria invadió la parquedad del local.
A los pocos segundos dos uniformados ingresaron al local y miraron a George quien asintió sin mediar palabras y tomaron de ambos brazos al presidente a quien invitaron a retirarse.
El presidente subió al asiento de atrás del móvil de la policía metropolitana mirando la fachada del local vidriado desde donde divisó, tras la puerta de entrada, la figura de Will quien lo contemplaba una vez más con sus exagerados lentes y su gran lupa.
Ya estaba oscureciendo. George quedó solo en su vieja ferretería de la Old Brompton Road de Londres y comenzó a cerrar el negocio predispuesto a irse al pub
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