miércoles, 29 de marzo de 2023

ME ARDE, ME QUEMA

 Andrés Calamaro canta con un sombrero texano y un tapado de piel detrás de sus característicos lentes negros.

Es el programa de Mirtha Legrand y yo estoy detrás de cámara siguiendo las instancias. 

Canta, sólo, sobre una pista "Diez años después", canción perteneciente a la extinta banda hispano argentina "Los Rodriguez".

La atención sobre él es total, es un momento televisivo que será histórico en el final de este programa.

Es cuando se me ocurre la idea: que siga cantando, si podemos extendernos una hora más, sino importa el programa que viene después, una serie vieja enlatada en blanco y negro. 

Quésiga si nadie se va a quejar, si a nadie le va a importar y estamos en un momento único.

Entre tiracables, camarógrafos, técnicos, productores y asistentes voy sembrando rápidamente la idea hasta que una voz autorizada me dice: armálo afuera.

Salgo al parque del canal donde hay una colina verde y más allá, detrás de las rejas, los fans esperando a su  ídolo.

Empiezo a correr del estudio al exterior y desde el exterior al estudio junto a un malón de asistentes y armamos el backline sobre la colina y luego voy depositando listas, bebidas y sandwichs a los costados. 

Un amigo, Esteban, se ríe y me mira, me controla si es que toco algo del catering. Qué boludos son los pensamientos de control cuando alguien cree ejercerlos y no tiene ningún tipo de autoridad moral. 

Me río de los que se rien y creen que se están riendo de algo. Porque nada de eso sucede, sólo quiero que ocurra e  show y por eso corro contra el tiempo mientras Calamaro prolonga su actuación y la transmisión ya se metió en un horario no correspondiente.

Abrimos las puertas y el público invade el parque, Calamaro sale a la colina con sus músicos, que ahora si aparecen.

Vuelven a sonar los acordes de "Diez años después" , ahora en vivo  y la banda arranca.

Contemplo la actuación desde abajo mientras los temas se van sucediendo uno tras otro. 

Cada vez llega más público.

En un momento la actuación frena por un inconveniente entre el artista y un micrófono. Me busca un productor y del brazo me lleva hasta el escenario y como si me depositara volando aparezco en medio del conflicto técnico, la mirada del músico, la ansiedad del público y los silencios que intimidan.

Calamaro me exige que conecte el plug del micrófono del cual sale fuego. Me quedo dudando frente al equipo de sonido.

Agita el micrófono y el fuego se propaga aún más por el cable. Decido no hacer esa estupidez.

Ante mi actitud pasiva el músico vuelve a agitar la base del micrófono desde la cual se desprende un líquido caliente que pega en mi frente y en el momento me provoca una quemadura por lo cual salgo corriendo hacia el baño en busca de agua.

El ardor es insoportable, no me quiero mirar en el espejo. Tiro agua sobre la herida y me quedo un momento frente a una ventana que me refleja fantasmalmente. La herida se va propagando, me está comiendo la piel, es como si fuera ácido sulfúrico.

Corro en busca de Noel a mostrarle. La encuentro entre el público que murmura ante la ausencia de música, los golpes estúpidos e intermitente del baterista, alguna guitarra espaciada que tira distorsión y los los ruidos de acoples. Noel está ahí, atrás de todo, esperando como el resto del público que el espectáculo se reanude.

Me le acercó y le cuento lo que me acaba de pasar, me dice que no es nada, que es como cuando me sacaron la raíz del diente y después de unos días la encía se me regeneró. No me tranquilizan sus palabras y es por eso que levanto mi flequillo y le muestro la herida.

Veo sus ojos verdes que se abren preocupados, preocupación que logro sentir, no lo puede ocultar ella ante la magnitud del hecho.

Vamos ya a un hospital, le digo. Me toma de la mano y corremos entre el público rumbo a la salida e inevitablemente tenemos que pasar frente a Calamaro que está arriba de la colina.

Dice boludeces frente al micrófono, la está canchereando.

Aprovecho el silencio para descargar toda mi ira: La concha de tu madre Calamaro, andate bien a la puta que te parió, anda a hacerte el canchero a otro lado gil, ya nos vamos a encontrar hijo de mil puta, vamos a ver si te la bancas solo.

A Noel no le gusta esta situación y también me lo hace saber con la mirada pero la urgencia nos apremia y me arranca del lugar con un tirón de la mano.

Calamaro creo que no me escuchó porque siguió balbuceando frases inconexas bajo el sombrero texano, detrás de sus lentes negros.


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