martes, 21 de agosto de 2018

CÚPULAS


"En Rosario mientras caminás, tenés que mirar para arriba", es una frase que muchos hemos escuchado alguna vez. Y es real.
Y yo lo puedo aseverar mejor que nadie porque ahora veo el mundo desde arriba.
En el paisaje arquitectónico de la ciudad conviven distintos estilos que han confluido tras las grandes oleadas inmigratorias.
El art  decó, el modernismo, el estilo colonial y el gótico, entre otros. Uno puede encontrar varias vertientes.
Y muchas de ellas a veces no son apreciadas por el transeúnte desprevenido dado que la perspectiva no colabora. Se pierden detalles de una vereda a otra en las calles angostas.
Castillos, cúpulas, carruajes, campanarios, estatuas, vitrales. Hay de todo para todos los gustos.
Y se ha perdido mucho en una época donde eran más habituales las demoliciones, tal vez,  porque no se le daba a estas construcciones la magnitud del valor real que ostentan y el vínculo de identidad que constituyen para nuestra urbe.
Por eso, una ordenanza municipal referida a la preservación de fachadas se sancionó a tal fin.
Es cierto que esto conllevó algunas quejas de frentistas dado que deben afrontar los costos de mantenimiento o porque les cuesta vender sus inmuebles a algunos de los emprendimientos de los que se suceden en los últimos años.
Alguno de ellos se han adaptado a las fachadas preservadas.
En definitiva, hay mucha más conciencia en la actualidad sobre la importancia de este patrimonio.

Mi afición por la arquitectura o el gusto por ella surgió en caminatas con mi madre por la ciudad, deteniéndome a contemplar las bondades que los edificios nos mostraban y los detalles que ella no dejaba pasar.
Ya entrado en mi juventud y junto a  mi amiga fotógrafa Florencia Zmijarevic, recorríamos el casco urbano en bicicleta tomando fotografías polaroid de cúpulas.
Había un refinado aire de snobismo en lo que hacíamos, he de admitirlo a la distancia, pero no por ello significaba que no lo disfrutábamos. Era todo un hecho cultural en si mismo y de foto periodismo, también.
Es que habíamos inaugurado un perfil en las redes sociales, "Cúpulas", que se trataba de fotos sobre las polaroids que tomábamos.
Allí podían observarse "La bola de nieve", de Córdoba y Laprida o la de la ex galería "La Favorita" que conservaba la inscripción del nombre original, entre muchas.
Había espacio para todo lo arquitectónico, no sólo se limitaba a este tipo de terminaciones.
No podía faltar la estatua del Palacio Minetti,  el techo de la Facultad de Abogacía, o el de la ex jefatura, actual sede de gobernación, en la zona de la plaza San Martín.
Mamá estaba muy contenta con nuestro hobby.
El balcón de ella da a calle Dorrego, justo frente a la sede en cuestión.
Desde allí pasamos, en una oportunidad, una tarde entera tomando fotografías de la carroza tirada por caballos, es que teníamos una perspectiva única e inmejorable.
Ella nos acompañó sonriente, con respetuoso silencio, y nos preparó una copiosa merienda.
Nuestro hobby tenía un montón de seguidores en las redes y aportes de gente que se inspiraba con lo que hacíamos.
Era una verdadera contribución a la valoración  del patrimonio arquitectónico de Rosario, sobre todo en la generación  denominada millenials.

Para esa época el diario La Capital comenzó a publicar unos suplementos sobre la arquitectura de la ciudad.
Y yo estaba de parabienes.
Esperaba los días martes para ir a desayunar al bar El Molino, de Tucumán y Corrientes y leer sobre la historia de distintos edificios rosarinos.
Acto seguido ponía el suplemento en mi maletín, los cuales iba acomodando prolijamente en una carpeta en mi casa. Era un robo cultural.
¿A quien le iba a importar no leer eso en el desayuno?. Era mi mi filosofía de auto convencimiento.

Y estaba enchufadísimo.
Aprendí sobre la Casa Fracassi en la esquina de Corrientes y San luis donde hoy hay un bazar debajo... donde hay un mural del arquitecto Guido quien fue uno de los que que proyectó junto a Bustillo nada más y nada menos que el Monumento a la Bandera.
En esa casa se han dado fiestas donde han estado personalidades de la alta sociedad de principio de siglo pasado. Políticos y artistas.  Incluso ha habido un restaurant.
Fui a conocerlo en una oportunidad porque la planta superior de ese lugar es propiedad de la familia de Vale Actis, una ex compañera de escuela.
En la planta de abajo hoy hay un bazar muy conocido que se llama  "El Palacio de la Oportunidad".

Me enteré gracias a esos suplementos del valor del edificio del Sindicato del Seguro, y su estilo art decó, lugar al que acudo asiduamente dado que soy afiliado.
En una ocasión me encontré a la hermana de Hans, el guitarrista de Bacorales, la arquitecta, restauradora mundial y artista de híper realismo  Georgina Burgi, trabajando en la pileta, la cual tiene infinidad de detalles en sus azulejos.
Fue una de esas lindas  casualidades en un mediodía en el que estaba de paso, haciendo un trámite para la obra social y entré a conocer el natatorio del que tanto había escuchado,  el cual posee techo corrredizo y se encuentra en la parte de atrás. Cruzamos saludos y sonrisas.
Geor me contó que estaba trabajando en la restauración de la Catedral de Rosario por lo cual me interioricé más aún en su trabajo, dejando el testimonio filmado en vivo con mi celular en un video para "Cúpulas".

Esta devoción por el patrimonio aceleraba el pulso de mi sensible corazón de artista y comunicador.
 Hasta dudé en anotarme en arquitectura o, al menos, en un curso de pastelería.
Como para darle forma a algo.

Indagando y motivado siempre por la curiosidad fue que conocí al arquitecto  Marcelo Mirani.
No recuerdo si fue a través de un comentario que él dejó en Cúpulas, esbozando una crítica mordaz a la mansión Villa Hortensia o  si esto sucedió en el Bar El Riel donde acudía quincenalmente  a tertulias de arte sacro alguna tardes de un otoño feliz.
También dudaba si no se dio cuando me agregaron al grupo de whatsapp "Open House", una organización  de visitas guiadas a distintos edificios.
Pensándolo bien, lo más probable es que haya sido por todas estas cosas.
Cuestión que Mirani me dio una mirada irreverente y distante de todo lo que yo cultivaba desde la infancia en cuanto a conocimiento y apreciación.

En alguno de esos ambientes reales o virtuales comenté sobre los suplementos que acumulaba de La Capital y el Arquitecto Mirani,directo y sin filtro me dijo: "Es una cagada, todo eso es una cagada".
Fue la primera vez que se dirigió hacia mi en esos términos. Lo decía seguro y con cierta buena y mala onda a la vez. Era creíble.

A Mirani lo recuerdo  de contextura delgada y ojos azules penetrantes. Acostumbraba a tener una cartera cruzada en la cual tenía apuntes con dibujos suyos a lápiz y muchas ceritas, las cuales justificaba diciendo que eran de su hijo Juancito.
No se si es verdad esto, porque en una ocasión llegué a una de las tertulias de El Riel, temprano, y lo encontré sólo en la mesa alta del fondo, dibujando con ellas dibujos muy infantiles. Una casa, un árbol, un sol, un perro.
También recuerdo que usaba jeans celestes, mocasines de gamuza marrones y fumaba cigarrillos armados a escondidas de su mujer.
El me lo confesó la vez que le pedí que me convidase uno por primera vez.

No pude evitar hacerle el comentario de que su mirada azul me remitía al artista Dante Taparelli con quien había asistido a una de las recorridas que organiza, cargadas de misticismo y suspenso, una noche por el Cementerio "El Salvador".

"Puff, una cagada, eso" me respondió en lo que se transformaría en su muletilla, tanto
por chat como en la vereda de El Riel cuando salíamos a fumar y yo le mangueaba.
Se tomaba el trabajo de armarme el cigarrillo con prolijidad y paciencia.
Era habilidoso. Terminaba cerrando el pucho pegándolo con la lengua.
Ahí reconocí su dote para la creación.
Me parece que a él le gustaba ese momento de convidarme porque quedábamos mano a mano, por fuera del grupo, y explayaba su desencanto hacia distintos arquitectos de renombre de todas las épocas y lugares.

El Flaco Pérez a quien conocí por  el grupo de whatsapp y era socio de Mirani en el Estudio y  Galería de Arte La Raíz, me aconsejó que me alejase de él, porque podía ser tóxico.
El Flaco estaba acostumbrado a trabajar con él y me decía lo difícil que se le hacía avanzar a veces en proyectos debido a su nihilismo.
Que era excesivamente detallista y que, sin dudas, estaba condenado a realizar una obra faraónica que quedaría en los anales de la humanidad. A pesar de todo, creía en él.
 Pero me aconsejó que tomase ciertos recaudos, dado que podía atentar contra mi devoción por la arquitectura.

"Los anales del culo", me dijo Mirani cuando le conté la visión y la admiración de su socio hacía él mientras lamía el borde del papel que envolvía tabaco saborizado.

Finalmente algo de lo que me previno Pérez sucedió porque Mirani comenzó a aparecerse en mis sueños y a interferir en mis encuentros con los grosos de la humanidad. Algo que me ocurría según la época con más o menos frecuencia.
Atrás de ellos comenzó a aparecerse él, con un liso de cerveza y su cartera cruzada.

Recuerdo la noche de Gaudí, quien vino a comentarme sobre La Pasión, una de las fachadas de la Sagrada Familia.
"Este es un loco, es un fanático religioso, que te cuente lo que hacía con el mecenas, con el rarito ese de Guell", me dijo desde atrás, desacreditándolo.

Niemeyer en una ocasión me visitó en mi lecho una madrugada y me contó sobre el Puerto de la Música, un proyecto trunco por cuestiones políticas, frente al río, en la zona del anfiteatro de Rosario.
Fue la única vez que me tiró una buena.
Esa vez abrazó al brasilero y dijo "Este, este es bueno, este si es bueno".
Creo que en ese sueño Mirani estaba en pedo.

Con el tiempo dejé las tertulias en el Riel y me fui del grupo de chat. Estaban afectando mi psiquis.
Incluso la dejé sola a Flor con Cúpulas.
Ella no entendió nada, de un día para al otro le dije que no lo quería hacer más.
Además, el tema de los seguros me tenía muy ocupado.
Los clientes en esa época virtual y de crecimiento del parque automotor estaban muy demandantes. Nadie podía esperar, todo tenía que ser en el momento y no había espacio para un muchacho con corazón de artista y comunicador.

Quizás debí hacerle caso al Flaco Pérez.
El nihilismo de Mirani sofocó mi pasión.

La vida transcurrió y no lo vi más.
Pasaron muchos años hasta volver a tener noticias de él.
El Riel cambió de manos y en su lugar pusieron un bar con impronta moderna e impersonal.
Su dueño no pudo soportar los aumentos de alquiler.
Arroyito era parte del centro de Rosario, el metrobús destruyó Rondeau, el único Boulevard que funcionaba, mientras los imponentes edificios, en una línea monocorde a sus costados, lo oscurecían.
Pero los viejos detalles estaban ahí. Tapados, escondidos, testigos permanentes del paso del tiempo.
Sólo había que levantar la cabeza para apreciar, algo cada vez más difícil porque ahora, además de la problemática de la angostura de las calles estaba el tema de los lentes celulares. Y todos íbamos con ellos puestos.

Y un día Mirani volvió a mi vida.
Y de forma muy intensa.
Había contratado un viaje a Europa a través de la empresa Four Points, un viaje que planifiqué con mucha antelación y fui pagando en cuotas.
Quería conocer todo lo que siempre me contaron o vi en películas o en internet sobre lugares históricos, porque si bien yo había dejado hace rato mi contacto con el mundo de la arquitectura local, Europa,  era algo pendiente.
Y allí fui.
Feliz y contento.
Sólo, sin mi familia, pero en un contingente. "Conozca Europa en 15 días", algo así lo anunciaban, con la idea de visitar 18 ciudades.

Nos citaron frente al Monumento para de ahí llevarnos en colectivo rumbo a Ezeiza
Un muchacho que oficiaba de guía turístico comenzó a llamar por lista para constatar de que todos viajásemos con la documentación pertinente.
Todo estábamos atentos y sonrientes.
A medida que avanzaba la lista alfabéticamente íbamos subiendo.
Me acerqué cuando llegaba a la  "m" y hete aquí que el primer apellido con esa letra fue Mirani.

No lo podía creer.
Era mucha la casualidad.
Podía ser, tal vez, otra persona con el mismo nombre, vaticiné buscando la última esperanza de no reencontrarme con mi pasado. Volteé la cabeza y no lo divisé.
Entre los presentes, que quedábamos aún al costado del colectivo, aferrados al equipaje, nos mirábamos como no haciéndonos cargo del nombre.
El guía repitió, alzando la voz : "Mirani, Marcelo!"
Y apareció.
20 años después, desde el pasado.
Abriéndose paso entre la maraña de viajeros cual Moisés en el mar, apurado, acomodándose la camisa dentro del jean eternamente celeste, con un sweater atado al cuello y sus mocasines marrones, arrastrando una pequeña valija con rueditas.

 Estaba igual a pesar del paso del tiempo.
Al subir detrás y acomodarme entre los primeros asientos evité cualquier tipo de contacto visual, como sino hubiese sabido de su presencia pero fue en vano dado que, a los pocos minutos, lo tenía sentado a mi lado "
"¿Qué hacés Morales?", rompió el hielo directo.

E inevitablemente volví el tiempo atrás en esas cuatro horas de viaje hasta Buenos Aires.
No tenía opción, conviviría con Mirani en el mismo avión y mismos hoteles durante los próximos días.
Me relajé y comenzamos a hablar, era imposible no engancharme en la charla sobre todo lo que iríamos a ver debido a que estaba muy entusiasmado y, los conocimientos de él, eran más que bienvenidos.
Incluso me llamó la atención que no me tirase ningún comentario parco. Estaba muy positivo.
Me contó que, en todo el  tiempo en que no nos vimos, había estado trabajando en proyectos muy interesantes en distintos lugares de Rosario.


Madrid y Barcelona lo pasamos de diez pero la cosa se complicó cuando llegamos a París, en el desayuno, cuando comenzó a hablar pestes sobre August Eiffel, el día en que visitaríamos su torre.
Volvió a ser el Mirani que yo había conocido para mi decepción.

Me decía que Eiffel  era un chanta, que esa torre no servía para nada, que era un imperialista que trabajó para los yanquis y una andanada de miserias sobre esta persona.
Creo que en el desayuno había tomado pastís.

Traté de ignorarlo y me alejé en el contingente cuando llegamos al pie de la torre.
A través de la física Soledad Aronna, docente del Politecnico, La hermana del Pillo, conseguimos una onda para subir arriba de todo ya que el politecnique desde alli hacia estudios vinculados a la fisica.
En el lugar lugar exclusivo donde Eiffel tenia un cuarto el cual utilizaba para...
Solo podíamos subir de a dos.
Procuré dejar a Mirani atrás pero cuando era mi turno se metió entre la fila, abriéndose paso a los empujones, quedando a mi lado.
Suspiré. Iba a cagarme uno de los momentos cumbres del viaje.

Y lo hizo.
La vista que teníamos era fascinante, se apreciaba todo París con sus casas bajas, sus calles y sus avenidas.

"Esto es una mierda, hasta acá se siente el olor de los franceses que nunca se bañan", "se pueden meter la baguete en el culo". Cosas así.
Traté de no pensar y concentrarme en lo bello del paisaje y luego, con mi celular,  comencé a tomar fotos.
Ese fue el instante en que  pasó todos los límites.
Se avalanzó sobre mi, tomándome uno de mis brazos, forcejeando, con suma agresividad.
- ¡Fotos no! -gritaba-, fotos no!, este es un momento de mierda que no vale la pena registrar!

Definitivamente los años y el alcohol habían hecho estragos. Estaba lidiando con un sociópata.

Y caímos.
Caímos, entrelazados, con los pies hacia arriba, los  300 metros de altura que tiene la torre.
Nos reventamos la cabeza contra la grama y nos fuimos físicamente de este planeta.

Fuimos a parar al purgatorio porque había que hacer una serie de trámites dado que no estaba claro si había sido un suicidio, un asesinato o un accidente.

De hecho, yo creo que fueron las tres cosas a la vez, aunque de ese tema acá no se habló más.
 Mirani quería morir, matarme y lo hizo sin querer.

Y quedamos esperando, frente a una inmensa puerta de hierro, con un piso de nubes, sentados en dos sillas, con sendos cráneos destruidos.
Mirani sacó del bolsillo de su camisa una caja metálica donde tenía cigarrillos armados, la abrió y me la ofreció en silencio. Acepté uno, el tomó otro, me ofreció luego fuego de un zippo y encendió el suyo.
Fumamos complacientes.
Al terminar su cigarro escupió la nube y lo tiró sobre su saliva, pisándolo con uno de sus mocasines.
Se hizo un hueco en ella que lentamente comenzó a expandirse.
Contemplamos ese fenómeno encorvados y con brazos cruzados.

Me fasciné. Podíamos divisar a través de esa circunferencia las maravillosas creaciones del hombre, la muralla china, el cristo redentor de río, la estatua de la libertad, el coliseo romano, yukatán, las ruinas del imperio inca y las pirámides de Egipto.

Volví a sonreÍr, volví a sentir plenitud. Mi cara se estaba reconstruyendo, la sangre comenzaba a limpiarse, estaba logrando mi pasaporte al paraíso.
Mis sentidos absorbían fascinados toda esa belleza que el hombre es capaz de construir.

Y Mirani comenzó a alterarse.
Las pirámides las hicieron los extraterrestres!, como mierda van a poder trasladar esos bloques desde el Nilo, es imposible eso!.
La muralla china es una cagada, está totalmente al pedo, eso es porque los chinos no tienen vida, solo sirven para ser esclavos, una vida de penuria y sufrimiento!!
y la estatua de la libertad!!!!  otra vez ese!, el puto ese de Eiffel, otra gran mentira, la libertad en el país que genera mas muerte en el mundo!!

Cada vez estaba más sacado. Su heridas persistían.

De repente las puertas del cielo se abrieron,  San Pedro salió tras ellas jugando con un manojo de llaves en una de sus manos y se nos acercó.

"El creador está evaluando su caso", le dijo a Mirani
- Quién es el creador?, contestó, hosco.
- El que hizo el Universo.
"Ah, ese es el responsable de todo, já!, ya me va a escuchar, ese es el culpable número uno de todas estas cagadas entonces, dejámelo un segundo, un segundo nada más, ¿el creador?, já!, ya me va a ver. Se lo voy a decir yo, en persona, que se haga cargo de toda esta gran cagada que es el mundo y todos los seres humanos, ya me va a escuchar, ya me va a escuchar..", alcancé a escuchar mientras las puertas se cerraban tras de mi y caminaba junto a San Pedro rumbo a migraciones, los dos con las manos cruzadas hacia atrás, en armonía, lo más campantes, mientras el agujero en la nube, debajo de Mirani, muy lentamente continuaba aumentando su diámetro.










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