lunes, 22 de julio de 2019

JESSE PINKMAN EN EL RIEL




Yo, con mis límites autoimpuestos por el trabajo, se un montón sobre relaciones duales. Se de parejas, de músicos, de amigos y de gente de negocios, entre muchas.
Desde que Beltrán se propuso, junto al Tío Iván, continuar la tradición de este lugar centenario, acá, en el Bar y Bodegón El Riel, en la esquina de la Avenida Rivadavia y Pueyrredón,  en el ex populoso y hoy emblemático barrio de Pichincha, con presente de auge gastronómico e inmobiliario y pasado vinculado al hampa, burdeles y conventillos, es que aprendí mucho.

Las veo enfrente mio, desde el otro lado de la barra, entre cervezas, tragos y sidras que despacho.
Se de vínculos humanos como espectador de privilegio, como confidente y, a veces incluso, como consejero mientras paso el trapo sobre la madera laqueada.

Desde el otro lado desfilan todos los estereotipos, acompañados o solos.
El abogado charlatán como Goodman, el médico inoxidable al inexorable paso del tiempo y a la bebida como Paiva, el futbolista que está de vacaciones como Guzmán, el periodista ávido de vincularse con desconocidos como Gavira, el matón a sueldo con ética, otrora en el tiempo y habitué de aqui como El Paisano Díaz hoy Mike Ehrmantraut o el pelado alcahuete de la DEA, tal el caso de Hank Schrader. A propósito de él, hace un tiempo que no aparece, no sólo por El Riel, sino también por su hogar. Así me lo hizo saber su esposa, quien me vino a preguntar si sabía donde estaba hace unos días. La escuché mientras le preparaba un Bloody Mary intentando suavizar su tristeza que mezclaba crispación en un cocktail desesperado.
Tal vez podría haberla ayudado pero ese no es mi trabajo.

Si tuviese que elegir, entre todos los clientes, uno de mis preferidos es Jesse Pinkman, porque me deja propina en dólares sin escatimar y es el tipo de personas que no vienen en serie.

Sin dudas una de las cosas que más me gusta de la profesión de bartender, es que uno va aprendiendo detalles que hacen el todo y no se enseñan en ningún lado. Incluso a veces dudo si es verdad la afirmación que asevera que la experiencia es intransferible.

Con sólo ver llegar a un parroquiano, yo ya sé, por ejemplo, que es lo que tengo que servirle apenas pone un pie en el bar.

Y con alguno de todos ellos, uno, inevitablemente compatibiliza porque por más que viva muchas experiencias ajenas al mismo tiempo, la misma noche, por sobre y, ante todo, tiene la suya.
Y con Jesse siempre me sentí identificado, y esto fue, creo ahora,  porque siempre hallé algunas concordancias con su historia de vida y, además, por su Moral.

Cómo no sentirme identificado con un tipo al cual su familia lo hizo de lado de joven y tuvo que salir a inventarse.
Cómo no ver la búsqueda de una figura paterna de forma constante a través de este flagelo.
Si las marcas pasajeras de los golpes que a veces trae marcados en su rostro no son nada en comparación a los que tiene grabados eternamente en su alma.
Cómo no entender la búsqueda de familias a lo largo de su existencia en pos de hallar contención.

Y ahí está él, sentado en la barra, contándome un montón de sinceridades mientras le sirvo un vaso más.

A veces me quiere cambiar la música, me pide que ponga Eminen, en la computadora, pero yo le explico que, en Rosario, escuchamos Los Vándalos, Fito Paéz y Bulldog.
Le jode. Y no le gusta.
Le digo que si quiere escuchar ese tipo de música puede ir a uno de esos bares de cerveza artesanal que son todos parecidos, de hecho pusieron un montón en la zona.
En El Riel lo más similar a un rap que ponemos es la canción Tumbas de la Gloria.
No es que lo boludee, es que hay confianza. Pobrecito de aquel que lo haga.
Con Jesse hablamos un montón.
Yo le cuento y el me cuenta.
Hablamos del trabajo.
Una vez me contó que su jefe, un tal  Gus, lo tenía  a maltraer, que con su socio en la cocina Whalt Withman le estaban buscando la vuelta. Finalmente lo resolvieron, pero la felicidad le duró poco.
Es una constante verlo contrariado y por momentos alienado.
Cómo no entenderlo.
Si el Tío cada vez que viene a la mañana a hacer la reposición de mercaderías y recibir a los proveedores siempre tiene algo para decirme, junto a Beltrán, sobre como dejé el bar la noche anterior.
Entiendo a Jesse cuando me comenta que él siente que está para algo más grande.
Si yo podría ser el dueño de este bar si me lo propusiese.
Comprendo que le rompa soberanamente las bolas estar tantas horas adentro de la cocina, si yo veo lo que hacen los pibes acá, atrás mio, y todos los cruces de egos entre comandas, aceite hirviendo y cuchillos afilados al borde de la detonación
Algunos términos técnicos en su dicción acelerada no los entiendo pero reconozco su preocupación en sus gestos que denotan importancia. Los mezcla entre el latiguillo "bitch", que reitera cuando pasa el quinto liso de cerveza Santa Fe.
El me siente un par y habla con soltura sobre fósforo, yodo y gas butano.
Yo le hablo de las empanadas de quinoa, del aperol, la absenta  e incluso de algo tan trivial para mi y desconocido para él como lo es el fernet con coca.
Es que la expresión es todo, y los términos no hacen al meollo del intercambio de nuestras preocupaciones.

La última vez que lo vi lo vino a buscar Whalt. Se paró en la puerta que da a la esquina, y yo me quedé en silencio mientra Jesse hablaba.

Whalt Whitman estuvo parado un rato mirando fijo al interior del bar,  a donde nosotros estábamos. Lógicamente Jesse no podía verlo al estar de espaldas.
Whalt me clavó la mirada que penetraba el vidrio de la puerta de El Riel y el de sus lentes, con un apósito que le cruzaba horizontalmente la nariz, la cabeza rapada, encorvado pero a la vez firme, vestido con jean y camisa a cuadrillé.

Quizá por mi desatención hacia él fue que Jesse giró el cuerpo desde la banqueta y posó la vista en la calle.
Y supo que no debía hablar más y retirarse.
Le cambió el semblante de forma instantánea. Bajó la mirada, dejó de hablar como lo venía haciendo en forma enérgica, sacó dólares en bollos que arrojó en la barra y se fue sin saludar.

Se retiró por la puerta de Pueyrredón y Rivadavia y se quedó  en la esquina  un rato parado, oyéndolo a Whalt hablar como si este estuviese tratando de convencerlo de algo, antes de que se marcharan juntos.

Yo se algunas cosas de Whitman que él no sabe y nunca se las voy a decir, porque yo, acá, atrás de la barra se mucho de relaciones duales, pero también las se separar e inmiscuirme hasta donde me compete.
Al fin de cuentas, esto, no deja de ser sólo un trabajo.







1 comentario: