miércoles, 29 de julio de 2020

UN VIAJE




Voy en el colectivo en la parte de atrás y noto una serie de situaciones que alteran mi percepción.
Lo primero que me descoloca es querer buscar una y otra vez el celular en mi bolsillo y no poder dar con él.
Quiero chatear, quiero leer, quiero ver algo más que las caras de aburrimiento de los pasajeros y el paisaje urbano que conozco de memoria.
Quiero escuchar algo más que el rechinar de los frenos y el sonido del timbre.
 Es insoportable e inconcebible viajar en colectivo sin celular porque el viaje se hace más largo y aburrido, con el aliciente de ir incómodamente parado.
Busco una y otra vez el celular, y tengo una sensación de invisibilidad, como si el aparato no es que haya sido olvidado en la mesa de un bar sino que el mismo, aún, no existe.
Vuelco mi mirada sobre el vidrio trasero, por encima de la última fila de asientos, ventana que no debería estar.
Los colectivos casi no vienen más así.
Tengo una mezcla de atemporalidad que choca y estalla como un meteorito adentro de mi psiquis.
Me detengo en observar la calle por ese gran ventanal trasero, por sobre la cabeza de personas serias que tienen la mirada sin enfocar a causa de la ausencia de celulares con internet.
Qué aburridos están, todo se hace muy lento.
Hay un mundo adentro de esos aparatos con un montón de cosas que nos van a vender y no necesitamos, hay mucho para desear que no alcanzaremos y un montón de información que no nos sirve para nada.
No entiendo como toda esa última fila de seres sentados bajo el vidrio de edades y  sexo  distinto, están todos serios y callados sin poder coincidir, al menos, en tener un aparato luminoso para estar mirándolo al mismo tiempo y "hablar" con otras personas que están en otros colectivos de otras ciudades. 
El enorme ventanal del cual me había olvidado me devuelve la calle Entre Ríos que vamos dejando en el camino entre autos viejos que son nuevos con diseños sencillos.
Todo es un poco más sobrio, noto como si hubiese menos sombra de la habitual porque faltan edificios y percibo mayor luminosidad en el cielo celeste, a pesar de la nube de hidrocarburo negra que sale del caño de escape y vamos dejando al avanzar.
Vuelvo a revisar los bolsillos de mi pantalón gris y me topo con una tarjeta magnética de cartón, también gris,  y un par de monedas doradas.
Levanto la vista y veo, apoyado, contra uno de los asientos laterales de la fila de la izquierda al Turco Sabbag que me ve y se ríe.
Se ríe un montón.
El Turco tiene esa cara que tranquilamente podría ser de una película cómica, es como un rostro de goma que se articula, es muy expresivo.
Se ríe y me río.
Tiene el uniforme puesto, el saco de invierno y la corbata azul y roja que deja ver el escote en v del sweater gris.
Y tiene un mochilón gigante de esos que tampoco están más, de esos que te rompen las vértebras y se llenan con un montón de libros, el Aique, el Kapeluz, el Santillana, el de economía, historia y geografía junto al de contabilidad. Pesan toneladas de data que cabe en un celular.

Me le acerco y le pregunto:
- Turco, qué año es?.
- Es 1998, Morales.
Me alejo, serio.

Apoyo la espalda en la baranda de la puerta de atrás donde no está el timbre.
El timbre queda peligrosamente arriba de la puerta, la cual está abierta de par en par.
Empiezo a entender lo que está sucediendo al hilvanar ideas y sensaciones cuando sube una persona con un barbijo y, al lado del chofer, empieza a toser diciendo que es paciente de HIV y que necesita dinero para la medicación.
Lo hace con un montón de palabras del universo farmacológico.
Saca papeles que avalan lo que está diciendo pero que nadie le va a pedir ver.
Tose y habla en un tono severo e intimidante.
Los pasajeros no lo dicen pero tienen miedo, hay un hálito de coacción en el 153 que avanza firme por una calle Entre Ríos con pocos autos.
Una vieja con  angustia abre un monedero y posa sobre la mano del muchacho unas monedas.
El muchacho va asiento por asiento, persona por persona, tosiendo y exigiendo hasta que llega al final y empieza a toser donde estamos parados.
El Turco se pone serio, no le da nada y me mira a mí, como hablándome por ósmosis.
Hago lo mismo porque tengo sólo dos monedas de cincuenta centavos, pero más que nada lo hago por convicción.
No me gustan esas formas, no me gusta el trato y siento que es una extorsión.
Estoy seguro que El Turco está pensando lo mismo.
El muchacho se queda insistiendo en nuestro sector y miramos para otro lado.
Una adolescente abre una mochila que está toda escrita con liquid paper y saca una billetera con abrojo de la cual extrae un billete de un peso.
El muchacho se va a toser y a merodear a la mitad del coche. Hay muchas miradas cruzadas.
Pienso en como se puede llegar a utilizar dentro de 22 años la tos y el coronavirus para asustar.
Me imagino a gente entrando con barbijos a comercios exigiendo dinero.
Decido tocar el timbre invisible naranja que no está, en la baranda a media altura, pero el Turco me mira a los ojos y extendiendo el brazo derecho recto hacia abajo pone su mano en forma vertical, paralela al piso de goma con micro canaletas y susurra: "Esperá".
El paciente que puso a todos impacientes le dice algo al chofer que nos devuelve a nosotros, sus pasajeros, sin saberlo, su sonrisa cómplice en el espejo retrovisor que deja a ambos en evidencia.
Luego de esto, con el coche que aminora su marcha llegando a Pellegrini, empieza a desaparecer de nuestra perspectiva al bajar dos escalones mientras sigue conversando animadamente. Se le fue la tos.
El Turco me dice: "Ahora" y ahí bajamos con la vitalidad de ser dos escolares adolescentes, cargando el peso de la cultura en nuestras mochilas, en ese tan pero tan lindo mediodía rosarino del cual nunca, jamás, me voy a olvidar.
Fue un acto de justicia de esos dos alumnos de secundario de colegio privado bilingue, orgullosos deberían estar en esa institución sobre como la representamos ese día. Si Winston Churchill viviese nos daría una condecoración.
El Turco se sacó la mochila y le aplicó, una, dos y tres mochilazos en la nuca, al muchacho que, desprevenido, contaba lo recaudado.
Ahí volaron por los aires los manuales Santillana, Kapeluz, el Aique con toda la historia de los sumerios y el código de Hammurabi y el de biología con los pasos de la germinación del poroto que siempre terminaba podrido entre algodones.
Le aplicó vehemente  toda la cultura en la cabeza, incluso le alcanzó a decir "para que aprendas hijo de una gran puta" mientras el muchacho caía al piso y las monedas brotaban como agua en cascada de una fuente.
Después de esto El Turco salió corriendo y me quedé estático contemplando la escena.
La gente se acercaba porque no entendía la situación, el barbijo, las monedas los libros y el tipo en el piso.
Me miró y antes de acomodarse me dijo: "Está loco".
No le contesté y especulé con empezar a correr pero no fue necesario, estaba desorientado, era un pobre tipo.
Junté unas monedas que me quedaron cerca del zapato y empecé a caminar por Pellegrini con dirección al Mc Donalds de calle Corrientes, aunque sabía que en el año 1998 aún no había sido inaugurado.
De repente me empecé a reir, a reir sólo, por la calle, por la vida. Sólo como un loco, a carcajadas, de felicidad total, me dio apenas verguenza  lo que pensara el gordo de rulos del Peugeot 505 blanco  reluciente, que me miraba desde el habitáculo del coche con los vidrios bajos, una mano en el volante  y el codo en la ventanilla, con las ruedas delanteras  pisando la senda peatonal despintada.
Pero no pude esconder la risa y seguí mi paso alegre y feliz, y lo más loco es que lo hice sin estar viendo la pantalla de un celular.

Guillermo Morales





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