martes, 22 de septiembre de 2020

A MIS AMIGOS, LOS SECUESTRADOS POR MIEMBROS DEL CHAVO DEL OCHO

 


Camino por calle Catamarca y hay tensión de miradas cruzadas sobre barbijos. Las personas circulan con distancia, precaución, miedo y desconfianza. 

La fila para entrar al supermercado tiene un dejo de resignación y de culpa

Somos sospechosos de nosotros mismos en un mar de intolerancia, desinformación, y acusaciones. Quienes hoy juzgan carecen de la conciencia para saber que van a ser juzgados, la historia se encargó siempre de hacerlo, pero no lo pueden ver, por eso siempre viven con un montón de contradicciones y, odiar, es lo que tienen más a mano en un mundo virtual de  libertinaje y anonimato desde el encierro.

Aún existen espacios que resisten y son los pequeños mundos que nos inventamos. 

Ser feliz hoy es un arte y sin exagerar cuesta vida.

Abro la puerta del Hostel para escaparme de la realidad y, al ingresar, me encuentro que en el primer patio está  Leo, sentado solo en su sillón, al fondo, intentando sacar con su Gibson el punteo de Rapsodia Bohemia.

Cuando quiero saludarlo, extendiendo el puño, no soy correspondido. Leo pone su dedo índice izquierdo, cruzando su boca cerrada y me dice susurrando, casi sin emitir sonido: "Shhh, están tus amigos secuestrados en el patio de atrás".

Miro a través del vidrio de la puerta que conecta con la cocina, el cual deja ver otra puerta y detrás de ella, en el otro patio, observo gente de espaldas.

El Hostel de calle Catamarca 1837 es una casa antigua de las denominadas "chorizo" como les conté al principio del libro, se los vuelvo a recordar por las dudas porque ahora estamos adentro de un sueño. Bien. Seguimos.

Cruzo la cocina con la duda. Serán ellos?

Desde que comenzó la pandemia no los vi más, pasaron a ser nombrecitos que escriben cosas en whatsapp. 

Todo lo que pienso afectivamente para decir con gracia, tras la sorpresa que movió la estantería de mi opaca rutina en estos días, en el corto trayecto entre dejar a Leo con su campera de cuero, sus zapatos de gamuza, la lata de Isenbeck y el último Gitanes del mundo, cruzar dos puertas y una cocina, se esfuma cuando llego al otro patio, el patio de la parrilla.

Claro, mi mente escuchó lo que quería escuchar, que estaban allí mis amigos. 

Que estaban reunidos, incluso sumó más información que nadie dijo y no retuvo la palabra "secuestrados".

Y nunca supo quienes eran los secuestradores, algo que me entero en este momento y genera más desconcierto aún.

Es increíble cuántos universos se pueden encontrar en una vieja casa chorizo. También es increíble la finitud de los universos cuando se conectan.

Los secuestradores de mis amigos son miembros de la vecindad del Chavo, de frente en una mesa redonda y alta, sentado en una banqueta, está  Edgar "Señor Barriga" Vivar, con sus anteojos cuadrados,  barba candado, saco negro al igual que su corbata y camisa blanca. Toma, serio, una cucharada de sopa. Su maletín está apoyado junto a sus pies.

A su costado derecho, de espaldas a la parrilla, está Godines, el hermano del Chavo del Ocho, el líder de la banda, con sus piernas hamacándose, vestido alegremente con una gorra, un jardinero rojo y una  camisa amarilla. Mastica un pedazo de pan. La forma más gráfica que encuentro es que en realidad mastica un "cacho e pan".

Frente a él se encuentra la Chilindrina, no hay ninguna duda que es ella, apenas veo un poco el perfil izquierdo, pero las trenzas, los lentes, las pecas y la pollera entre verdes rojos y amarillos en una mesa en la que está Godines y el Señor Barriga, no deja mucho margen a la imaginación. Tiene que ser ella.

La banda de mejicanos come en silencio, concentrados, con la mirada puesta en la nada.

Y en la otra mesa,  la cercana a la pared ornamentada con coloridos carteles con nombre de capitales del mundo que da a las habitaciones están ellos, mis amigos.

El Flaco Pérez de espaldas, Ferni, Manolo, El Ministro y Beltrán Ruiz.

En esa mesa hay un poco de todo, un poco de risa de las suaves, algún síntoma de precaución, algunos silencios y algo de de tensión.

Al Ministro lo noto preocupado, está de brazos cruzados con sus largas piernas extendidas, como apoyado contra la banqueta, mirando para abajo.

Me arrimo  y, sin saludar,  me pongo frente al Ferni que ríe, para, vuelve a a reír  y para, con movimientos espasmódicos de sus hombros.  

Manolo lo mira de costado muy serio, acodado en la mesa, la cual abarca toda con sus brazos  y sus manos entrelazadas con un reloj pulsera de plata, en el cual, en ese momento podrían caber todas las horas del mundo juntas.

Boludo, los secuestraron.. - atino a decir.

Ferni empieza a hacer bailar sus hombros con más ritmo aún y a sonreir.

Contále Ferni, dale contale - le dice Manolo

Y Ferni vuelve a reír nerviosamente para luego parar.

Dale, contale - vuelve a inquirir Manolo, esta vez con una palmada fuerte en la espalda del Fer quien acto seguido pronuncia:

- Resulta que estábamos acá para irnos allá pero no pudimos bajar al subir ni entrar al salir.

Manolo se para  y se va de la mesa.

El Ministro emite un chasquido con su boca. 

Beltrán Ruiz comienza a reír despacio, y los hoyuelos de sus pómulos se hunden.

El Flaco Pérez decididamente ríe y, con una mano, se tapa un ojo y la frente, sosteniéndose la cara.

Dale Fer contá - lo interpelo serio. 

Con él nos entendemos muy rápido. Incluso se tranquiliza, se relaja y comienza a relatar:

- Ya tengo todo pensado, tengo una oveja en la habitación, ni bien se distraigan nos escapamos en oveja.

Y ahí Beltrán explota.

Risas, júbilo, al Ministro se le escapa una inevitable sonrisa, Manolo vuelve a la mesa ante la exaltación, Ale ríe a carcajadas ahora si, sin ocultar nada, pegándole a la mesa y Beltrán se para ,se agacha y toca sus muslos, para reincorporarse  y volver a agacharse. 

Llora, llora  de la risa "mal", sus ojos se ponen chinos, le brotan lágrimas que son globos de tiempo detenido, emite sonidos guturales que salen de su alma. Su risa es desbordante, nos abraza a todos y va dando vueltas alrededor de la mesa diciendo "El Ferni anda en oveja, jajajjajajajajsajaja!" "jajajajajajajajajajaj, el Ferni anda en ovejaaaa!"

Nos reímos  el tiempo que no entra en el reloj de Manolo hasta que los silencios se van adueñando de nosotros.

Se con todo lo que me cuesta, que es el momento de irme, mi escape de la realidad ha terminado.

Dejo atrás el patio de los secuestrados, la cocina, y el patio donde Leo toca la guitarra,  para volver a calle Catamarca.

Mientras cierro la pesada y enorme puerta de madera y veo la persiana del supermercado de enfrente baja, acatando las medidas dispuestas por un decreto de necesidad y urgencia, pienso que es una locura que se reúna tanta gente sin distanciamiento y sin barbijo por fuera del horario de circulación permitido.

Realmente me parece un delirio.






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