Estamos apostados frente al paseo ribereño a la espera del eclipse total de sol, resguardado detrás de los alambres y arbustos, dentro del club.
El fenómeno empieza a suceder y realmente es fascinante por demás asombroso e inesperado en su cualidad.
Ni por asomo se compara lo que estamos viendo al lado de la vez que me senté con la reposera por iniciativa de mi abuela en la terraza a la espera del paso del cometa Halley u otros eclipses anteriores, como el anterior a este que me encontró entrando al negocio de zapatillas de Génova y Alberdi mientras el cielo se oscurecía de forma repentina y un brillo nos acaparaba. La recomendación es no mirarlo sin protección, algo que no pude acatar, ya que la curiosidad fue mayor, y escondido entre Flechas, Topper y Pamperos lo espié.
Perdí la vista por un momento y caí convulsionando sobre la alfombra del histórico local. La asistencia de su propietario, Eduardo Colón, fue crucial, quien leyendo un extracto del libro "Sinceramente" que tiene escondido en la caja registradora me hizo recobrar la conciencia.
Pero lo que estamos viendo acá es inusitado ya que el cielo comienza a oscurecerse tornándose grisáceo y unas luces comienzan a dibujarse en él, algo que jamás, nadie ha visto a la fecha.
Vemos dibujado el planeta Saturno, solo podemos ver su contorno lumínico que pasa surcando el horizonte como un satélite veloz.
Se encienden las estrellas que se mueven de un lado a otro. Nuestro asombro comienza a transformarse en encantamiento y pequeñas dosis de pánico el cual decididamente se apodera de nuestras mentes cuando vemos que sobre el río, a la vera de donde nos encontramos, viendo el fenómeno natural, hasta escasos minutos maravillados y entusiasmados, aparecen y quedan estáticas por un momento un conjunto de tres naves espaciales.
Luego de esto comienzan a salir de ellas cables cual tentáculos que se dirigen hacia donde estamos.
Ahora si el pánico y el caos es total y empezamos a correr despavoridos para cualquier lado, sin ningún tipo de sentido, buscando un resguardo. Una voz robótica dirige los tentáculos y dice a quienes debe buscar.
Es cuando me anoticio que soy uno de los elegidos algo que se sin comunicación verbal, es una vibración interna que me hace saber que están en mi búsqueda.
Estoy apoyado a una pared con ambas manos en ella, de espaldas, con las canchas de tenis delante mio, trato de pensar con algo de tranquilidad mi próximo movimiento.
Espío el paseo ribereño y veo un tumulto de gente, luego de ellos noto como están entre varios zapateando a un alienígena.
El pueblo tomo la callé, y camina buscando apoderarse o vengarse con lo primero que aparezca a mano. Lo veo entre remeras de fútbol que se asoman por abajo de los buzos y vino en tetrabrick cortado que pasa de mano en mano.
Maccarone se acerca a mi lado en la misma y comparte mi actitud sigilosa.
Tiene una chomba y chaleco tipo sweater además de lentes de ver, barba cuidada y mirada celeste.
"A mi también me están buscando" - me comenta entre el pavor y los gritos.
No lo creo nada, siempre quiere ser protagonista. Tampoco llego a contestarle ya que veo entrar una columna de gente por el medio de las canchas de tenis que luego comienzan a romper con palos la puerta del buffet que está próxima a nosotros. Lo terminan logrando y entre decenas de brazos comienzan a pasarse botellas de Quilmes.
La voz que sucumbe al vibrar en mi interior dice que solo falto yo por lo que en un rapto de sagacidad corro hacia el vestuario de mujeres ante la clara visibilidad por parte de las naves de mi huida, ocasión en que los tentáculos comienzan a esparcirse entre el polvo de ladrillo, llevándose puesto todo en el camino tras mis pasos sin poder llegar a mis talones ha pesar de estar a milímetros.
Logro antes bajar por el túnel que conecta al vestuario de damas, entre la oscuridad y la escasa claridad lumínica que entra por las ventanas, entre la humedad y las paredes descascaradas, entre el olor a cloro y a edificio viejo.
Logro llegar al cuarto y último subsuelo en la mejor decisión que puedo tomar y allí me encuentro con el silencio y la quietud de desconocidos que tratan de esconderse de la situación.
Los veo sentados sobre un banco de hormigón, la comunicación solo son los semblantes de nuestra preocupación a excepción de una pequeña persona que me mira y sonríe y noto que está iluminada desde adentro.
Es un humanoide que está advirtiendo a las naves que me encuentro allí.
Lo comienzo abrazar apretándolo con toda la fuerza posible, algo que aumenta al sumarse la ayuda de quienes estaban allí junto a mi.
Luego de ello el humanoide explota, desintegrándose, dejando solamente polvo en el aire y es cuando finalmente cedemos en nuestro esfuerzo.
Escucho en mi interior como las naves deciden abortar mi búsqueda y emprenden la retirada, es cuando siento algo de tranquilidad y me dejo caer al suelo, sentando contra la pared.
Las pulsaciones comienzan a desacelerarse de y la sudoración se seca.
Del hueco que está bien arriba y oficia de ventana entra, decididamente, un rayo de luz solar.
Comienzo a buscarlo de forma ascendente por las escaleras.
El miedo se diluyó no así la cautela.
Finalmente llego a ella y puedo ver el paseo ribereño, con su río e islas por detrás.
La calle me devuelve al pueblo movilizado, con palos y con antorchas, rompiendo la reja y atravesando los arbustos, el límite entre la calle y este club.
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