miércoles, 13 de diciembre de 2017
EL CAZA ALCOHÓLICOS
EL CAZA ALCOHÓLICOS
Empezó o terminó con la cerveza, después vino el fernet.
Todo era gracioso y social. Los asados, un bar, una ida a un boliche.
Los diciembres y las vacaciones se fueron haciendo cada vez más intensas, al igual que todo lo festivo. Y todo era una excusa para festejar.
Vino el alcohol de tarde, vinieron las jornadas y vino el vino y vino la bebida más sofisticada. Incluso viajes a la zona de cuyo, a visitar bodegas, recuerdo uno a La Rural en Mendoza de mucho aprendizaje.........que el valle de Uco, que la uva, que el clima, que bla bla... verso. Todo verso.
Después vino El champán, ¿porque un champucito no se le niega a nadie, no?.
Y la burbuja pega y levanta. Y volás. Y sos todo un campeón. Y cuanto más sofisticada menos chance de resaca.
Y si, en el medio de todo eso el laburo, la familia y el deporte hasta que lo que está en el medio es la bebida.
Y vienen las complicaciones con las obligaciones.
Pero lo que que yo creo que detonó todo fue el gin, porque ahí empezó el escabio matutino.
Y ahí si que era todos los días las veinticuatro horas, porque ya no te pega sino que te mantiene.
El cuerpo toma lo necesario, lo demás lo rechaza y se puede vivir en una prolongada borrachera sin que nadie se de cuenta. Porque uno juega internamente a la sobriedad, a ganarse a uno mismo. Y cree que nadie se da cuenta.
Eso no pasó con mi mujer y puede que ello se deba al sexto sentido que dicen tener.
O porque tiene muy desarrollado el olfato.
Lo concreto es que no aguantó más mi ausencia en la cena ni mi derroche de plata.
Todo al revés que mi pequeña hija quien disfrutaba de mis chistes cuando llegaba.
Nos reíamos juntos.
Es que le contaba los mejores cuentos infantiles jamás escritos, nos disfrazábamos y bailábamos. La vida era un festejo, todo era sonrisas, costillas y cosquillas.
Pero mi entonces mujer tenía muy desarrollado el olfato, les recuerdo.
Y descubrió las mentiras de mis desayunos en el bar El Molino de Corrientes y Tucumán. Ma qué café con leche, eso toman los boludos.
Ahi le daba a la grapa, al coñac y, por supuesto a mi gran compañero, el gin. El Gin.
Y se vino el cambiaso de cerradura.
Y me abría cuando ella quería.
Y me olía, por esa cosa del olfato, que les conté.
A veces la nena no se reía tanto, sobre todo cuando yo no encontraba el alcohol que escondía o ni siquiera quedaba el de quemar.
Y toda la sobriedad junta se me vino cuando me pidió el divorcio, la sensación más angustiante que un alma desesperada por miedo a la soledad puede experimentar.
Hasta dudé si era cierto que la bebida era la mejor companía.
Si, juro que hasta lo dudé porque estaba solo y sobrio.
Apelé al manual del manipulador arrepentido. Que va a cambiar. Que te amo. Que la nena. Que nosotros.
Hasta llegar a la violencia verbal para remarcarle todas las faltas que ella no tenía.
Y en la agonía de la relación llega la despesperación, las lágrimas y la amenaza del balcón como último recurso.
Y dormir cuando me hizo creer que no pasaba nada hasta morir al abrir los ojos al otro día con luz. La luz que deja la fragilidad de alma en evidencia y luego te transforma en un desalmado.
Por que ya estaba todo armado. Ella tenía todo decidido y resuelto, sólo era una cuestión de papeles y de bienes que serían de ella y el abogado.
Y de la nena, la vil excusa de la nena para beneficiarse.
Después de eso no hubo ganas para el ocio social.
No hubo más ganas de nada.
Porque uno disfruta la joda, por más patética que sea, aún entre borrachines en el Morocho del Abasto, el bar La Capilla o donde carajo sea siempre y cuando tenga una base. Un lugar donde aterrizar.
Y es romántica esa melanco sensación de un hogar propio que te mantiene nostálgico entre copa y copa creyéndote un buen padre de familia.
Por que no es lo mismo ponerse en pedo sabiendo que uno tiene un lugar donde se cocina y hay sábanas limpias que no saber donde va a caerse muerto.
Y por eso dejé el chupi.
Porque no tenía un seguro, una caución de disfrute.
No se puede escaviar sin creer que uno tiene la vida resuelta, sino automáticamente uno pasa a ser un borracho triste.
Y no hay nada peor que un borracho triste en el Morocho del Abasto entre billares y mesas de nerolite que tiene que volverse en el 9 de Julio blanquiceleste a su casa, apostado contra una columna un domingo a la noche en el Boulevard Rondeau y Ricardo Nuñez.
Y así fue que sobrio y sin laburo me recibió El Chispita.
El Chispita, flamantemente casado con la Vicky, la hermana del medio de las Estévez. Piola. Buena mina. Gente de otra sintonía.
Incluso hasta el día de hoy dudo sino fue ella la de la idea de alojarme e irse a lo de sus padres.
La jugada fue buena porque me asusté.
Y no hay peor cosa que asustar a un sobrio porque se asusta, es algo simple. Un sobrio no se hace amigo de los fantasmas sino que los padece.
Esos días que parecieron años en el viejo departamento de calle Corrientes, frente a la cortada Ricardone fueron decisivos porque conocí al Caza Alcohólicos.
¿Escucharon hablar alguna vez de él?. Yo nunca lo había hecho.
Fue desesperante.
El astuto de Chispita ya me había avisado. Era una amenaza latente. Tenía que tener cuidado con todo lo que hacía porque en ese edificio merodeaba el Caza Alcohólicos. Tuvo la deferencia de alertarme, fue cauto.
Entonces ni se me cruzó por la cabeza concretar la fantasía de bajar al quiosco y traer una petaca de Bols para esconder como alguna vez hice.
Al Caza Alcohólicos lo conocí una mañana de fin de año, esas de mucho calor en las cuales se suele cortar la luz.
El corte me tocó justo cuando bajaba en el descensor, ese descensor de madera de pino, espejos grandes, tablero dorado con botones redondos y rejas que quedó entre dos pisos con la luz de emergencia.
Ahi vi al Caza Alcohólicos quien yacía a mi lado, parado, estático, con sus cavidades orbitarias fijas mirando al frente y apenas moviendo sendos maxilares.
Un esqueleto vestido de frac con una bandeja vacía en una de sus manos, un esqueleto que se doblaba ante mi, inconsistente, envolviéndome en su fantasmagoria para volver a su lugar y apretar sus dientes.
Asi los dos, solos, encerrados en una pesadilla de la que pude salir cuando llegaron los bomberos a mi rescate y me sacaron por el techo dejándolo sólo.
Recuerdo temblar de calor y sudar. Había visto el infierno. Y de ahí abajo me rescataron.
Después de ese suceso ni siquiera volví a pensar en la idea de volver a tomar y me dediqué solamente a ser un tipo con miedo.
Sin fantasmas pero inseguro y con miedo.
Con mucho miedo.
Guillermo Morales
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