martes, 6 de febrero de 2018

UN EQUIPO BARTHIANO


Por El Pájaro Fornasso
Las noches en el club siempre son mágicas, algo tiene ese lugar o algo tengo yo en ese lugar. Las cercanías o las lejanías. Las alegrías y los desamores de la adolescencia quedaron tan atrás que solo los recuerdo cuando paso entre los tres pinos, donde se escondió el niño que yo fui, el que hallaron muerto, para besar, ya ni se a quien.
El otro sabor del vino, la carne, los baños sucios y las quejas de las señoritas que creyeron que Regatas era un club “para gente como uno” y resulta que es para gente como dos, tres o diez.
Luna llena. En un acto de romanticismo aislado, nos asomamos para ver la luna, llena, llenos, y su reflejo en el Paraná. Nunca entendí los clubes que no dan al río. La ciudad no tiene puerto, y se siente muy vacio. Y yo comiendo un asado, sin empanadas, con vino. Midiendo, como orejeado las cartas del truco pienso que, a pesar de la noche, de lo mágico, del club, del río, de la luna (llena), del vino, del asado que sigue brillando, a pesar de la ausencia: tengo que medir. Prefiero disfrutar que medir. Yo también. Pero estoy con el auto, con mi mujer que me mira de refilón cada vez que lleno mi vaso. Las miradas hablan, eso es mágico también. Acordate que vinimos en el auto. Para que mierda pagamos un curso de manejo si desde que volvimos de viaje no manejaste más. No todas son pálidas, mañana me tengo que levantar temprano y también por eso me tengo que medir. Juega Central, otra vez, a las once de la mañana. Tengo que arrancar tipo nueve y media, con lo que me cuesta levantarme temprano. Lo único bueno del horario: que nos ha ido bien. Un mañanero más, un mañanero menos.
Ya llegan los bombos y los redoblantes, acá en el gigante. Con la cara del murguista, cuando baja del camión. Así me levanto, con los nervios del primer partido, cuando me llevó mi padrino y mi viejo, el gigante era gigante en serio, todo me pareció mágico y no recuerdo otro partido en el que haya sido más feliz, no sufrí, no me acuerdo como salió el partido. La inocencia y felicidad de la infancia en su máxima expresión. Todo era mágico, como las noches en el club.
Antes de salir de mi casa paso dos veces por el baño, no lo puedo evitar, igual que antes de un examen, cuando rendía en la facultad. Los nervios se te van al culo, me decía un amigo.
Las calles de azul y amarillo, los autos embanderados, las caras pintadas, embotellamiento, la puta calle recreativa. Parece imposible llegar al estadio. Hicimo la caravana y entramo igual. Mientras viajo en mi auto, por las calles repletas y escasas, voy escuchando solo un tema, “el tema”, el de la cábala. La cábala que funciona, solo a veces. Voy repitiendo una y milveces “Cerca de la revolución”, el pueblo pide sangre. Agradezco cada vez que jugamos en el gigante, ir de Rosario a Buenos Aires, escuchando una sola canción es terrible. Si estas palabras te pudieran dar fe.
Me gusta llegar al estadio sobre la hora de comienzo del partido, por eso, antes paso por el club, Regatas está pegadito, y me tomo un café o una cerveza, según la hora. Me saluda el bufetero y me siento en la mesa de Bonay. Gonza otro cortado. Tomamos el cortado mientras solucionamos los problemas futbolísticos, económicos e institucionales de Central. Nos damos cuenta que faltan apenas diez minutos para que empiece el encuentro. Partimos a la cancha. En el camino le explico que, a pesar de tener, ambos, la platea sobre Cordiviola, no me aguanto estar sentado al lado de ningún conocido. Me pasa hace unos años, lo estoy tratando con mi psicólogo pero no lo puedo evitar, perdoname, no es un desprecio, es lo que hay.
- ¿Vos vas al psicólogo? – preguntó con cierto tono socarrón - Y si no me equivoco te vi en el vestuario cuando te vas a bañar llevas dos potes de champú.
- Si, el otro es crema de enjuague. – Respondí resignado
- Es preocupante tu conducta: psicólogo, crema de enjuague. Parecías un pibe más normal.
No estoy en condiciones de discutir ni de defenderme. Antes de un partido estoy en condiciones de muy pocas cosas. Nos despedimos en las escaleras de la platea. Él se queda en la platea baja y yo sigo mi camino plateas arriba. Ya salió el equipo a la cancha, el estadio es un verdadero infierno. Este infierno está encantador. Banderas en tu corazón, yo quiero verlas, ondeando luzca el sol o no.
El arranque del partido, como pasa generalmente cuando jugamos de local, es prometedor, parece que vamos hacer el segundo gol antes que el primero. Todo buen comienzo huele a rosas en penumbras, como un loco en un jardín. Apretando bien arriba y contagiando a la gente que no para de gritar. Pero sé que esto se va a ir diluyendo poco a poco, hasta terminar empatando o ganando por medio gol, y poniendo un colectivo en el arco, para aguantar el resultado.
Pasados los veinte minutos, entre cántico y cántico, el que alguna vez estuvo en una cancha de futbol entiende que, hasta que el estadio se pone de acuerdo, en una decisión unánime de que tema es el que sigue, se logra un instante casi silencioso, donde solo los expertos en estadios pueden predecir y aprovechar.
En ese ápice de tiempo escucho un grito que me saca de eje - Somos un equipo barthiano. La concha de tu madre Barthes. Hijo de mil putas - Automáticamente me doy vuelta y veo a un tipo de unos setenta años.
Un tanto gordo, barbudo y con una bufanda de central que le da mil vueltas en el cuello. Es canoso y tiene pinta de alemán ex combatiente de la segunda guerra. Está parado, con los ojos a punto de explotar .Después del grito se vuelve a sentar, como un rey se sienta en el trono después de una arenga a su ejército. Se da cuenta que lo estoy mirando y me devuelve una mirada desafiante. Vuelvo la vista a la cancha, pero mi atención queda a unas cinco filas platea arriba.
Avance peligroso: Ferrari la tira larga y pasa. Se junta con Biglieri. Hermosa pared. Otra vez Ferrari que avanza por el carril derecho. Junta a dos rivales. Larga el pase para que Medina desborde. Llega hasta el fondo. Tira el centro. Satanás Páez, con la cabeza, la tira por línea de fondo. Corner para Central. Va Ricky Gómez, acomoda la pelota, corre un cartel de estática y se dispone a tirar el centro.
¡Te das cuenta! ¡te das cuenta! Ricky Gómez deja de desbaratar el fútbol, deja de desbaratar los corner. La concha de tu madre. Levanta la pelotita pendejo ¡Somos muy barthianos!…!somos muy barthianos!
Esta vez no hace falta que me de vuelta para saber que el alemán debe tener la misma cara de sacado que hace un ratito.
Lo que queda del primer tiempo se diluye, pasa sin pena ni gloria. Ni bien el árbitro marca el final, siento otra vez la voz, a esta altura inconfundible – Pizzi ¿quien te arma el equipo? ¿Joyce? Al pelotudo de Sarif lo pusiste de tres, de cinco, de ocho…mandalo al arco también. Forro.
Si no fuera por amor, no sé si me quedaría.
La gente se comienza a parar y yo, despacio, me incorporo mientras me doy vuelta buscando al gritador. Lo diviso. Parece sereno, sentado, pensando. Como un filósofo griego o un guerrero en reposo. Saca un cigarrillo y lo enciende, noto que está disfrutando del cigarrillo, como si se hubiera podido aislar del partido. Yo no fumo pero me muero de ganas de entablar una conversación con él y pienso que la única forma de acercarme va a ser, pidiéndole uno.
Me siento dentro de un cuento de Fontanarrosa. Tengo una extraña sensación de inspiración. Tengo unas ganas de escribir animales. Nunca me pasó, menos en la cancha. Cierro los ojos y trato de tatuarme en la cabeza la cara del alemán. Un personaje así no puede quedar fuera de un cuento, de una novela, de un relato. Me debato con mi timidez. Pienso y no encuentro la forma de sacarle una declaración, a pesar de poder acercarme por un cigarrillo. También pienso que inspirarme en la cancha es un poco al pedo, cuando llegue a casa no voy a recordar nada de todas las cosas que se me están ocurriendo sobre este tipo. Cambiaría, sin dudarlo, mi inspiración por la inspiración de alguno de los once tipos que van a vestir la camiseta de central en el segundo tiempo. Cuanto hace que no se inspira alguien con la camiseta de Central, cuanto…
Vuelvo a estar donde en realidad estoy. Bajo de mi vuelo y aterrizo justo en la platea. No hay sustentación en el vacío. Lo miro al alemán inconcientemente y me encuentro con su mirada: dura, fija, fría. Una leve sonrisa parece dibujarse en su boca, aunque no estoy muy seguro ya que mi vista no se mueve de sus ojos: azul, como el mar azul. Mantengo la mirada firme, desafiante. Definitivamente se sonríe y me llama – Vení flaco, acercate – En un acto reflejo me doy vuelta y miro hacia atrás – ¿qué miras para atrás? A vos te llamo - Siento un sudor que me corre por la espalda. Subo los escalones que me separan del barbudo.
Cuando era un niño, me cuenta mi vieja, que una vez, ella estaba en la cocina lavando la ropa y yo, un gurrumino, entré de imprevisto para contarle que estaba jugando, en la pieza del fondo, con un amigo - ¿qué amigo? El barbudo, le dije. Mi vieja me tomo de la mano y fuimos juntos hacia la pieza, todavía recuerda como le temblaban las piernas mientras recorríamos la distancia que separaba la cocina de la pieza del fondo. Al llegar, pasó lo que tenía que pasar, cuando de un chico de dos años se trata. La pieza estaba vacía y el barbudo era un amigo imaginario. Si bien el recuerdo que tengo del barbudo es muy vago. Bien podía haber sido el alemán.
- ¿Qué pasa flaco que me miras con esa cara cuando grito?-
Le confesé que jamás había escuchado ese tipo de gritos en la cancha.
- Yo siempre me siento acá, flaco, si nunca me escuchaste es: o porque nunca venís a la cancha o porque nunca venís a este sector-
-Yo siempre voy abajo-. Le comenté porqué hoy estaba ahí, mi insólita razón psicoanalizada de no poder sentarme al lado de conocidos. Al parecer no le sorprendió.
- ¿Nunca nadie le preguntó porqué cuando putea nombra a Barthes o a Joyce? – me animé a preguntarle
- Mira, sobre todo a Joyce, me cago la vida ese hijo de puta. Además acá no debe haber muchos que conozcan a esos hijos de puta. Vos sos un pibe para conocerlos ¿Cómo sabes quienes son?
-Hace unos años haciendo un curso digamos.
- ¿Con quién?. – me cortó en seco
- Con Marcelo Scalona.
- Otro hijo de puta anti fútbol, ese petizo hace años que defiende el fútbol de estas momias ¡déjame de joder! En ese curso de mierda, que haces vos, andan pregonando esa puta forma de jugar. Hay que sorprender al espectador, desestructurarlo, desbaratarlo, que ya no se juega más como jugaban los clásicos, los griegos, los románticos…¿qué mierda saben de los clásicos y los griegos? Petiso cagador. Se la tengo jurada. Hay que ser clásico, los clásicos nunca mueran pibe. Este equipo que tenemos te hace pensar, sufrir. Yo apuesto a la efectividad. El fútbol es masivo pibe, no se puede jugar para los críticos, no se puede jugar demostrando a todos los jugadores que viste, a todos los técnicos que estudiaste. Yo quiero un técnico simple, que dé un mensaje concreto. Yo hoy te traigo a un tipo como Sacheri, que sabe llegar al jugador, a la gente. Vos me dirás que está de moda… ¿Es pecado estar de moda, es pecado que te vaya bien, es pecado sacar buenos resultados, ser masivo? Mira, no me hagas hablar. – Cada vez se iba poniendo más colorado, temí que de unos de sus cachetes le explote una vena.
Si bien era un hombre muy sanguíneo, no me quería perder la oportunidad de sacarle todo el jugo, al menos en los quince minutos del entretiempo. Supermercados Manolos, en el corazón de Arroyito, vení a Manolos. La casa del filtro, de Laura Ventura, importantes descuentos con tu carnet de Rosario Central.
Después de un silencio natural, y mientras el alemán le daba las últimas pitadas a su cigarro, le pregunté cómo lo conocía a Scalona.
- Mira, coincidimos en la casa de un amigo, una noche, comenzó la discusión de cómo hay que jugar y este otario se puso a hablar de la figura barthiana. Lo frené en seco…la única figura es: 3-5-3. tres abajo, cinco en el medio que te caguen bien a patadas, y los delanteros, bien clásicos, dos wines y un centro delantero. Como en el metegol. Mil goles por veranos en el metegol con esa figura.
“¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos.”
- Ese día – siguió concentrado y efusivo - nos quedamos discutiendo hasta las seis de la mañana. Ya hinchado las bolas de escuchar hablar a este tipo le digo: ármame el equipo de tus sueños a ver ¿Sabes lo que me tiro? Escucha esta formación porque te morís acá: Pizarnik; Saccomanno, Cucurto, Moya, Alarcón; Perlongher, Saer, Piglia; Moor de enlace; Rejman y Bolaño. De técnico lo puso a Salinger…Salinger…tres partidos jugo en primera ¡tres!…A quien le vendes una entrada para ver jugar a estos tipos…son aburridos, aburridos. El fútbol es un negocio y hay que facturar, no vendes una entrada con tipos así, ni una. No me hagas acordar flaco que la paso mal…anda nomás, anda…que esta por empezar el segundo tiempo. Anda.
Me costó mucho concentrarme en el partido que se estaba jugando. Definitivamente había tenido un encuentro de esos que difícilmente se olvidan, casi imposibles de repetir. No me avivé de preguntarle el nombre ahora que me doy cuenta. Cuando lo salude, al terminar el partido, le pregunto el nombre y listo.
En mi platea, obnubilado, solo volvía a la realidad cuando escuchaba la voz del alemán – Pizzi ¿que miras el banco? ¡Pelotudo! ¿Por qué no lo pones al viejo puto de Fogwill?- No podía evitar sonreírme, estaba disfrutando más del alemán que del partido. La semana que viene jugamos en San Juan, otra final. Lejos, lejos de casa, no tengo nadie que me acompañe a ver la mañana.
El árbitro, por última vez se llevo el silbato a la boca y sopló con ganas dos veces, señalando el medio de la cancha. Inmediatamente me di vueltas buscando al alemán. Entre el gentío reconocí su cabellera blanca en las bocas de salida. Me trate de apurar pero la multitud me impedía avanzar. Resultaba imposible llegar hasta el alemán. El tipo que estaba sentado junto a él, sí seguía en su butaca. Me acerque. Le pregunté si conocía a la persona que estaba sentado junto a él. -“El irlandés” – dijo sonriendo - como no lo voy a conocer si hace treinta años que nos sentamos juntos.
- Estuve charlando con él y no le pregunté el nombre ¿usted no sería tan amable de decirme como se llama?
- Leopoldo Bloom. Está en la guía el teléfono, sino cada vez que juega central de local, lo tenes acá pibe. Terrible personaje, terrible.
Pájaro Fornaso

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