A mediados del dos mil comenzaron las fiestas en la isla, destacándose la llamada "Clubing", la cual fue creciendo en cantidad de asistentes a través de los años.
El Chispita era un joven que acostumbraba ir al río los fines de semana en verano y un día se topó con esta fiesta en la zona de las islas frente a Rosario, precisamente en el lugar conocido como El Embudo.
Fue con sus amigos que ese día navegaban sin norte en una lancha atiborrada de latitas de cerveza.
Y ahí estaba Chispita, riendo y bailando mientras su amigos nadaban alrededor con la alegría de las doce mil latas bebidas desde las doce del mediodía.
Con el placer efímero de hacer algo nuevo.
Sintiéndose por momentos en esas fiestas que aparecen en las películas norteamericanas o en algún comercial de Gancia.
Y anocheció, y nadó a la costa, donde estaba el gentío amontonado. Lo hizo porque en la oscuridad era más fácil colarse, evadiendo el acceso en el pontón en el cual debía comprar una pulsera.
Ya en la arena movió el esqueleto rodeado de cuerpos esculturales al son de la música electrónica.
Mujeres en bikinis diminutas se paseaban como ángeles y sus ojos titilaban de emoción.
La vida es una fiesta.
Hasta cantó la canción de moda a los gritos, levantando sus manos a la noche estrellada.
"I crashed my car into the bridge
I don't care, I love it, I don't care"
Bailaba y sonreía, moviendo su panza que sobresalía del short de fútbol adidas trucho que tenía el número 8.
Era feliz.
Y así contó a quien lo escuchase la semana siguiente sobre la novedad, entre visitas a almacenes como preventista. Habló sobre las minas que había y lo bien que la había pasado en esa fiesta.
Y un día volvió, pero de forma planificada y pagó.
Vió un par de culos. Intentó bailar.
Vió un par de culos. Intentó bailar.
No tenía doce mil latas a cuesta ni estaba en el río desde las doce.
Y todo le pareció una cagada.
G. Morales.
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