martes, 1 de octubre de 2019

ANTESALA DEL PARTIDO

Entramos una hora antes y comenzamos a cruzarnos entre Canallas.
El  Chino Nosky bailaba agitando una sombrilla auriazul.
El Doctor Facundo Osia que debería haber viajado con nosotros lo hizo con unos desconocidos con quienes alquiló una casa. Me mostraba con su celular las fotos de lo que habían cocinado en la previa.
Una cagada al lado de lo que veníamos tirando a la parrilla u horno de barro de la Familia Buhler los últimos diez días  en la finca. Ya teníamos tonada mendocina y todo, hasta hablábamos pausado y decíamos "culiao".
El Odontólogo Didoménica paseaba por el playón previo al ingreso a la popular sur, estaba con todos y con nadie al mismo tiempo.
La gente se reencontraba, se saludaba, se sacaba fotos.
Contaba como fue el viaje, si se quedaba o no, cuando había llegado.
Nos reunimos todos los que estuvimos esos días en la finca más los amigos que nos encontramos y nos sacamos una hermosa foto con el estadio atrás.
Nuestras caras eran de incertidumbre, un poco de cagazo, normal. Previa de una final. Tres perdidas.
Venía la cuarta, las cosas que sólo le pasan a Rosario Central.
Como la Conmebol, como el partido recordado en Cali por citar las buenas también.
En la platea estaba el Pocho Lavezi, el periodista Gerardo Rozín y la maravillosa banda de Felix que vino en avioneta.
Un amigo de él es piloto y se vinieron el mismo día junto al Doctor y músico Guillermo Rodriguez de la banda de punk rock Zona 84.
Ni bien prendieron los motores quisieron tomarse una foto con el avión de fondo y a Félix se le voló una remera de Central que tenía en el hombro que fue a parar a la hélice donde fue triturada. Así empezaron un viaje de locos.

Entramos a la popular y nos apostamos arriba de todo,  debajo del tablero.
En un momento por la cantidad de gente y buscando lugar quedé al lado de un señor muy mayor y un joven.
Estábamos tres generaciones de Canallas desconocidos preparados para presenciar la final contra la barra de contención para no caer de la popular.
El señor había visto todos los títulos de Central en la era profesional, desde el Nacional de 1971 con la palomita recordada de Aldo Poy. Empecé a sospechar si no se trataba de El Cabezón, el hijo del viejo Casale que buscábamos llamando por teléfono la semana anterior desde la finca.
Algo le dije al respecto pero no había mucho espacio para el humor en ese momento. Estábamos muy concentrados.
Por mi parte sólo había estado presente en lo que a títulos respecta  en la Conmebol del 95 y el muchacho que tenía al otro costado no lo había visto coronarse a Central y como dato no había ido a ninguna de las tres finales de copa argentina anteriores en las que caímos.

Frente a nosotros estaba la hinchada de Gimnasia.
A nuestros costados las plateas, con predominio Canalla.

Se apagó la iluminación de las torres y comenzó un juego de luces led en el césped mientras salían los equipos.
Lluvia de papelitos, realmente fue una fiesta. En eso la organización de la Copa Argentina no falla.
Cada hinchada cantando por su equipo, los jugadores de ambos clubes saliendo juntos saludando a la gente, entre ellos, foto de equipo y comienzo del partido.

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