miércoles, 10 de mayo de 2023

CINES DEL CENTRO

 Me quedé en la sala solo, viendo el final de los créditos en la pantalla para no perder ningún detalle de la película hasta que se apagó y la sala quedó en  silencio. Había quedado solo en ella, pero... estaba realmente solo?.

El público, que minutos antes había agotado las localidades y estaba amontonado ahí entre esas sillas que no son del todo confortables, haciendo ruido a papeles que se desenvuelven, a toses y otros  asquerosos sonidos laríngeos, incluso mirando a veces las luces de las pantallas de sus teléfonos, no estaba más.

El mismo público que antes me imaginé que podía estar muerto.

 Me pasa mucho volar con la imaginación mientras miro cine y por esas cosas de la mente en un momento, por la mitad de la película, me los imaginé así. 

Contemplé a  la gente que estaba en la filas de adelante de las cuales solo podía ver el contorno negro y la luz de la pantalla que se proyectaba frente a ellos, a las viejas que tenía a un costado antes del pasillo y al enfermo que se sentó a mi derecha y puso su brazo en el apoyabrazos que se comparte haciendo uso total sin despegarlo ni un segundo en lo que duró la proyección del film. Lo vi cadáver. Yo estaba en medio de todos ellos hasta que la película volvió a llamar mi atención y terminó este pensamiento.

Con la película terminada Zoel corrió al baño y me quedé en mi butaca, ahora si, usando ambos apoyabrazos, revisando actores, locaciones, municipalidades, agradecimientos, guionistas, camarógrafos, maquilladores, seguros, intérpretes, canciones y autores hasta que la música de tensión se apagó y con ella la imagen.

Y ahí quedé, en la sala 4 del Cine del Centro, sólo con un montón de ideas sobre los espacios donde confluyen personas de forma masiva y asidua.

 Eso es energía y la energía es movimiento. 

Y las personas mueren. 

Y la energía se transforma.

Me paré y contemplé la sala en la penumbra, con apenas unas luces de emergencia encendidas.

Habían pasado varios minutos desde el final de la película y la idea de que cierren el cine, olvidándose de mi, me invadió.

Salí al pasillo y me detuve frente a un afiche de una vieja película cuando escuché el sonido de unos pasos crujientes en, lo que me pareció, el techo.

Eso precipitó más aún mi salida.

Al llegar a la boletería donde una empleada comenzaba a cerrar la puerta, me detuve con una inquietud que surgió de forma espontánea. Zoel me esperaba desde afuera, del lado del shopping 

- Disculpá, te hago una consulta: Cuánto hace que trabajas acá?

- Seis meses -respondió un tanto desconcertada ante mi requerimiento.

- Y alguna vez alguien te comentó sobre la existencia de un fantasma, de algo paranormal? -Zoel que miraba la escena se alejó de mi vista.

- Si, hay una señora.

- Posta?, es muy común escuchar historias así de lugares donde pasa mucha gente. Y  qué te contaron?

- Nadie me dijo nada, lo vi yo - y luego agregó- Cuándo proyectamos películas acá por más que haya una sola entrada vendida la pasamos igual, y fue que revisé y había una señora viendo. Mi compañero me vino a decir que iba a cerrar la sala porque no había nadie y ante mi comentario, al haber chequeado antes que él, me hizo volver a mirar y cuando fui me encontré que no había nadie.

- En qué sala fue eso?

- Fue en la sala 2.

Saludé y me reencontré en el pasillo del luminoso shopping vacío y de vidrieras apagadas con Zoel. 

Le dije que ni se imaginaba lo que me acababan de contar . Me arremangué y le mostré la piel erizada.

- No me cuentes nada - me dijo.

Me quedé con la idea rondando mi cabeza hasta que las luces y colores del Mc Donalds me hicieron olvidar lo que pasó.

En la breve cena comentamos la película de Szifron.

miércoles, 29 de marzo de 2023

ME ARDE, ME QUEMA

 Andrés Calamaro canta con un sombrero texano y un tapado de piel detrás de sus característicos lentes negros.

Es el programa de Mirtha Legrand y yo estoy detrás de cámara siguiendo las instancias. 

Canta, sólo, sobre una pista "Diez años después", canción perteneciente a la extinta banda hispano argentina "Los Rodriguez".

La atención sobre él es total, es un momento televisivo que será histórico en el final de este programa.

Es cuando se me ocurre la idea: que siga cantando, si podemos extendernos una hora más, sino importa el programa que viene después, una serie vieja enlatada en blanco y negro. 

Quésiga si nadie se va a quejar, si a nadie le va a importar y estamos en un momento único.

Entre tiracables, camarógrafos, técnicos, productores y asistentes voy sembrando rápidamente la idea hasta que una voz autorizada me dice: armálo afuera.

Salgo al parque del canal donde hay una colina verde y más allá, detrás de las rejas, los fans esperando a su  ídolo.

Empiezo a correr del estudio al exterior y desde el exterior al estudio junto a un malón de asistentes y armamos el backline sobre la colina y luego voy depositando listas, bebidas y sandwichs a los costados. 

Un amigo, Esteban, se ríe y me mira, me controla si es que toco algo del catering. Qué boludos son los pensamientos de control cuando alguien cree ejercerlos y no tiene ningún tipo de autoridad moral. 

Me río de los que se rien y creen que se están riendo de algo. Porque nada de eso sucede, sólo quiero que ocurra e  show y por eso corro contra el tiempo mientras Calamaro prolonga su actuación y la transmisión ya se metió en un horario no correspondiente.

Abrimos las puertas y el público invade el parque, Calamaro sale a la colina con sus músicos, que ahora si aparecen.

Vuelven a sonar los acordes de "Diez años después" , ahora en vivo  y la banda arranca.

Contemplo la actuación desde abajo mientras los temas se van sucediendo uno tras otro. 

Cada vez llega más público.

En un momento la actuación frena por un inconveniente entre el artista y un micrófono. Me busca un productor y del brazo me lleva hasta el escenario y como si me depositara volando aparezco en medio del conflicto técnico, la mirada del músico, la ansiedad del público y los silencios que intimidan.

Calamaro me exige que conecte el plug del micrófono del cual sale fuego. Me quedo dudando frente al equipo de sonido.

Agita el micrófono y el fuego se propaga aún más por el cable. Decido no hacer esa estupidez.

Ante mi actitud pasiva el músico vuelve a agitar la base del micrófono desde la cual se desprende un líquido caliente que pega en mi frente y en el momento me provoca una quemadura por lo cual salgo corriendo hacia el baño en busca de agua.

El ardor es insoportable, no me quiero mirar en el espejo. Tiro agua sobre la herida y me quedo un momento frente a una ventana que me refleja fantasmalmente. La herida se va propagando, me está comiendo la piel, es como si fuera ácido sulfúrico.

Corro en busca de Noel a mostrarle. La encuentro entre el público que murmura ante la ausencia de música, los golpes estúpidos e intermitente del baterista, alguna guitarra espaciada que tira distorsión y los los ruidos de acoples. Noel está ahí, atrás de todo, esperando como el resto del público que el espectáculo se reanude.

Me le acercó y le cuento lo que me acaba de pasar, me dice que no es nada, que es como cuando me sacaron la raíz del diente y después de unos días la encía se me regeneró. No me tranquilizan sus palabras y es por eso que levanto mi flequillo y le muestro la herida.

Veo sus ojos verdes que se abren preocupados, preocupación que logro sentir, no lo puede ocultar ella ante la magnitud del hecho.

Vamos ya a un hospital, le digo. Me toma de la mano y corremos entre el público rumbo a la salida e inevitablemente tenemos que pasar frente a Calamaro que está arriba de la colina.

Dice boludeces frente al micrófono, la está canchereando.

Aprovecho el silencio para descargar toda mi ira: La concha de tu madre Calamaro, andate bien a la puta que te parió, anda a hacerte el canchero a otro lado gil, ya nos vamos a encontrar hijo de mil puta, vamos a ver si te la bancas solo.

A Noel no le gusta esta situación y también me lo hace saber con la mirada pero la urgencia nos apremia y me arranca del lugar con un tirón de la mano.

Calamaro creo que no me escuchó porque siguió balbuceando frases inconexas bajo el sombrero texano, detrás de sus lentes negros.


lunes, 16 de mayo de 2022

EL ECLIPSE TOTAL DE SOL

Estamos apostados frente al paseo ribereño a la espera del eclipse total de sol, resguardado detrás de los alambres y arbustos, dentro del club.

El fenómeno empieza a suceder y realmente es fascinante por demás asombroso e inesperado en su cualidad.

Ni por asomo se compara lo que estamos viendo al lado de la vez que me senté con la reposera por iniciativa de mi abuela en la terraza a la espera del paso del cometa Halley u otros eclipses anteriores, como el anterior a este que me encontró entrando al negocio de zapatillas de Génova y Alberdi mientras el cielo se oscurecía de forma repentina y un brillo nos acaparaba. La recomendación es no mirarlo sin protección, algo que no pude acatar, ya que la curiosidad fue mayor, y escondido entre Flechas, Topper y Pamperos lo espié.

Perdí la vista por un momento y caí convulsionando sobre la alfombra del histórico local. La asistencia de su propietario, Eduardo Colón, fue crucial, quien leyendo un extracto del libro "Sinceramente"  que tiene escondido en la caja registradora me hizo recobrar la conciencia.

Pero lo que estamos viendo acá es inusitado ya que el cielo comienza a oscurecerse tornándose grisáceo y unas luces comienzan a dibujarse en él, algo que jamás, nadie ha visto a la fecha.

Vemos dibujado el planeta Saturno, solo podemos ver su contorno lumínico que pasa surcando el horizonte como un satélite veloz.

Se encienden las estrellas que se mueven de un lado a otro. Nuestro asombro comienza a transformarse en encantamiento y pequeñas dosis de pánico el cual decididamente se apodera de nuestras mentes cuando vemos que sobre el río, a la vera de donde nos encontramos, viendo el fenómeno natural, hasta escasos minutos maravillados y entusiasmados, aparecen y quedan estáticas por un momento un conjunto de tres naves espaciales.

Luego de esto comienzan a salir de ellas cables cual tentáculos que se dirigen hacia donde estamos.

Ahora si el pánico y el caos es total y empezamos a correr despavoridos para cualquier lado, sin  ningún tipo de sentido, buscando un resguardo. Una voz robótica dirige los tentáculos y dice a quienes debe buscar.

Es cuando me anoticio que soy uno de los elegidos algo que se sin comunicación verbal, es una vibración interna que me hace saber que están en mi búsqueda.

Estoy apoyado a una pared con ambas manos en ella, de espaldas, con las canchas de tenis delante mio, trato de pensar con algo de tranquilidad mi próximo movimiento.

Espío el paseo ribereño y veo un tumulto de gente, luego de ellos noto como están entre varios zapateando a un alienígena.

El pueblo tomo la callé, y camina buscando apoderarse o vengarse con lo primero que aparezca a mano. Lo veo entre remeras de fútbol que se asoman por abajo de los buzos y vino en tetrabrick cortado que pasa de mano en mano.

Maccarone se acerca a mi lado en la misma y comparte mi actitud sigilosa.

Tiene una chomba y chaleco tipo sweater además de lentes de ver, barba cuidada y mirada celeste.

"A mi también me están buscando" - me comenta entre el pavor y los gritos.

No lo creo nada, siempre quiere ser protagonista. Tampoco llego a contestarle ya que veo entrar una columna de gente por el medio de las canchas de tenis que luego comienzan a romper con palos la puerta del buffet que está próxima a nosotros. Lo terminan logrando y entre decenas de brazos comienzan a pasarse botellas de Quilmes.

La voz que sucumbe al vibrar en mi interior dice que solo falto yo por lo que en un rapto de sagacidad corro hacia el vestuario de mujeres ante la clara visibilidad por parte de las naves de mi huida, ocasión en que los tentáculos comienzan a esparcirse entre el polvo de ladrillo, llevándose puesto todo en el camino tras mis pasos sin poder llegar a mis talones ha pesar de estar a milímetros.

Logro antes bajar por el túnel que conecta al vestuario de damas, entre la oscuridad y la escasa claridad lumínica que entra por las ventanas, entre la humedad y las paredes descascaradas, entre el olor a cloro y a edificio viejo.

Logro llegar al cuarto y último subsuelo en la mejor decisión que puedo tomar y allí me encuentro con el silencio y la quietud de desconocidos que tratan de esconderse de la situación.

Los veo sentados sobre un banco de hormigón, la comunicación solo son los semblantes de nuestra preocupación a excepción de una pequeña persona que me mira y sonríe y noto que está iluminada desde adentro.

Es un humanoide que está advirtiendo a las naves que me encuentro allí.

Lo comienzo abrazar apretándolo con toda la fuerza posible, algo que aumenta al sumarse la ayuda de quienes estaban allí junto a mi.

Luego de ello el humanoide explota, desintegrándose, dejando solamente polvo en el aire y es cuando finalmente cedemos en nuestro esfuerzo.

Escucho en mi interior como las naves deciden abortar mi búsqueda y emprenden la retirada, es cuando siento algo de tranquilidad y me dejo caer al suelo, sentando contra la pared.

Las pulsaciones comienzan a desacelerarse de y la sudoración se seca.

Del hueco que está bien arriba y oficia de ventana entra, decididamente, un rayo de luz solar.

Comienzo a buscarlo de forma ascendente por las escaleras.

El miedo se diluyó no así la cautela.

Finalmente llego a ella y puedo ver el paseo ribereño, con su río e islas por detrás.

La calle me devuelve al pueblo movilizado, con palos y con antorchas, rompiendo la reja y atravesando los arbustos, el límite entre la calle y este club.

miércoles, 13 de abril de 2022

EL BORRACHO AZUL


El borracho azul está en la barra

A nadie le importa que esté solo y que esté borracho.

Lo llamativo  es que es azul

Bebe solo y reflexiona.

Del otro lado de la barra los empleados hacen sus tareas

Él no habla con nadie, pero todos saben que está ahí. Más por ser azul que por ser borracho.

Fue un muchacho jovial y alegre el que se le acercó y le preguntó: "Hey tú, borracho, ¿sabes que eres azul? a lo cual respondió: "pero porque no te vas a la puta que te parió".

Siguió tomando aquel borracho solitario y azul ante la lejanía en el sentimiento de las personas hacia él.

Y fueron noches, semanas y meses que estuvo parado frente a la barra de aquel viejo bar hasta que una noche llegó un nuevo borracho, fosforescente.

Fue la primera vez que se interesó en algo más que en la carga de su vaso y pensar en su derrotero.


G.M.

jueves, 6 de enero de 2022

EL PRESIDENTE

 - Señor presidente, mire, lo más conveniente va a ser que usted desvíe su camino. 

Tenemos todo organizado para trasladarlo en  limousine y que empiece hoy su descanso en la quinta. Aquí puede ver el plano, este es dibujo del coche y vamos a ir por esta línea de puntos - apuntó  George sobre uno de los mostradores de madera con un papel que sacó de su bolsillo en el cual hizo unos trazos infantiles con una lapicera de tinta azul ante la mirada desorbitada del presidente.

El presidente se quedó pensando, apoyado de espaldas en el mostrador de enfrente y analizaba esa posibilidad. El garabato de auto alargado en el papel con esa línea le transmitía algo de seguridad.

Pero no podía evitar desconfiar como lo fue haciendo cada vez más desde los tiempos de campaña en los cuales todo había sido muy intenso y estresante.

Los viajes, la presión de las corporaciones, las operaciones políticas y las redes sociales. 

Los años en el poder, luego, habían sido desgastantes, casi no había tomado vacaciones a no ser por ese fin de año en Aspen del cual tuvo que regresar antes de lo previsto por la amenaza de misiles rusos que llegarían desde Cuba.

 Había perdido vida, en poco tiempo envejeció y su aspecto estaba desalineado.

- Creo que son estas - dijo Wil tras estar hurgando en una estantería plagada de cajitas de cartón de muchos colores desde una escalera portátil de tres peldaños.

George lo miró desde el mostrador. El presidente, siempre atento a cualquier estímulo estaba alerta. El cortisol corría por sus venas y parecía emanar de sus poros.

Will se acercó a George y, tras sacar un papel de adentro de la pequeña caja que traía del estante, e inclinarse sobre él  para que pueda verlo leyó en voz alta, acomodándose los lentes: "Benzodiazepinas".

El presidente se asustó al sentir que algo se le estaba ocultando y tembló para sus adentros, tomándose el pecho con ambas manos en señal de auto resguardo.

Will y George hablaban susurando detrás del mostrador y lo miraban de frente, como analizándolo. Los ojos de Will parecían agrandarse detrás de sus cuadrados lentes y sus enormes cejas grises.

- ¿Qué está pasando?,-preguntó a ambos-, puedo sentir que algo está pasando y no me lo están diciendo.

- Tranquilícese señor presidente, estoy organizando la retirada - trató de transmitir tranquilidad George.

El presidente pareció recomponerse y caminó haciendo crujir el piso de parquet del viejo recinto y traspasó el mostrador por un costado, frente al ventanal que da a la calle.

- Díganme la verdad , está pasando algo , insistió más calmo.

- Tranquilícese señor presidente, ya nos vamos a ir.

El presidente comenzó a caminar por el interior del local  entre las estanterías plagadas de cajitas y espejos que le devolvían su rostro sumido en la enajenación. Notaba como era analizado por Will quien  a sus exagerados lentes cuadrados le había sumaba una lupa que hacía que su ojo se viese impactante.

Mientras caminaba por el salón a paso firme y con ambas manos cruzadas en su espalda sentía la respiración de Will quien lo perseguía con lupa como un fantasma con su blanco y pulcro delantal.

El presidente farfullaba palabras sobre la posibilidad de establecer una cuarentena y un cerco naval sobre la isla de Cuba. Hablaba sobre una posible guerra nuclear y misiles balísticos.

Comenzó a transpirar y a pegarle a uno de los mostradores.

George se le acercó y le pidió tranquilidad algo que logrón con escuetas palabras: Ya todo fue resuelto en la conferencia de Helsinki.

El mandatario buscó por encima de los hombros de su asesor a Will quien misteriosamente se había esfumado.

Pareció volver en si y, sonriendo cómplice con su interlocutor bromeó: "Los rusos, podríamos bombardearlos en cinco minutos".

Luego se cruzó de brazos volviéndose a apoyar, esta vez, sobre el mostrador de la caja registradora, desde donde inmediatamente George lo retiró.

Volvió a ponerse serio mientras George se dispuso a revisar unos papeles que tenía en un bibliorato. 

Se mantuvieron unos minutos en silencio hasta que una luz roja y azul giratoria invadió la parquedad del local.

A los pocos segundos dos uniformados ingresaron al local y miraron a George quien asintió sin mediar palabras y tomaron de ambos brazos al presidente a quien invitaron a retirarse.

El presidente subió al asiento de atrás del móvil de la policía metropolitana mirando la fachada del local vidriado desde donde divisó, tras la puerta de entrada, la figura de Will quien lo contemplaba una vez más con sus exagerados lentes y su gran lupa.

Ya estaba oscureciendo. George quedó solo en su vieja ferretería de la Old Brompton Road de Londres y comenzó a cerrar el negocio predispuesto a irse al pub




sábado, 4 de diciembre de 2021

MISTERIOS EN LA CASA DE MISTER PARR

 

Antes de comenzar le quiero aclarar a usted, lector o lectora, que los sucesos narrados en este texto son de existencia real, los hechos y  personajes no son ficticios y forman parte de una de las tantas situaciones que me tocó vivir en pandemia.

Por un tema vinculado a una reunión religiosa de la cual no se me permite ahondar en algunos detalles, tras firmar un pacto de confidencialidad, me tocó estar en el atardecer de un domingo otoñal de segunda ola en una mesa  con el ex arquero de fútbol Hugo Orlando Gatti, el abogado mediático Fernando Burlando, ambos sentados enfrente, a mi costado izquierdo el irlandés Alexander Rebiel y, en la cabecera, el ucraniano Patrick Derevianyj.

Ocupábamos solo una parte de la extensa y robusta mesa de madera señorial en el segundo piso de la casona de Mister Parr, hoy devenida en elegante restaurant en el Boulevard Argentino del barrio de Fisherton.

Yo ya había estado dentro de esa casa mucho tiempo atrás y el irlandés Rebiel, también.

La historia en el barrio es por demás conocida, Mister Parr se fue quedando sólo con el correr del tiempo y sus pocos familiares no estaban en el país, repartiéndose por distintos lugares del mundo.

Parr había combatido en la segunda guerra mundial y regresó a la Argentina desde donde había partido porque aquí residían sus padres.

Cuando ellos fallecieron quedó sólo en esa mansión y fue desarrollando una alteración mental, tal vez el síndrome de Diógenes.

Pasaba sus días caminando con un grupo de perros que lo acompañaban a donde iba, él se sentía un perro más.

El irlandés Rebiel  vivía en una de las casas de enfrente y fue varias veces a visitarlo para intercambiar historias o llevarle comida.

Nos contó que el techo goteaba debido al orín de los animales que se acumulaba en el segundo piso, lugar en el que estábamos en ese momento, más precisamente en la habitación donde dormía Parr, según aseveró.

Mi historia dentro de esta casa no tiene mucho de filantropía y se remonta a una tarde de calor de mediados de los noventa, dando vueltas con un grupo caracterizado de Fisherton, adolescentes en ese entonces, que entramos a la casa como una aventura.

Recuerdo la acumulación de objetos, los vidrios rotos, las paredes pintadas con aerosol, el polvillo, la suciedad, y la luz del día que se filtraba dándole un tono de suspenso a la escena.

No llegamos a subir al segundo piso por una escalera de madera que hoy no está más en el actual restaurant ya que la aparición de Mister Parr, El Viejo Par, con sus harapos y su barba blanca gigante nos asustó y huimos como ratas.

Era común que vayan a molestarlo  cuando estaban aburridos los niños y jóvenes de ese momento, tirándole petardos dentro de la casa.  Confieso que lo mío fue solo esa vez, como un tour de bandidos entre colectivos 115 o 116, una especie de intercambio cultural entre barrios porque yo era de otra zona.

No sé porque existían este tipo de entretenimientos, quizás se debía a la inexistencia de internet  o de play station.

 

Del lado de enfrente de la mesa, Hugo Gatti, no emitía sonido y tenía sus dos ojos bien abiertos, con cierto asombro, no sé si  tenía un poco de temor a algo.  A su lado, el Doctor Burlando, se cagaba de risa mientras el ucraniano se acomodaba los lentes atento a nuestra charla.

El momento se vio interrumpido por la llegada de una moza quien empezó a colocar platos en el lugar de cada uno.

Se hizo un silencio. Nadie sabía que era lo que nos habían servido. Hubo cruces de miradas.

No me podía quedar con la duda y consulté, lo cual generó  desconcierto en ella que se retiró y volvió al instante  junto al chef quien dictaminó: "Estimados, lo que van a degustar como entrada es una molleja apanada con mermelada de limón y especias junto a hongos laminados y migas de pan con mantequilla, dip de helado y mentol".

Luego de ello una niña con una aureola refulgente y alas en su espalda pasó por nuestra mesa y nos dejó cruces de tela como souvenir.

Comimos sin intercambiar palabras.

 Noté que a Alex le daba el brillo del atardecer que entraba por la ventana por lo cual me fue imposible no recordar cuando entré a esa casona siendo niño  y se filtraba la luz,  recuerdo que me remitía al misterio, el cual volvió a invadirme en ese instante.

La imagen de Alex bebiendo una bebida roja tras terminar su plato se asemejaba a la del conde Drácula.

Alex se estaba convirtiendo en un vampiro en aquel pandémico atardecer.

Limpió sutilmente con la servilleta bordada en hilos de oro las comisuras de sus labios, apoyó la copa y nos miró a todos.

Gatti estaba acodado en la mesa con ambas manos entrelazadas, el Doctor Burlando se reía y el ucraniano volvía a acomodarse los lentes.

-¿Vieron la historia de esa mujer que volvió de la muerte? -preguntó el Drácula irlandés.

- ¿Será la historia de la canción de Charly García? -pregunté en alusión a Rasguña las piedras, mito que el propio músico desmintió.

No - respondió tajante Alex y comenzó a relatar.

 

"Hace doscientos años atrás era muy común enterrar gente viva, ya que no había los avances que hay hoy en la medicina y fue en Irlanda que una mujer volvió de la muerte.

Resulta que la habían enterrado tras, aparentemente, fallecer por una insuficiencia cardíaca y luego estando familiares y allegados en la casa haciendo el duelo volvió del cementerio, saludó a todos los presentes y se fue a acostar donde, finalmente, falleció.

Fue enterrada por error ya que no estaba clínicamente muerta y unos ladrones, cuando los asistentes al entierro se retiraron del cementerio, desenterraron el cajón con el objetivo de robarle sus pertenencias y, al abrirlo, se encontraron con que la mujer se despertó totalmente en shock.

Gran susto se llevaron y se fueron corriendo con el mismo susto que lo hizo Morales esa tarde en este mismo lugar al encontrarse al viejo Parr."

No entendí si el irlandés quería contarme una moraleja, o sólo pretendía entretenernos un poco tras el rito que estuvimos haciendo horas antes en el templo.

Temí un poco por mi. Anochecía y la ventana que nos enfrentaba nos los hacía saber.

Hugo Gatti seguía serio, Burlando continuaba sonriendo y Patrick Derevianyj concluyó: "esa historia no tiene principio ni fin, puede contarse sin terminar, a la mujer la entierran, se despierta, vuelve, se acuesta, muere y la vuelven a enterrar para volverse a despertar".

Era decididamente de noche. El espíritu de Míster Parr rondaba la mansión junto al de sus perros.

Podíamos percibir en el aire las dos dimensiones, la actual y la pasada.

Los allí presentes podemos ver dos mundos paralelos. La religión nos unió.

No me iba a quedar con la duda tampoco en esta ocasión por lo cual giré mi cabeza a la izquierda, contemplando al Conde Drácula irlandés Alex Rebiel a quienes parecían extendérsele sus colmillos y pregunté:

¿Esa historia es real o la inventaste?

No sé, la saqué de internet - concluyó.

FIN

viernes, 29 de octubre de 2021

MISTERIOS EN LA CASA DE MISTER PAR


 

Antes de comenzar le quiero aclarar a usted, lector o lectora, que los sucesos narrados en este texto son de existencia real, los hechos y  personajes no son ficticios y forman parte de una de las tantas situaciones que me tocó vivir en pandemia.

Por un tema vinculado a una reunión religiosa de la cual no se me permite ahondar en algunos detalles, tras firmar un pacto de confidencialidad, me tocó estar en el atardecer de un domingo otoñal de segunda ola en una mesa  con el ex arquero de fútbol Hugo Orlando Gatti, el abogado mediático Fernando Burlando, ambos sentados frente a mi, a mi costado izquierdo el irlandés Alexander Rebiel y en la cabecera el ucraniano Patrick Derevianyj.

Ocupábamos solo una parte de la extensa y robusta mesa de madera señorial en el segundo piso de la casona de Mister Par, hoy devenida en elegante restaurant en el Boulevard Argentino del barrio de Fisherton.

Yo ya había estado dentro de esa casa mucho tiempo atrás y el irlandés Rebiel, también.

La historia en el barrio es por demás conocida, Mister Par fue quedando sólo con el correr del tiempo y sus pocos familiares no estaban en el país, repartiéndose por distintos lugares del mundo.

Pars había combatido en la segunda guerra mundial y volvió a la Argentina desde donde había partido porque aquí residían sus padres.

Cuando ellos fallecieron quedó sólo en esa mansión y fue desarrollando una alteración mental, tal vez el síndrome de Diógenes.

Pasaba sus días caminando con un grupo de perros que lo acompañaban a donde iba, él se sentía un perro más.

El irlandés  vivía en una de las casas de enfrente y fue varias veces a visitarlo para intercambiar historias o llevarle comida,.

Nos contó que el techo goteaba debido al orín de los animales que se acumulaba en el segundo piso, lugar en el que estábamos en ese momento, más precisamente en la habitación donde dormía Pars, según aseveró.

Mi historia dentro de esta casa no tiene mucho de filantropía y se remonta a una tarde de calor de mediados de los noventa, dando vueltas con un grupo caracterizado de Fisherton, adolescentes en ese entonces, que entramos a la casa como una aventura.

Recuerdo la acumulación de objetos, los vidrios rotos, las paredes pintadas con aerosol, el polvillo, la suciedad, y la luz del día que se filtraba dándole un tono de suspenso a la escena.

No llegamos a subir al segundo piso por una escalera de madera que hoy no está más en el actual restaurant ya que la aparición de Mister Par, El Viejo Par, con sus harapos y su barba blanca gigante nos asustó y huimos como ratas.

Era común que vayan a molestarlo  cuando estaban aburridos los niños y jóvenes de ese momento, tirándole petardos dentro de la casa, confieso que lo mío fue solo esa vez, como un tour de bandidos entre colectivos 115 o 116, una especie de intercambio cultural entre barrios porque yo era de otra zona.

No sé porque existían este tipo de entretenimientos, quizás se debía a la inexistencia de internet.

Del lado de enfrente de la mesa Hugo Gatti no emitía sonido y tenía sus dos ojos bien abiertos, con cierto asombro y no se si un poco de temor a algo. A su lado, el Doctor Burlando se cagaba de risa mientras el ucraniano se acomodaba los lentes atento a nuestra charla.

El momento se vio interrumpido por la llegada de una moza quien empezó a colocar platos en el lugar de cada uno.

Se hizo un silencio. Nadie sabía que era lo que nos habían servido. Hubo cruces de miradas.

No me podía quedar con la duda y consulté lo cual generó  desconcierto en la moza que se retiró y regresó al junto al chef quien dictaminó: "Estimados, lo que van a degustar como entrada es una molleja apanada con mermelada de limón y especias junto a hongos laminados y migas de pan con mantequilla, dip de helado y mentol".

Luego de ello una niña con una aureola refulgente y alas en su espalda pasó por nuestra mesa y nos dejó cruces de tela como souvenir.

Comimos sin intercambiar palabras, noté que a Alex le daba el brillo del atardecer que entraba por la ventana por lo cual me fue imposible no recordar cuando entré a esa casona y se filtraba la luz,  recuerdo que me remitía al misterio el cual volvía a invadirme en ese instante.

La imagen de Alex bebiendo una bebida roja tras terminar su plato se asemejaba a la del conde Drácula.

Alex se estaba convirtiendo en un vampiro en aquel pandémico atardecer.

Limpió sutilmente con la servilleta bordada en hilos de oro las comisuras de sus labios, apoyó la copa y nos miró a todos.

Gatti estaba acodado en la mesa con ambas manos entrelazadas, el Doctor Burlando se reía y el ucraniano volvía a acomodarse los lentes.

-¿Vieron la historia de esa mujer que volvió de la muerte? -preguntó el Drácula irlandés.

- ¿Será la historia de la canción de Charly García? -pregunté en alusión a Rasguña las piedras, mito que el propio músico desmintió.

No - respondió tajante Alex y comenzó a relatar.

"Hace doscientos años atrás era muy común enterrar gente viva, ya que no había los avances que hay hoy en la medicina y fue en Irlanda que una mujer volvió de la muerte.

Resulta que la habían enterrado tras, aparentemente, fallecer por una insuficiencia cardíaca y luego estando familiares y allegados en la casa haciendo el duelo volvió del cementerio, saludó a todos los presentes y se fue a acostar donde, finalmente, falleció.

Fue enterrada por error ya que no estaba clínicamente muerta y unos ladrones cuando los asistentes al entierro se retiraron del cementerio desenterraron el cajón con el objetivo de robarle sus pertenencias y, al abrirlo, se encontraron con que la mujer se despertó totalmente en shock.

Gran susto se llevaron y se fueron corriendo con el mismo susto que lo hizo Morales esa tarde en este mismo lugar al encontrarse al viejo Par."

No entendí si el irlandés quería contarme una moraleja, o sólo pretendía entretenernos un poco tras el rito que estuvimos haciendo horas antes en el templo.

Temí un poco por mi. Anochecía y la ventana que nos enfrentaba nos los hacía saber.

Hugo Gatti seguía serio, Burlando continuaba sonriendo y Patrick Derevianyj concluyó: "esa historia no tiene principio ni fin, puede contarse sin terminar, a la mujer la entierran, se despierta, vuelve, se acuesta, muere y la vuelven a enterrar para volverse a despertar".

Era de noche. El espíritu de Míster Par rondaba la mansión junto al de sus perros.

Podíamos percibir en el aire las dos dimensiones, la actual y la pasada.

Los allí presentes podemos ver dos mundos paralelos. La religión nos unió.

No me iba a quedar con la duda tampoco en esta ocasión por lo cual giré mi cabeza a la izquierda, contemplando al Conde Drácula irlandés Alex Rebiel a quienes parecían extendérsele sus colmillos y pregunté:

¿Esa historia es real o la inventaste?.

No sé, la saqué de internet - concluyó.


Fin