lunes, 2 de agosto de 2021

EL DANI Y EL LELE, SECRETO DE ALMACEN




El Lele  comentó al Dani, desde la vereda de enfrente, gritando al paso, "el almacenero  me dijo que  el próximo partido de La Copa va a ser difícil, pero que Central va a pasar igual".
El Dani lo contempló con una sonrisa mientras El Lele agregó una reflexión instantánea:  "igual mucha bola no le di porque, es un viejo loco que tiene alterado a todos".
El Dani que venía con la cabeza en otra cosa, tranquilo, con sus compras hechas en la dietética Palo Borracho quedó carburando y tuvo una revelación.

¡Lele! - gritó  cruzando apurado por la mitad de  calle Guatemala, antes de perderlo a su interlocutor, oráculo fugaz,  que empezaba a doblar en la esquina para tomar Marcos Paz.

El Lele, obediente, volvió sobre sus pasos haciendo sonar envases dentro de la bolsa de tela de los mandados en el atardecer de Barrio Belgrano, y una vez que ambos amigos quedaron cara a cara y sin barbijo El Dani lo interpeló en tono enigmático: - Escuchame, hay que prestar atención a este tipo de mensajes.  
Lele parecía no entender a lo que hacia referencia, por eso, se extendió en la idea:

- Decime, este señor, por ejemplo,  ¿usa delantal azul?, porque si es asi estamos en presencia de un sabio. Decime, Lele, ¿este almacenero utiliza delantal azul?

- ¡Si!, exclamó entusiasmado. ¡Si, Dani claro que si!! - empezó a brincar feliz,  restregándose las manos sin saber bien el motivo pero presintiendo una señal positiva, sin fundamentos lógicos, como en la antesala de cualquier partido importante en la historia de Central.

- Entonces no es un viejo loco. Si está entrado en años, tiene un almacén que es un negocio en el que hay que ser minucioso con los márgenes de ganancias, hay que ser prolijo y encima un delantal, y encima sobrevivió lo embates de una pandemia, en este caso estamos en presencia de un sabio, Lele.

El Lele estaba hipnotizado ante las palabras de su amigo, ya había pasado la exaltación inicial y se dispuso a escuchar la idea del Dani, una idea esperanzadora, quien continuó:

- Este señor conoce El Secreto, por eso sabe todo lo que ocurre en el barrio, Lele. 
Decime, ¿acaso no ves la función social que cumple este tipo? -El Lele quedó en silencio, desconcertado-  da fiado?,
- Si...-respondió  timorato.
- Entonces, este tipo te maneja economía del barrio, Lele. Este señor se meta en nuestros hogares, sabe nuestras  intimidades, sabe mucho, por un montón de hechos que los tienen como testigos, por ejemplo las señoras van a esos lugares y hablan, de lo que sea, pero hablan, y estos tipos van analizando todo mientras cortan el fiambre, mientras te van preguntando "qué más?" . Por eso, a mi  no me parecería extraño que, incluso, pueda vaticinar el futuro. 
Esos negocios son lugares de mucha información, Lele,  ahí hay mucha energía cruzada. 

El Lele volvió a entusiasmarse, sin la exaltación inicial, esta vez sus ojos parecían agrandarse de tanta esperanza por algo que no entendía bien para donde iba. El Dani continuó con su idea.

- Te agrego algo que tal vez no hayas notado,  vos viste que en esos lugares, de repente  no tienen más esas latas grandes de galletitas Canale ?

- Es verdad... -pensó el El lele contestando-  hace rato desaparecieron esos latones que tenían esos 
vidrios para ver las masitas...

- Justamente porque ahí guardan El Secreto, Lele!,  ahí está todo!, por eso las sacaron de los mostradores!...  te apuesto lo que quieras! Lele... - desafió El Dani el con una mano en la cintura y la otra ofreciendo el trato.

- Te parece?.., - se apichonó su amigo.

- Son personas que saben todo y callan, Lele pero cuando te dicen algo tenés que estar atento, no podés dejarlo pasar.
 Es más, me animo a adivinar que  tiene una letra E y una O en su nombre el almacenero,  mínimo el origen debe ser bíblico

Al Lele pareció irse un poco el entusiasmo ante esta apreciación levantó la bolsa con envases vacíos que había dejado en la vereda para luego decir, un poco más apagado: Se llama Saúl.

- Saúl....- repitió El Dani pensativo tomándose el mentón - Saúl....-volvió a decir- bancá que me fijo algo...

Sacó su teléfono del bolsillo del joggin y  se puso a buscar en Google  la definición de aquel nombre propio en wikipedia, la cual leyó en voz alta:  "Pedido a dios, deseado, el elegido". ¡Mirá!, Lele, ¿lo ves?, ¡es el elegido!...te lo dije!..... estos tipos tienen algo, es un sabio el almacenero ese, es un enigma, es más, seguro no se sabe bien la dirección de su negocio y va cambiando de lugar permanentemente, incluso de época

El Lele sujetaba la bolsa  en uno de sus hombros, colgada hacia atrás, con hastío y decepción y una vez que el Dani concluyó dio media vuelta emprendiendo la retirada a su hogar, dejándolo contemplar su espalda, teléfono en  mano.

Caminó, molesto, con sus botellas vacías tratando de olvidar al Dani y al almacenero, metiéndose de lleno nuevamente en el partido.

Cuando estaba próximo a doblar en la esquina sintió que tenía algo más que necesitaba decir por lo cual gritó: "¡Dani!", algo que esta vez hizo que  sea su amigo quien vuelva sobre sus pasos mientras se marchaba.

-Escuchame, esto es muy sencillo, el almacenero ese es un un viejo de mierda. 
No lo puede ver nadie en el barrio, ni siquiera la esposa, ni los hijos, ni los perros de la calle, nos tiene locos a todos y yo no se porque mierda,..¡pero siempre vuelvo a ese puto lugar!

- Porque es un sabio Lele, vos volvés a ese lugar porque ese hombre es un sabio. Ese almacenero tiene El Secreto - volvió a insistir El Dani mientras, esta vez, definitivamente perdió al Lele cuando dobló en la esquina.

viernes, 25 de junio de 2021

 Me adentro al escenario desde la playa al anochecer, la banda toca la parte final de la canción No me arrepiento de este amor y el riff me envuelve con la base del bajo y los golpes de la batería.

Me apoyo contra unas cajas de sonido con un trago hasta la llegada de Noel

jueves, 3 de junio de 2021

BEER FOOTING

 El beer footing, a diferencia del running, es una actividad que no figura -aún- en los decretos provinciales y nacionales que llegan en formato pdf a grupos de whatsapp.

Con mi amigo Beltrán desandamos el domingo con esta noble disciplina la cual contribuye al bienestar mental y físico.

Caminamos durante más de dos horas por parques, calles y bulevares. 

En un momento nos detenemos y me comenta mientras observa el panorama de la muchedumbre amontonada y desbarbijada "la verdad es que yo ya no entiendo más nada". 

Claro, es lógico, mi amigo es consciente que su negocio gastronómico está desapareciendo como el Titanic mientras los clientes huyen en botes-aplicaciones a sus hogares y el personal toca el violín.

Pero seguimos adelante, remando  como siempre. La actitud no se negocia.

La calle es un océano de bicicletas. Hay mucho rosarine freaky, hay mucho bolude. Lleno, está inundado.

Somos cada vez más pobres sin querer pensarlo y nos entretenemos con un celular mientras nos dividimos con límites que sólo existen en nuestras mentes. 

La pobreza no sólo es económica, también es espiritual.

Llegando al final de nuestro recorrido tras pasar el árbol de los ahorcados y al pie del Big Ben rosarino, una camioneta de Prefectura se sube a la vereda y un runner, que es una verdadera gacela, de tranco olímpico, con la indumentaria digna de un deportista de elite la elude y mientras pasa por nuestro costado, a nosotros, que venimos viendo la escena mientras caminamos de frente nos dice " Ahi los tienen, para eso están estos hijos de puta, para rompernos las bolas a nosotros, no para meterse con los choros".

No llegamos a reaccionar porque la camioneta maniobra marcha atrás y sale a toda velocidad en busca de su objetivo, en busca de ese Che Guevara del deporte.

A nosotros no nos ven, o no les importamos, porque los decretos, aún, no contemplan el beer footing.

lunes, 9 de noviembre de 2020

EL DIA QUE PAPA NOEL ME ROBO LA NAVIDAD

Todavía no puedo creer que esté jugando un clásico.

Las condiciones no son las ideales, es cierto, pero es lo que me toca. 

Todos sabemos que es inhumano jugar para la época de navidad, es realmente una locura.

Son  estas cosas que suceden por querer copiar formatos europeos como el de la Premiere, esa estupidez constante de querer ser como nuestras ascendencias conquistadoras.

Entiendo, por ejemplo, que en Inglaterra están ahí nomás del polo norte, más cerca de Papá Noel, y se justifica todo, el chocolate, la garrapiñada, el turrón, y todos los motivos navideños vinculados a la nieve y, por supuesto, jugar al fútbol.

Juegan para esta época con frío, al cual lo combatís con abrigo y movimiento, mientras que a la visibilidad que es obstaculizada por las condiciones climáticas, la neutralizas con una pelota naranja.

Acá, en Rosario, un 24 de diciembre no se puede practicar ningún deporte y menos de alta competencia, con el condimento que el clásico se empieza a jugar una semana antes y el estadio, como ven  hoy, es una olla a presión. La tensión se siente en el aire y las pulsaciones se aceleran mientras la adrenalina brota en el ambiente.

Este día está ideal para tomar un clericó en la Florida o que te inviten a una casa con pileta en Funes.

Pero a la AFA parecería no importarle, siempre es lo mismo. El jugador queda relegado al último lugar y, a la hora de las decisiones, siempre culmina predominando el negocio donde la televisión manda.

No sólo perjudicás a los jugadores, al público también lo complicás ya que hoy está con la organización de la cena. Que si van de sus suegros, que si van de un primo, que si tienen que buscar a la vieja para llevarla y, peor aún, quienes tienen la resaca del festejo de anoche, en el Cruce Alberdi.

Porque desde mediados de los dosmil empezó la costumbre de festejar donde se fundó El Nuestro, lo sé porque he estado. 

Cortábamos la avenida la tarde del 24, poníamos un sonido y mirábamos espectáculos inolvidables como la actuación de Cacho Corazón con hitazos de la magnitud de la "Negra Canallona" o "El Mensajero de la Muerte", con el mural en homenaje al Negro Fontanarrosa, hecho y restaurado infinidad de veces por El Noke, como escenografìa.

Mientras veo como atacan ellos una y otra vez me viene el recuerdo de Cacho cantando su deseo de ir para Miami a tomar sol para luego terminar insultando al marshall, o la poesía del gran Antonio Spitale, una hermosura de ese notable poeta siempre listo y predispuesto para recitar algo vinculado a Central.

De esos primeros festejos con mi amigo Román, el odontólogo Canalla por excelencia, y toda la gente del programa radial el Puente Canaya con El Chino Nosky y Pedrito a la cabeza pasó un montón de tiempo y la cosa fue creciendo.

Ahora la onda es juntarse la noche del 23 ahí, donde la gente va llegando con heladeritas desde El Caribe  y otros puntos de la ciudad para ver números musicales en un gran escenario y todo cierra con un show de fuegos artificiales, algo muy lejano a los tiempos de tablas sostenidas por cajones de birra.

Por todo esto es que me pregunto, ¿cómo debe estar esa  gente ahora en la tribuna, con el sol que la derrite?, ni me quiero imaginar. Ni quiero pensar en cómo está esa gente que viene desde anoche y que, pase lo que pase, le tiene que poner toda la energía  acá,  haciendo el aguante y luego llegar a la cena de hoy. A la luz de los últimos años, la tendencia es que seguirán festejando, además, este partido ya casi lo tenemos.

El resultado de hoy le condiciona la navidad a un montón de Canallas en todo el mundo, incluso hay países donde nos están viendo mientras cenan y nosotros, los protagonistas, somos responsables de la felicidad o la desdicha en la mesa navideña.

En síntesis, el Gigante es un hervidero entre el cumpleaños del Club, el calor y la navidad.  

De por si nuestros diciembres acostumbran ser intensos y, agregarle el clásico a este día es para sumarle un condimento extra a este manicomio feliz. La gente, ahora, revolea remeras y canta, avizorando la victoria inminente.

Falta poco para que termine, recién entré y la cagada es que no me llega la pelota, soy lo que se define como un espectador de lujo. 

 Miguel me mandó con la idea de aprovechar mi velocidad para la contra, pero no hay contra, ellos van y van buscando el empate.

Es por eso que tengo tanto tiempo para pensar hasta que ahí me viene una pelota llovida,  ¡por fin!. Me llega  desde un lateral.

 Este va a ser mi primer contacto con ella... pero caigo al piso tras recibir un golpe tremendo en la espalda, la reputa madre.

No saben el dolor que siento.

Quedo rodando de un lado a otro en el pasto, retorciéndome. Doy por hecho que es falta pero el juego sigue y nadie de mis compañeros reclama. Mis compañeros vuelven a replegarse para tomar posición defensiva, parece que no le importa a nadie.

Estoy tirado acá, sólo, tras la patada de Osia, el tres grandote de ellos a quien causalmente conozco de toda la vida. No puedo creer que justo venga a ser él quien me ajusticie. 

La bronca que tengo. Este sanguinario ya ha intentado matarme en una despedida de soltero de la cual me tuve que volver con puntos en un brazo. Esta vez me la voy a cobrar, porque yo tengo el dato preciso del cuadro que era él de chico, yo tengo prueba de esas cosas que se rumorean en la ciudad, como el secreto de los cuadros que son hinchas los periodistas deportivos. 

Me podría haber matado, me clavó los tapones en la espalda,  siento dolor en un  pulmón, como si me hubiese clavado un elemento cortopunzante, es desesperante.

Estoy  besando el pasto del cual sale vapor, realmente es agobiante todo, por todos lados veo una marea de gente enardecida en un collage de colores. Es un momento que tal vez no vuelva a repetirse en mi vida y no lo estoy pudiendo disfrutar.

Observo al árbitro gritar algo con vehemencia que no logro a escuchar y veo agitar sus manos abiertas, haciendo la señal inequívoca: "levantate, levantate" y, después, le avisa a todo el que lo quiera ver con el silbato en la boca que la jugada sigue, elevando sus brazos al cielo, como desentendiéndose de lo que está pasando.

Quedé a los pies de Miguel que no se detiene en mi situación  y sale corriendo para seguir la jugada del ataque del rival. A nadie parece importarle que haya sido víctima de una patada cuasi criminal y yazca abandonado implorando ayuda.

Sólo la gente clama por mi, grita e insulta por esta clara injusticia como ocurre habitualmente en este país, al pueblo es al último que se lo escucha. La justicia tiene los ojos vendados y desoye el pedido popular que pide cárcel, que pide sanciones duras y castigos ejemplificadores. 

Osia sale jugando con cara de circunstancia y se la da limpia al cinco de ellos para que pergeñe un nuevo ataque.

No se si el reclamo de estos plateistas enardecidos es en solidaridad hacia mi persona, no se si están haciendo causa en función de mi dolor insultando al referí, pero al menos me siento menos sólo en este momento, aunque el reclamo de la hinchada sea para que expulsen a Osia así quedamos los dos equipos con diez y nos den un tiro libre para robar unos segundos y frenar el ataque en bloque de la visita. 

Por fin el juez se acerca entre silbidos que perforan tímpanos e insultos a su madre y muy lejos de consustanciarse con mi causa, que es la de todo este pueblo me dice "levántese, que no es nada".

Tomo por los extremos mi camiseta con el número 27 la subo por encima del tórax  y le muestro la espalda, para luego sentarme y, desde el piso,  recriminarle por no cobrar nada, exagerando los gestos, algo que exalta aún más a la platea que todavía le recrimina el penal que no nos cobró  en el primer tiempo, un metro adentro del área y dió tiro libre. Este es un verdadero loquito.

-Correte afuera, así te atiende el médico -me dice sin ningún vestigio de expresividad empática.

Me desplazo cuerpo a tierra como si fuese un soldado de la primer guerra mundial y traspongo la línea de cal que se marca en el pantalón azul francia.

Quede abajo de la platea del río, donde están los bancos de suplentes desde la remodelación del estadio y el doctor Diez acude para asistirme.

¡Uy! te la dieron feo -comenta.

-Vuelvo a entrar como sea -respondo tajante.

Miguel se acerca, pregunta cómo estoy y el profesional responde a su oído.

Más allá lo veo parado a Marco, dispuesto a entrar. Se toma con la mano derecha la punta del botín del pie del mismo lado, estirando la pierna hacia atrás, en clara señal de estar preparándose, con cara de póker, como si no me hubiese pasado nada, a mí, al elegido entre un montón de socios que participaron.

Me reincorporo exultante tras recibir el frío del spray en mi espalda y me ubico al lado de él. Lo examino. Es más alto que yo pero no es una bestia como se ve por la tele, los jugadores de hoy son los jockeys del pasado.

-¡Qué garca que sos!, ya me querés sacar el lugar -no puedo evitar hoy ser más frontal que nunca.

- Tranca capo, qué queres , hace un año que no juego - me responde, abrazándome.

- Te entiendo, no es con vos, es que me da una bronca bárbara, no toque una pelota y encima me la dieron feo.

Sin dudar y, en la búsqueda de agotar todas las instancias, olvidando definitivamente cualquier signo  de molestia fìsica, me dirijo a donde está parado Miguel con su impecable saco que tiene el escudo en el bolsillo, a pesar de los 50 grados que hace entre estas cuatro moles de cemento desde las cuales el público, hacinado, empieza a pedir la hora de a poco, aunque no esté cumplido el tiempo. La ausencia del conteo del mismo en el tablero genera una incertidumbre que le da mayor dramatismo a la situación.

- Miguel, yo no salgo, estoy para jugar -le comento como si me conociera de toda la vida.

No me contesta y sigue las acciones del juego con atención.

- Miguel, si entro hago un gol. Estoy seguro que me queda una y hago un gol - le digo en tono firme, estoy realmente convencido.

Parece no escucharme. Hay córner para ellos. 

- Hasta tengo pensado el festejo -agrego y me escucho molesto por lo cual decido callar unos segundos.

Nuestro arquero descuelga la pelota y se queda tirado haciendo tiempo sobre la grama por lo cual insisto: - Me voy a poner en bolas, Miguel, entro hago un gol y me pongo en bolas para festejar.

Es en ese momento que, por primera vez, entre el fulgor auriazul, la locura y el frenesí que vibra en las ondas del barrio de Arroyito sonríe sin mirarme.

 La sonrisa de Miguel en medio del caos y la exacerbación de todos los sentimientos que afloran en la agonía de un clásico navideño para dictaminar: -  Dale, avisale al cuarto árbitro que entrás.

¡Gracias!, - respondo sonriente como un chico que autorizan a hacer lo que más desea y corro para avisarle a Marco que vuelva al banco de suplentes mientras le voy gritando al técnico: "Mirá que me pongo en bolas ¿eh?, ¡mirá que me voy a poner en bolas!"

Miguel continúa sonriendo mientras estudia concentrado las últimas alternativas del juego y se quita el saco para reposarlo en uno de sus hombros.

Yo sé muy bien en este momento que tal vez este sea el único partido de primera división que juegue, tengo plena conciencia que este debut a los 40 años, ingresando a diez minutos del final va a ser la única oportunidad que tenga de estar en un partido de este  tipo. ¿Cuántas veces se puede dar en la vida que gane el concurso por redes sociales compartiendo los flyers de un sponsor oficial de la AFA para poder jugar un clásico oficial?

Ya tengo el antecedente de haber jugado en Barrio Triángulo con jugadores profesionales de ambos clubes en ocasión que, con mi amigo Beltrán, impulsamos un partido bajo el lema "contra la violencia y la boludez humana". Pero no es lo mismo que esto, ahí arreglaron el empate para dejar a todos contentos. Yo lo escuché al Loco Abreu cuando acordó el empate, algo que hizo con un golazo desde la mitad de cancha aquella tarde en el "potrero rebelde". Ahí la toqué pero mis intervenciones fueron muy limitadas porque lo tenía al torpedo Arias que se paraba todo el tiempo en mi posición y, por supuesto, en ese contexto no daba para hacer algo para llamar la atención.

Pero ahora estoy con la expectativa de dejar una huella histórica, festejando un gol sin importar que luego me suspendan de por vida o que vaya preso. Nadie olvidará lo que haga Morales hoy. Nadie. Y seré noticia en todo el mundo si, a fin de año, casi que no hay fútbol y los diarios y tiras deportivas están ávidos de llenar espacios ante la merma de competencias 

Tendré un lugar entre El Turco Espip quien una vez hizo un boquete en el alambrado, salvó de que le conviertan un gol a Central, salió gambeteando y se acercó al árbitro para decirle que nos estaban perjudicando. Cuando no.

O me recordarán como a Claudio Scalise quien dando una vuelta olímpica en el Parque para Boca Juniors, tras la obtención de una liguilla se quitó la camiseta y abajo tenía la de El Nuestro. Qué flor de canallada.

Seré meme, seré video viral, recorreré cientos de miles de grupos de whatsapp en el mundo de gente que ni sabe la existencia de Rosario. Seré  más que el Chinvenguencha porque lo mío no se verá limitado por el lenguaje. Será un gesto universal, coqueteará, inclusive, con ser una intervención artística.

Si logro hacer el gol y desnudarme entraré definitivamente en la historia de Rosario Central.

Me dedicarán cuentos como a Aldo Pedro Poy y hablarán de mí en las historias que se van transmitiendo de generación en generación.

El tiempo pasa y el árbitro ignora mi pedido de reingreso. 

Levanto la mano insistente y el juez corre detrás de la jugada, ignorándome. Mis compañeros parecen hoy no tener tiempo de reclamar. Están con las últimas energías del año, pensando en que termine el partido, en festejar y celebrar con sidra 1888 esta noche en familia.

 La gente se pone decididamante agresiva e insulta rabiosamente aumentando la ebullición de una caldera que está a punto de explotar. Estamos jugando con nueve, dando ventajas.

Ellos son una tromba y va a la carga buscando el empate, tiene a su arquero parado en la mitad de la cancha cuando por fin el árbitro hace señas para que entre, desde el círculo central.

Marco me putea y se vuelve a sentar al banco de suplentes, tras mirar a Miguel y observar que este le hace un gesto para que se tranquilice y se quede, controlando la situación.

En esta fracción  de segundo me quedo  paralizado porque aparece corriendo a toda velocidad, invadiendo el campo de juego, Papá Noel, desde el codo de la popular de Regatas y la platea del río.

Va en dirección al referí, cargando una enorme bolsa. 

Lo secundan una hilera de elfos que emiten un chirrido metálico y corren dando brincos frenéticos.

Nos quedamos todos absortos, nadie llega a reaccionar, ni los jugadores, ni la policía ni el público.

Nadie esperaba esto con el partido, ahora si, pasados los cinco minutos de descuento según le comenta Bezombe, nuestro utilero, al cuarto árbitro en tono sereno pero no menos intimidante. 

Me parece absurdo y autodestructivo que alguien de nuestra hinchada  invada el campo con el objetivo agredir al árbitro con el partido casi finalizado y nosotros ganando. El mundo Central es desconcertante.

Todos nos miramos mientras el juez empieza a correr y nadie sale en su defensa. 

Papá Noel, Santa Claus, el gordo de los regalos sigue al árbitro sin perderle el tranco desde atrás y al estar a escasos centímetros de su objetivo comienza a propinarle bolsazos en la espalda mientras el juez trata de cubrirse con los brazos y los elfos se le cuelgan, tirándole violentamentamete del pelo negro engominado o le muerden las piernas.

Es la postal más navideña que alguna vez voy a recordar.

La policía llega al círculo central donde se está produciendo la trifulca y logran controlar entre varios a Papá Noel, quien hace fuerza con sus brazos para zafarse entre cinco uniformados quienes logran, finalmente, dominarlo para llevarlo detenido mientras la gente canta:  "Ya se acerca noche buena ya se acerca navidad..." 

Los elfos corren alrededor del campo de  juego y, a pesar de los intentos de los efectivos para poder atraparlos, algunos de ellos arrojándole redes, es una tarea muy difícil de lograr dado que son por demás ágiles e inquietos.

 La hinchada los motiva al grito de "¡ole!, ¡ole!, ¡ole!", como si se tratase de un espectáculo de tauromaquia, dejando en ridículo a las fuerzas del orden.

El partido queda inmediatamente suspendido, no hace falta esperar el anuncio del árbitro que es asistido por personal de la salud y abordado por un tumulto de periodistas mientras alrededor pasan corriendo los elfos.

A mi lado pasa el  gordo barbudo vestido de rojo y blanco, sujetado por la policía. Continúa forcejeando y resistiendo, es panzón y muy corpulento.

A pesar que le hacen una toma en la garganta para dificultar su respiración escucho, cuando comienzan a bajar las escaleras rumbo al túnel que vocifera: "¡Tengo que ir a repartir los regalos!", incluso parece decírmelo a mi, volteandose antes de perderse de mi vista, detrás de sus lentes de aumento, como un preso político que ve como el sistema coopta todo intento de proclama o reacción ante el status quo.

"Esto es una injusticia, van a dejar a la humanidad sin regalos", alcanzo a escuchar, por última, vez su pedido desesperado.

Mientras los jugadores visitantes se le van encima al juez y los nuestros festejan la policía mete los últimos Elfos que quedan dando vueltas en una jaula. Algunos logran pasar a la popular local saltando el foso con la ayuda de unos tirantes.

 Yo sigo parado acá, sólo frente a la línea de cal, a un costado del perímetro de juego, con las manos en la cintura.

 Sin saber si estar alegre por mi debut en un clásico por los puntos  y con un dolor tremendo en la espalda del que ahora me acuerdo, con la incertidumbre sobre si nos van a dar los puntos de este partido y, sobre todo, pienso qué habría pasado si volvía a entrar, hacía un gol y me desnudaba en el festejo.

Incluso no sé si hubiese sido más llamativo lo que quería hacer yo de lo que terminó aconteciendo.

Me va a quedar siempre la duda de este día y, si bien me apenan los niños y niñas del mundo que se quedarán sin su regalo,  me parece justo que el gordo pague y vaya preso porque, hoy, es el día que Papá Noel me robó la navidad.




martes, 22 de septiembre de 2020

A MIS AMIGOS, LOS SECUESTRADOS POR MIEMBROS DEL CHAVO DEL OCHO

 


Camino por calle Catamarca y hay tensión de miradas cruzadas sobre barbijos. Las personas circulan con distancia, precaución, miedo y desconfianza. 

La fila para entrar al supermercado tiene un dejo de resignación y de culpa

Somos sospechosos de nosotros mismos en un mar de intolerancia, desinformación, y acusaciones. Quienes hoy juzgan carecen de la conciencia para saber que van a ser juzgados, la historia se encargó siempre de hacerlo, pero no lo pueden ver, por eso siempre viven con un montón de contradicciones y, odiar, es lo que tienen más a mano en un mundo virtual de  libertinaje y anonimato desde el encierro.

Aún existen espacios que resisten y son los pequeños mundos que nos inventamos. 

Ser feliz hoy es un arte y sin exagerar cuesta vida.

Abro la puerta del Hostel para escaparme de la realidad y, al ingresar, me encuentro que en el primer patio está  Leo, sentado solo en su sillón, al fondo, intentando sacar con su Gibson el punteo de Rapsodia Bohemia.

Cuando quiero saludarlo, extendiendo el puño, no soy correspondido. Leo pone su dedo índice izquierdo, cruzando su boca cerrada y me dice susurrando, casi sin emitir sonido: "Shhh, están tus amigos secuestrados en el patio de atrás".

Miro a través del vidrio de la puerta que conecta con la cocina, el cual deja ver otra puerta y detrás de ella, en el otro patio, observo gente de espaldas.

El Hostel de calle Catamarca 1837 es una casa antigua de las denominadas "chorizo" como les conté al principio del libro, se los vuelvo a recordar por las dudas porque ahora estamos adentro de un sueño. Bien. Seguimos.

Cruzo la cocina con la duda. Serán ellos?

Desde que comenzó la pandemia no los vi más, pasaron a ser nombrecitos que escriben cosas en whatsapp. 

Todo lo que pienso afectivamente para decir con gracia, tras la sorpresa que movió la estantería de mi opaca rutina en estos días, en el corto trayecto entre dejar a Leo con su campera de cuero, sus zapatos de gamuza, la lata de Isenbeck y el último Gitanes del mundo, cruzar dos puertas y una cocina, se esfuma cuando llego al otro patio, el patio de la parrilla.

Claro, mi mente escuchó lo que quería escuchar, que estaban allí mis amigos. 

Que estaban reunidos, incluso sumó más información que nadie dijo y no retuvo la palabra "secuestrados".

Y nunca supo quienes eran los secuestradores, algo que me entero en este momento y genera más desconcierto aún.

Es increíble cuántos universos se pueden encontrar en una vieja casa chorizo. También es increíble la finitud de los universos cuando se conectan.

Los secuestradores de mis amigos son miembros de la vecindad del Chavo, de frente en una mesa redonda y alta, sentado en una banqueta, está  Edgar "Señor Barriga" Vivar, con sus anteojos cuadrados,  barba candado, saco negro al igual que su corbata y camisa blanca. Toma, serio, una cucharada de sopa. Su maletín está apoyado junto a sus pies.

A su costado derecho, de espaldas a la parrilla, está Godines, el hermano del Chavo del Ocho, el líder de la banda, con sus piernas hamacándose, vestido alegremente con una gorra, un jardinero rojo y una  camisa amarilla. Mastica un pedazo de pan. La forma más gráfica que encuentro es que en realidad mastica un "cacho e pan".

Frente a él se encuentra la Chilindrina, no hay ninguna duda que es ella, apenas veo un poco el perfil izquierdo, pero las trenzas, los lentes, las pecas y la pollera entre verdes rojos y amarillos en una mesa en la que está Godines y el Señor Barriga, no deja mucho margen a la imaginación. Tiene que ser ella.

La banda de mejicanos come en silencio, concentrados, con la mirada puesta en la nada.

Y en la otra mesa,  la cercana a la pared ornamentada con coloridos carteles con nombre de capitales del mundo que da a las habitaciones están ellos, mis amigos.

El Flaco Pérez de espaldas, Ferni, Manolo, El Ministro y Beltrán Ruiz.

En esa mesa hay un poco de todo, un poco de risa de las suaves, algún síntoma de precaución, algunos silencios y algo de de tensión.

Al Ministro lo noto preocupado, está de brazos cruzados con sus largas piernas extendidas, como apoyado contra la banqueta, mirando para abajo.

Me arrimo  y, sin saludar,  me pongo frente al Ferni que ríe, para, vuelve a a reír  y para, con movimientos espasmódicos de sus hombros.  

Manolo lo mira de costado muy serio, acodado en la mesa, la cual abarca toda con sus brazos  y sus manos entrelazadas con un reloj pulsera de plata, en el cual, en ese momento podrían caber todas las horas del mundo juntas.

Boludo, los secuestraron.. - atino a decir.

Ferni empieza a hacer bailar sus hombros con más ritmo aún y a sonreir.

Contále Ferni, dale contale - le dice Manolo

Y Ferni vuelve a reír nerviosamente para luego parar.

Dale, contale - vuelve a inquirir Manolo, esta vez con una palmada fuerte en la espalda del Fer quien acto seguido pronuncia:

- Resulta que estábamos acá para irnos allá pero no pudimos bajar al subir ni entrar al salir.

Manolo se para  y se va de la mesa.

El Ministro emite un chasquido con su boca. 

Beltrán Ruiz comienza a reír despacio, y los hoyuelos de sus pómulos se hunden.

El Flaco Pérez decididamente ríe y, con una mano, se tapa un ojo y la frente, sosteniéndose la cara.

Dale Fer contá - lo interpelo serio. 

Con él nos entendemos muy rápido. Incluso se tranquiliza, se relaja y comienza a relatar:

- Ya tengo todo pensado, tengo una oveja en la habitación, ni bien se distraigan nos escapamos en oveja.

Y ahí Beltrán explota.

Risas, júbilo, al Ministro se le escapa una inevitable sonrisa, Manolo vuelve a la mesa ante la exaltación, Ale ríe a carcajadas ahora si, sin ocultar nada, pegándole a la mesa y Beltrán se para ,se agacha y toca sus muslos, para reincorporarse  y volver a agacharse. 

Llora, llora  de la risa "mal", sus ojos se ponen chinos, le brotan lágrimas que son globos de tiempo detenido, emite sonidos guturales que salen de su alma. Su risa es desbordante, nos abraza a todos y va dando vueltas alrededor de la mesa diciendo "El Ferni anda en oveja, jajajjajajajajsajaja!" "jajajajajajajajajajaj, el Ferni anda en ovejaaaa!"

Nos reímos  el tiempo que no entra en el reloj de Manolo hasta que los silencios se van adueñando de nosotros.

Se con todo lo que me cuesta, que es el momento de irme, mi escape de la realidad ha terminado.

Dejo atrás el patio de los secuestrados, la cocina, y el patio donde Leo toca la guitarra,  para volver a calle Catamarca.

Mientras cierro la pesada y enorme puerta de madera y veo la persiana del supermercado de enfrente baja, acatando las medidas dispuestas por un decreto de necesidad y urgencia, pienso que es una locura que se reúna tanta gente sin distanciamiento y sin barbijo por fuera del horario de circulación permitido.

Realmente me parece un delirio.






miércoles, 29 de julio de 2020

UN VIAJE




Voy en el colectivo en la parte de atrás y noto una serie de situaciones que alteran mi percepción.
Lo primero que me descoloca es querer buscar una y otra vez el celular en mi bolsillo y no poder dar con él.
Quiero chatear, quiero leer, quiero ver algo más que las caras de aburrimiento de los pasajeros y el paisaje urbano que conozco de memoria.
Quiero escuchar algo más que el rechinar de los frenos y el sonido del timbre.
 Es insoportable e inconcebible viajar en colectivo sin celular porque el viaje se hace más largo y aburrido, con el aliciente de ir incómodamente parado.
Busco una y otra vez el celular, y tengo una sensación de invisibilidad, como si el aparato no es que haya sido olvidado en la mesa de un bar sino que el mismo, aún, no existe.
Vuelco mi mirada sobre el vidrio trasero, por encima de la última fila de asientos, ventana que no debería estar.
Los colectivos casi no vienen más así.
Tengo una mezcla de atemporalidad que choca y estalla como un meteorito adentro de mi psiquis.
Me detengo en observar la calle por ese gran ventanal trasero, por sobre la cabeza de personas serias que tienen la mirada sin enfocar a causa de la ausencia de celulares con internet.
Qué aburridos están, todo se hace muy lento.
Hay un mundo adentro de esos aparatos con un montón de cosas que nos van a vender y no necesitamos, hay mucho para desear que no alcanzaremos y un montón de información que no nos sirve para nada.
No entiendo como toda esa última fila de seres sentados bajo el vidrio de edades y  sexo  distinto, están todos serios y callados sin poder coincidir, al menos, en tener un aparato luminoso para estar mirándolo al mismo tiempo y "hablar" con otras personas que están en otros colectivos de otras ciudades. 
El enorme ventanal del cual me había olvidado me devuelve la calle Entre Ríos que vamos dejando en el camino entre autos viejos que son nuevos con diseños sencillos.
Todo es un poco más sobrio, noto como si hubiese menos sombra de la habitual porque faltan edificios y percibo mayor luminosidad en el cielo celeste, a pesar de la nube de hidrocarburo negra que sale del caño de escape y vamos dejando al avanzar.
Vuelvo a revisar los bolsillos de mi pantalón gris y me topo con una tarjeta magnética de cartón, también gris,  y un par de monedas doradas.
Levanto la vista y veo, apoyado, contra uno de los asientos laterales de la fila de la izquierda al Turco Sabbag que me ve y se ríe.
Se ríe un montón.
El Turco tiene esa cara que tranquilamente podría ser de una película cómica, es como un rostro de goma que se articula, es muy expresivo.
Se ríe y me río.
Tiene el uniforme puesto, el saco de invierno y la corbata azul y roja que deja ver el escote en v del sweater gris.
Y tiene un mochilón gigante de esos que tampoco están más, de esos que te rompen las vértebras y se llenan con un montón de libros, el Aique, el Kapeluz, el Santillana, el de economía, historia y geografía junto al de contabilidad. Pesan toneladas de data que cabe en un celular.

Me le acerco y le pregunto:
- Turco, qué año es?.
- Es 1998, Morales.
Me alejo, serio.

Apoyo la espalda en la baranda de la puerta de atrás donde no está el timbre.
El timbre queda peligrosamente arriba de la puerta, la cual está abierta de par en par.
Empiezo a entender lo que está sucediendo al hilvanar ideas y sensaciones cuando sube una persona con un barbijo y, al lado del chofer, empieza a toser diciendo que es paciente de HIV y que necesita dinero para la medicación.
Lo hace con un montón de palabras del universo farmacológico.
Saca papeles que avalan lo que está diciendo pero que nadie le va a pedir ver.
Tose y habla en un tono severo e intimidante.
Los pasajeros no lo dicen pero tienen miedo, hay un hálito de coacción en el 153 que avanza firme por una calle Entre Ríos con pocos autos.
Una vieja con  angustia abre un monedero y posa sobre la mano del muchacho unas monedas.
El muchacho va asiento por asiento, persona por persona, tosiendo y exigiendo hasta que llega al final y empieza a toser donde estamos parados.
El Turco se pone serio, no le da nada y me mira a mí, como hablándome por ósmosis.
Hago lo mismo porque tengo sólo dos monedas de cincuenta centavos, pero más que nada lo hago por convicción.
No me gustan esas formas, no me gusta el trato y siento que es una extorsión.
Estoy seguro que El Turco está pensando lo mismo.
El muchacho se queda insistiendo en nuestro sector y miramos para otro lado.
Una adolescente abre una mochila que está toda escrita con liquid paper y saca una billetera con abrojo de la cual extrae un billete de un peso.
El muchacho se va a toser y a merodear a la mitad del coche. Hay muchas miradas cruzadas.
Pienso en como se puede llegar a utilizar dentro de 22 años la tos y el coronavirus para asustar.
Me imagino a gente entrando con barbijos a comercios exigiendo dinero.
Decido tocar el timbre invisible naranja que no está, en la baranda a media altura, pero el Turco me mira a los ojos y extendiendo el brazo derecho recto hacia abajo pone su mano en forma vertical, paralela al piso de goma con micro canaletas y susurra: "Esperá".
El paciente que puso a todos impacientes le dice algo al chofer que nos devuelve a nosotros, sus pasajeros, sin saberlo, su sonrisa cómplice en el espejo retrovisor que deja a ambos en evidencia.
Luego de esto, con el coche que aminora su marcha llegando a Pellegrini, empieza a desaparecer de nuestra perspectiva al bajar dos escalones mientras sigue conversando animadamente. Se le fue la tos.
El Turco me dice: "Ahora" y ahí bajamos con la vitalidad de ser dos escolares adolescentes, cargando el peso de la cultura en nuestras mochilas, en ese tan pero tan lindo mediodía rosarino del cual nunca, jamás, me voy a olvidar.
Fue un acto de justicia de esos dos alumnos de secundario de colegio privado bilingue, orgullosos deberían estar en esa institución sobre como la representamos ese día. Si Winston Churchill viviese nos daría una condecoración.
El Turco se sacó la mochila y le aplicó, una, dos y tres mochilazos en la nuca, al muchacho que, desprevenido, contaba lo recaudado.
Ahí volaron por los aires los manuales Santillana, Kapeluz, el Aique con toda la historia de los sumerios y el código de Hammurabi y el de biología con los pasos de la germinación del poroto que siempre terminaba podrido entre algodones.
Le aplicó vehemente  toda la cultura en la cabeza, incluso le alcanzó a decir "para que aprendas hijo de una gran puta" mientras el muchacho caía al piso y las monedas brotaban como agua en cascada de una fuente.
Después de esto El Turco salió corriendo y me quedé estático contemplando la escena.
La gente se acercaba porque no entendía la situación, el barbijo, las monedas los libros y el tipo en el piso.
Me miró y antes de acomodarse me dijo: "Está loco".
No le contesté y especulé con empezar a correr pero no fue necesario, estaba desorientado, era un pobre tipo.
Junté unas monedas que me quedaron cerca del zapato y empecé a caminar por Pellegrini con dirección al Mc Donalds de calle Corrientes, aunque sabía que en el año 1998 aún no había sido inaugurado.
De repente me empecé a reir, a reir sólo, por la calle, por la vida. Sólo como un loco, a carcajadas, de felicidad total, me dio apenas verguenza  lo que pensara el gordo de rulos del Peugeot 505 blanco  reluciente, que me miraba desde el habitáculo del coche con los vidrios bajos, una mano en el volante  y el codo en la ventanilla, con las ruedas delanteras  pisando la senda peatonal despintada.
Pero no pude esconder la risa y seguí mi paso alegre y feliz, y lo más loco es que lo hice sin estar viendo la pantalla de un celular.

Guillermo Morales





viernes, 29 de mayo de 2020

EMOCIÓN



Sueño pero corro.

Es sábado, estoy adentro de la canchita y me muevo para todos lados.

Hay mucha luz porque hay mucho sol.

Me alejo de todos los que somos ahí dando vueltas, entrando en calor, y me voy para un rincón.
Corro hasta la mitad de cancha, después voy pisando la línea del lateral en una especie de toc.
Lo veo al Gaby que se mueve con su chuequera y su rodillera.
Quique también hace lo suyo con movimientos toscos.
Ramiro tira la pelota desde el otro lado de la red, cae, me la adueño y la llevo abajo de la suela de mis zapatillas turquesas y negras, siempre cerca de la línea, con prolijidad.
Me siento débil, siento como si algo en mis piernas se dislocara.
Paso la pelota al centro de la cancha, donde una multiplicidad de colores se amontonan hablando.
Sigo corriendo, y me doy cuenta que ese día no vamos a jugar.
"Es la recomendación", escucho que uno dice y muchos asienten.
Echo un pique, después alargo, hago movimientos circulares con los brazos.
No sé bien porque pero empiezo a llorar mientras corro y trato de disimularlo. Es alegría y tristeza a la vez, lo siento al sentirme vivo en esa escena sabatina tan simple de movimiento, cancha, colores, sonrisas, casi fútbol y sol.
Es verdadera emoción, ahora lo reconozco mientras lo describo.

Hago como que bostezo y me froto rápido un nudillo en un lagrimal, me alejo más, para que nadie me vea, por esa estupidez de "los machos no lloran".
Y después, pienso en lo boludo que fui en no haberme preparado bien quince días, antes que levanten la cuarentena total estricta y obligatoria.