jueves, 5 de septiembre de 2019

EL CHUECO Y LA COLIMBA





El sabe todo y más. Y lo que no  sabe o se le olvidó lo busca rápido en Google.
Sabe perfectamente quien es y fue Carlos.
Lo sabe porque se lo dijeron los profesores de la facultad, lo charló con sus compañeros, lo analizó con amigos en noches de borracheras que resuelven el mundo y porque le contaron.
Todo el universo concluye en que los diez años de Carlos Menem como presidente de Argentina fueron nefastos. Terribles. Una mierda.
Toda la información recolectada a través del tiempo lo lleva a esa conclusión. Una vida hablando al pedo de política en cualquier lado, menos en su casa donde jamás se tocó el tema.
El no sabe ni se imaginó jamás que su familia lo votó porque que nadie votó a Menem.
Las tres veces que se presentó a presidente y sacó más votos que el resto fue una obra divina.
Fue gracias al Corán o a la Biblia, a la fe  musulmana o a la cristiana que adoptó después. Pero no fue por ser el más votado, es imposible que gane alguien que nadie votó.
Es más, nadie sabe como estuvo una década en el poder, asumiendo antes de lo establecido en la constitución cuando Alfonsín le entregó el país en llamas entre saqueos e hiperinflación.
Claro, Alfonsín es el padre de la democracia. Un padrazo, che. Un ejemplo.
Pero Menem no, a Menem nada.
Incluso él es culpable del estallido del año 2001, culpable total porque convengamos que Chupete no tuvo nada que ver. El culpable es él que le entregó la banda presidencial tres años antes.
Nada tiene que ver un señor al que le decían Chupete y hablaba lento y, al menos en lo estrictamente mediático, mostraba pocos signos de lucidez.
Sabe todo El Chueco y sabe más.
Porque estudió y se recibió, porque es Licenciado en Ciencias Políticas.
Porque leía esas fotocopias horrendas que subrayaba con fibrones fluorescentes de colores naranja y amarillo.
Esas que compraba con monedas en la copistería de la Siberia.
Hegel, Marx, Durkheim, Smidt y cientos de miles de muertos que dieron sus recetas tiempo atrás y se las hacen atragantar a los estudiantes que llegan en bicicleta.
Y Menem es una mierda. Hasta es mufa, yeta. Mató al hijo e "hizo volar Río Tercero".
Porque una mañana de los noventas se levantó re loco, en pantuflas y una bata roja al estilo Hugh Hefner y, hablando con un movicom gigantesco de esos que tenias que tener pulso de cirujano para abrirle la antenita, mandó a volar todo. Llamó a Corach y le dijo "volemos Río Tercero a la mierda".
Y así, todo esto y mucho más, es culpa de él.
Si hasta el video con la canción que está en youtube es risible. Porque lo que dice la canción es todo mentira, él no hizo nada. Menem no lo hizo.
Ni siquiera sacó la colimba, no señor. La colimba "se sacó por el soldado Carrasco", no fue él quien la eliminó.

Pero hay un secreto.
Este relato esconde un secreto de El  Chueco, algo  que nunca va a contar.
El todas las mañanas se levanta y mira una foto que tiene en el velador en la que está Carlos en la cual se lo ve sonriente, con el traje con el que recibió a los Rolling Stones, levantando una copa de champán.
El chueco lo ve y sonríe.
Lo mira a Carlitos y sonríe porque, convengamos, uno cuando ve una foto o una entrevista de Il Carlo es inevitable que le transmita un hálito de alegría. Incluso, 20 años después de turbulencias políticas y económicas hay historias de esa época que parecen surrealistas o naif.
Y agradece, el Chueco agradece viendo la foto.
Cada tanto y,  sobre todo cuando es verano, se cuela un viento al amanecer por su ventana del barrio que lleva el nombre del rosarino Lisandro de La Torre. Su casa está ahí, cerca del Parque Leandro Nicéfaro Alem, tan cerca el parque de su casa como sus ideas radichetas, porque todo tiene que ver con todo.
Y en ese viento tan placentero con aroma a río que solo tiene ese excepcional barrio bañado en sol, a veces  suena una cumbia de Gilda, se oye una carcajada del programa Video Match o llega el humo de su primer porro en Brasil, cuando empezaba a viajar por el "uno a uno".
Y a veces se queda pensando si Menem era tan malo y le agradece no haber tenido que ir a la colimba. El no está hecho para correr, para limpiar y para barrer, él está para analizar cómo se debería hacer eso en función de lo que, a su vez, otros tipos pensaron y escribieron en textos extensos y redundantes.
Vuelve a mirar la foto y agradece, incluso lo dice la voz de su conciencia que es la voz del alma.
Pero se le olvida cuando se sube a la bicicleta rumbo al trabajo, se le olvida rápido porque no está bien visto  ni es decoroso hablar bien de Carlos.

miércoles, 7 de agosto de 2019

EL SUEÑO DE JOSÉ




José trabaja junto a su amigo Manuel en el Hostel de Leo.
A ambos los une la misma historia, la de escaparse de un régimen hostil hacia sus compatriotas.
Ambos son venezolanos.
Uno, José, tiene 30 años. El otro, Manuel, un poco más.
Llegaron a Rosario con sueños, esperanzas y una alegría innata.
En el hostel de Leo se sienten bien, tienen cama, comida y agua caliente.
Y tienen un sueldo por trabajar en turnos que van rotando.
Saben hacer un poco de todo y lo que no saben hacer lo miran y  lo aprenden.
Leo es, además del jefe del hostel, un buen carpintero.
Con cualquier madera te hace un mueble entre puchos y cervezas.
Y José lo mira con su tez morena y sus lentes de aumento atento, ayudándolo cuando Leo lo requiere y de a poco se va soltando y toma el serrucho o martilla un clavo.
El Manu se acerca con un mate. Le encanta el mate.
José sonríe mientras encorvado corta un pallet y le comenta a los dos "qué bueno, ahora que estoy aprendiendo esto cuando vuelva a Venezuela me voy a hacer unas cabañas para alquilar".
Y van pasando sus días,  haciendo refacciones en el hostel, encargándose de la limpieza, de hacer las camas, hacer las reservas, recibir  a los huéspedes, atenderlos y cobrarles.
También les gusta mucho cocinar, la cocina del lugar es amplísima y tienen todos los elementos necesarios para el arte culinario.
Con poco dinero se la rebuscan en un almacén y hacen platos venezolanos que comparten con Leo.
Arepas que pueden comerse a toda hora, catalana frita y el pabellón criollo, el que comían "allá" cuando llegaban de una larga noche de juerga.
Cuando Leo se copa les afloja un billete mientras toca la viola y fuma y los dos amigos se van de compras. Infaltable que traigan puchos y latas de cerveza.
Por las noches miran alguna serie de Netflix, José se enganchó con una de Bolivar y al terminarla se puso a ver una de San Martín, dice que no puede creer lo groso que era ese tipo.
A los dos le gusta mucho la historia y leer.
El Manu es "Ingeniero mecánico con mención en mantenimiento" y tuvo varias entrevistas, las cuales  fue sorteando, para ingresar al frigorífico Swift. Estuvo ahí nomás, incluso lo habían designado líder en las pruebas que se hicieron en grupos. Dice que no se le dio porque le faltaba experiencia en ese rubro específico y que, si no mejora  la cosa, para fin de año se va para Barcelona.
En lo que si tuvo experiencia aquí fue en la construcción y en un bar de la isla, frente a La Florida.
Tiene más rodaje en Rosario que su amigo y ya conoce bien la idiosincracia, si hasta estuvo un miéRColes en nuestro caribe, el Canalla.

José vino después, quizá por eso paga derecho de piso y está en el turno noche.
Aunque está bastante tranquilo, sobre todo entre semana, que se tira a dormir en el sofá o se pone en la recepción con la compu, custodiado por el cuadro del señor Burns, quien mira juntando sus manos con un gesto codicioso  sobre la palabra "excelent", su latiguillo.
Sentado allí, lee noticias de su país, se escribe con amigos o con alguna novia que quedó "allá".
Intercambia opiniones, se preocupa, e integra un grupo de Facebook de venezolanos en Rosario.

Hace unos días me contó, muy contento, sobre un sueño que tuvo.
Me dijo que estaba con el Manu y con el Leo en la cocina, tratando de resolver algo del gas, que no se acuerda bien si era un caño o el calefón, la cuestión es que estaban los tres bien concentrados y serios tratando de resolver y que, en un momento dado abrió la puerta del patio de atrás, el que conecta con la escalera donde se va al segundo piso, entrepiso y terraza del inmenso Hostel Point, a las partes donde Leo cada vez va menos y que, en vez de ver en ese patio la parrilla, los tachos, las maderas, los serruchos y las sillas apiladas vio su playa, la playa Zaragoza del Valle Pedro González.
Que tras abrir las viejas puertas de madera recién barnizadas  puso un pie en la arena y de frente tenía el mar caribe.
Que ahí estaban todos sus amigos y estaba su papá, de 96 años. Que se tomaron un cuba libre y se quedaron hablando.
Y también me contó que se levantó con una sonrisa.



lunes, 22 de julio de 2019

JESSE PINKMAN EN EL RIEL




Yo, con mis límites autoimpuestos por el trabajo, se un montón sobre relaciones duales. Se de parejas, de músicos, de amigos y de gente de negocios, entre muchas.
Desde que Beltrán se propuso, junto al Tío Iván, continuar la tradición de este lugar centenario, acá, en el Bar y Bodegón El Riel, en la esquina de la Avenida Rivadavia y Pueyrredón,  en el ex populoso y hoy emblemático barrio de Pichincha, con presente de auge gastronómico e inmobiliario y pasado vinculado al hampa, burdeles y conventillos, es que aprendí mucho.

Las veo enfrente mio, desde el otro lado de la barra, entre cervezas, tragos y sidras que despacho.
Se de vínculos humanos como espectador de privilegio, como confidente y, a veces incluso, como consejero mientras paso el trapo sobre la madera laqueada.

Desde el otro lado desfilan todos los estereotipos, acompañados o solos.
El abogado charlatán como Goodman, el médico inoxidable al inexorable paso del tiempo y a la bebida como Paiva, el futbolista que está de vacaciones como Guzmán, el periodista ávido de vincularse con desconocidos como Gavira, el matón a sueldo con ética, otrora en el tiempo y habitué de aqui como El Paisano Díaz hoy Mike Ehrmantraut o el pelado alcahuete de la DEA, tal el caso de Hank Schrader. A propósito de él, hace un tiempo que no aparece, no sólo por El Riel, sino también por su hogar. Así me lo hizo saber su esposa, quien me vino a preguntar si sabía donde estaba hace unos días. La escuché mientras le preparaba un Bloody Mary intentando suavizar su tristeza que mezclaba crispación en un cocktail desesperado.
Tal vez podría haberla ayudado pero ese no es mi trabajo.

Si tuviese que elegir, entre todos los clientes, uno de mis preferidos es Jesse Pinkman, porque me deja propina en dólares sin escatimar y es el tipo de personas que no vienen en serie.

Sin dudas una de las cosas que más me gusta de la profesión de bartender, es que uno va aprendiendo detalles que hacen el todo y no se enseñan en ningún lado. Incluso a veces dudo si es verdad la afirmación que asevera que la experiencia es intransferible.

Con sólo ver llegar a un parroquiano, yo ya sé, por ejemplo, que es lo que tengo que servirle apenas pone un pie en el bar.

Y con alguno de todos ellos, uno, inevitablemente compatibiliza porque por más que viva muchas experiencias ajenas al mismo tiempo, la misma noche, por sobre y, ante todo, tiene la suya.
Y con Jesse siempre me sentí identificado, y esto fue, creo ahora,  porque siempre hallé algunas concordancias con su historia de vida y, además, por su Moral.

Cómo no sentirme identificado con un tipo al cual su familia lo hizo de lado de joven y tuvo que salir a inventarse.
Cómo no ver la búsqueda de una figura paterna de forma constante a través de este flagelo.
Si las marcas pasajeras de los golpes que a veces trae marcados en su rostro no son nada en comparación a los que tiene grabados eternamente en su alma.
Cómo no entender la búsqueda de familias a lo largo de su existencia en pos de hallar contención.

Y ahí está él, sentado en la barra, contándome un montón de sinceridades mientras le sirvo un vaso más.

A veces me quiere cambiar la música, me pide que ponga Eminen, en la computadora, pero yo le explico que, en Rosario, escuchamos Los Vándalos, Fito Paéz y Bulldog.
Le jode. Y no le gusta.
Le digo que si quiere escuchar ese tipo de música puede ir a uno de esos bares de cerveza artesanal que son todos parecidos, de hecho pusieron un montón en la zona.
En El Riel lo más similar a un rap que ponemos es la canción Tumbas de la Gloria.
No es que lo boludee, es que hay confianza. Pobrecito de aquel que lo haga.
Con Jesse hablamos un montón.
Yo le cuento y el me cuenta.
Hablamos del trabajo.
Una vez me contó que su jefe, un tal  Gus, lo tenía  a maltraer, que con su socio en la cocina Whalt Withman le estaban buscando la vuelta. Finalmente lo resolvieron, pero la felicidad le duró poco.
Es una constante verlo contrariado y por momentos alienado.
Cómo no entenderlo.
Si el Tío cada vez que viene a la mañana a hacer la reposición de mercaderías y recibir a los proveedores siempre tiene algo para decirme, junto a Beltrán, sobre como dejé el bar la noche anterior.
Entiendo a Jesse cuando me comenta que él siente que está para algo más grande.
Si yo podría ser el dueño de este bar si me lo propusiese.
Comprendo que le rompa soberanamente las bolas estar tantas horas adentro de la cocina, si yo veo lo que hacen los pibes acá, atrás mio, y todos los cruces de egos entre comandas, aceite hirviendo y cuchillos afilados al borde de la detonación
Algunos términos técnicos en su dicción acelerada no los entiendo pero reconozco su preocupación en sus gestos que denotan importancia. Los mezcla entre el latiguillo "bitch", que reitera cuando pasa el quinto liso de cerveza Santa Fe.
El me siente un par y habla con soltura sobre fósforo, yodo y gas butano.
Yo le hablo de las empanadas de quinoa, del aperol, la absenta  e incluso de algo tan trivial para mi y desconocido para él como lo es el fernet con coca.
Es que la expresión es todo, y los términos no hacen al meollo del intercambio de nuestras preocupaciones.

La última vez que lo vi lo vino a buscar Whalt. Se paró en la puerta que da a la esquina, y yo me quedé en silencio mientra Jesse hablaba.

Whalt Whitman estuvo parado un rato mirando fijo al interior del bar,  a donde nosotros estábamos. Lógicamente Jesse no podía verlo al estar de espaldas.
Whalt me clavó la mirada que penetraba el vidrio de la puerta de El Riel y el de sus lentes, con un apósito que le cruzaba horizontalmente la nariz, la cabeza rapada, encorvado pero a la vez firme, vestido con jean y camisa a cuadrillé.

Quizá por mi desatención hacia él fue que Jesse giró el cuerpo desde la banqueta y posó la vista en la calle.
Y supo que no debía hablar más y retirarse.
Le cambió el semblante de forma instantánea. Bajó la mirada, dejó de hablar como lo venía haciendo en forma enérgica, sacó dólares en bollos que arrojó en la barra y se fue sin saludar.

Se retiró por la puerta de Pueyrredón y Rivadavia y se quedó  en la esquina  un rato parado, oyéndolo a Whalt hablar como si este estuviese tratando de convencerlo de algo, antes de que se marcharan juntos.

Yo se algunas cosas de Whitman que él no sabe y nunca se las voy a decir, porque yo, acá, atrás de la barra se mucho de relaciones duales, pero también las se separar e inmiscuirme hasta donde me compete.
Al fin de cuentas, esto, no deja de ser sólo un trabajo.







jueves, 13 de junio de 2019

MERMELADAS





Oh amigo Ferni tu que duermes en la vieja casa de las cinco esquinas, en ese sector escondido del barrio Lisandro de la Torre, donde se juntan las calles Pedro Tuella y Reconquista, donde ellas bajan hacia el río con un diverso follaje que asoma desde las veredas que ofician de plateas.
Oh amigo Ferni tu duermes y es madrugada y el viento otoñal sopla y hace bailar las hojas de las acantáceas y sus periantos que quieren irse.
Y sueñas. Pero no sueñas con mundo mejor.
Simplemente sueñas para descansar y reponer energías de tu rutina.
Atrás quedaron lamentos, frustraciones y depresiones.
Todo lo que hay es paz y por eso tu sueño es relajado y natural.
Hasta roncas, tu no lo sabes pero toda tu familia que habita en la planta inferior si.
Y tienes sexo con Susana Gimenez. Es un sexo fugaz y hermoso donde la sensación está a flor de piel.
Es primavera y el aroma dulce del jacarandá invade ese cuadro, incluso pétalos de rosa decoran tu lecho y hacen un camino hacia la puerta de la habitación que en ese momento está en la penumbra, decorada con un póster de Kiss y un retrato de tu abuela Chiné, arriba del televisor cuadrado de 20 pulgadas.
Oh amigo Ferni, sonríes plácidamente y la luz de la  luna que se cuela por la ventana que da al patio interno  te ilumina.
Eres pleno y has acabado. Nadie se puede interponer entre ti y el universo.
El astro magnánime de la noche está contigo.
Pero luego ocurre algo más y la escena vira hacia otro lugar donde debes exhibir destreza y por ende, movimiento.
Y como es todo muy rápido no llegas a cambiarte y vas desnudo.
Acudes a jugar un partido de fútbol con el Flaco Landucci.
Y tu que no sabes de posiciones, de esperar en un sector del campo de juego con las manos en jarra, corres detrás de la pelota. Y el Flaco que es un midfielder con mucha lucha, y también está desnudo, no te deja tocar el balón.
E insistes, una y otra vez insistes.
Y caes, caes al piso.
Pero no al verde césped del field.
Caes sobre tus frascos con mermelada.
Porque acostumbras dormir rodeado de ellos.
Hay de todos los gustos destacándose los que tienen  frutilla, durazno, fresas, guyaba y pomelo.
La mermelada es preparada y envasadas por tu abuela.
Constituyen un verdadero manjar que ella se toma el trabajo de elaborar exclusivamente para ti, que luego las rotulas con su imagen y la frase "Abuelita".
Es que tus dotes como diseñador gráfico no sólo los aplicas a lo estrictamente comercial.
Y en la caída, amigo Ferni, despiertas y sientes un dolor muy profundo en una de tus costillas.
Está quebrada.
Deberás hacer reposo por un tiempo, sentirás como si la misma te tocase un órgano y lamentarás no poder jugar al fútbol ni tener sexo con libertad absoluta.
Paradojas de lo onírico y lo real.
Y ante la consulta sobre qué mierda hacías durmiendo al lado de unos frascos de mermelada contestarás que te encanta lo dulce y dirás que es como que le pregunten a un borracho que es lo que hace durmiendo al lado de un vino envasado en tetrabrick, pero al mismo tiempo reflexionarás y pensarás que es más sano esto último, dado que un cartón hubiese amortiguado la caída.

Fin

martes, 21 de mayo de 2019

CHISPITA VA A LA CLUBING


A mediados del dos mil comenzaron las fiestas en la isla, destacándose la llamada "Clubing", la cual fue creciendo en cantidad de asistentes a través de los años.
El Chispita era un joven que acostumbraba ir al río los fines de semana en verano y un día se topó con esta fiesta en la zona de las islas frente a Rosario, precisamente en el lugar conocido como El Embudo.
Fue con sus amigos que ese día navegaban sin norte en una lancha atiborrada de latitas de cerveza.
Y ahí estaba Chispita, riendo y bailando mientras su amigos nadaban alrededor con la alegría de las doce mil latas bebidas desde las doce del mediodía.
Con el placer efímero de hacer algo nuevo.
Sintiéndose por momentos en esas fiestas que aparecen en las películas norteamericanas o en algún comercial de Gancia.
Y anocheció, y nadó a la costa, donde estaba el gentío amontonado. Lo hizo porque en la oscuridad era más fácil colarse, evadiendo el acceso en el pontón en el cual debía comprar una pulsera.
Ya en la arena movió el esqueleto rodeado de cuerpos esculturales al son de la música electrónica.
Mujeres en bikinis diminutas se paseaban como ángeles y sus ojos titilaban de emoción.
La vida es una fiesta.
Hasta cantó la canción de moda a los gritos, levantando sus manos a la noche estrellada.

"I crashed my car into the bridge

I don't care, I love it, I don't care"

Bailaba y sonreía, moviendo su panza que sobresalía del short de fútbol adidas trucho que tenía el número 8.
Era feliz.
Y así contó a quien lo escuchase la semana siguiente sobre la novedad, entre visitas a almacenes como preventista. Habló sobre las minas que había y lo bien que la había pasado en esa fiesta.
Y  un día volvió, pero de forma planificada y pagó.
Vió un par de culos. Intentó bailar.
No tenía doce mil latas a cuesta ni estaba en el río desde las doce.
Y  todo le pareció una cagada.

G. Morales.

miércoles, 15 de mayo de 2019

UN JEQUE CANALLA

                                                     



Por más que esta gaseosa se empeñe en decirme que inventó la navidad, que se quiera arrogar el simbolismo de la reunión familiar y quiera sustraernos a un mundo mágico en el que un señor gordo bonachón baja por las chimeneas y deja regalos no va a lograr nunca separar lo que siento al ver su etiqueta en el envase.
Me podrán  contar historias fantásticas del polo norte, de gnomos que trabajan en talleres fabricando juguetes, podrán mostrarme, incluso, el gps de como va entregando este buen hombre de pómulos enrojecidos y carcajadas grotescas, los regalos alrededor del mundo en un trineo acarreado por renos voladores pero no señor, conmigo no podrá.
Para mi, esta gaseosa, representa a Rosario Central y una historia mucho más fantástica que todo lo que hasta aquí nos han contado.

Toda comenzó una semana en la cual Germán, por motivos laborales, se encontraba en Qatar.

En ese entonces era el gerente general de Coca Cola en Argentina, Paraguay y Uruguay y, como estaba próximo a disputarse el mundial de fútbol en ese país, viajó para hablar con distintos empresarios.
Hacía muy poco que había sido designado en esa función y, con otros representantes de la empresa en sudamérica, más la participación del Ceo Muthar Kent, conformaron una delegación con la cual estuvieron una semana de reuniones en la cual hubo momentos para el ocio y la distensión.
Desde el primer momento sus ojos se maravillaron con la excentricidad y el lujo del país asiático.
La comitiva fue alojada en el hotel Sheraton Doha donde todo iba más allá de lo que hasta ahí había visto en el mundo. 
Los mozos, vestidos con túnicas, le sirvieron café desde una tetera de oro ni bien llegaron, tras dejar sus pertenencias en la habitación y dirigirse a la recepción.
No podía salir de su asombro, estaba completamente maravillado.
Si bien hacía rato que estaba acostumbrado a las "grandes ligas" allí todo era demasiado, y más.
Y él que, si bien estaba acostumbrado a codearse con personas de poder y dinero, nunca dejó de ser un muchacho de barrio. Y eso le daba un plus a la hora de vincularse o entablar negociaciones, dada su capacidad camaleónica.
Sus comienzos en la empresa fueron desde muy abajo.
Estando en los últimos años del secundario, en la Escuela Pestalozzi, comenzó a trabajar en la recordada "Rosario Refrescos" que era la representación de la Coca Cola en Rosario. Su papá era amigo de Juan Campagna, el presidente, y "le llevó al pibe" para que vaya conociendo el mundo  del trabajo.
Desde chico siempre le gustó esa gaseosa, con toda esa mística familiar y navideña que la envuelve.
El era de la época en que una botella de vidrio de un litro retornable bancaba la cena para toda la familia.
Y se enganchó, luego, cuando comenzó a estudiar economía en el trabajo de esa empresa.
Con apenas 20 años se encargaba de casi todo, logística, facturación, relaciones institucionales y otras yerbas. Era una época donde todo era un poco más artesanal.
Además, y esto es muy importante también en esta historia, Coca Cola desde pibe le permitió entrar a la cancha, ya que Campagna le habilitaba a su papá siempre alguna platea. Incluso cumplió el sueño de ingresar al campo de juego una noche de invierno ante Chaco For Ever.
Aún conserva, orgulloso, la foto junto a David Bisconti y Sergio Protti.
Quería una con Lanari, su otro ídolo junto al diez, pero por esas cosas del destino el arquero devenido en médico ese día no pudo jugar.
Por eso más que orgulloso estuvo el día que quedó efectivo en la empresa. Es que lo remitía a todo, a su familia y a Central.
Le recordaba esos vasos de plástico de colores amarillos, azules y verdes que repartían para el centenario Canalla.
Y su carrera en Coca Cola fue meteórica.
Antes de que cierre Rosario Refrescos e, incluso, antes de recibirse, fue llamado desde la planta de Buenos Aires.
Así fue que finalizó la carrera en la UBA mientras iba ascendiendo en la empresa.
Por supuesto, aún viviendo allí, no se perdía las campañas de Central en el estadio que jugase cada quince días, ya sea La Paternal, Sarandí o el Bajo Flores. Allí estaba él , escapándose un rato de sus obligaciones, que eran muchas.
Jamás perdió la humildad y eso es algo clave para cualquier empresa exitosa que uno se proponga en la vida.
Y así lo sabían sus amigos del barrio de Arroyito y de su escuela, porque cada tanto, por supuesto él volvía.

Y con toda esa historia a cuestas estaba Germán usando un traje Dolce Gabana, rodeado de abundancia y empresarios petroleros, tomando café.
Pero llevando siempre en su piel el tatuaje con el escudo de Central, las Malvinas argentinas y el de Patricio Rey.

El siempre fue consciente que la vida es muy loca y que está bueno dejarse sorprender.
En esa ocasión, tras el ágape de bienvenida, un jeque con quien entablaron diálogo, traductor mediante, lo invitó a él y a otro de sus compañeros al partido por la final de la copa de Arabia Saudita que se disputaría al otro día.

Sin dudarlo aceptó la invitación.
Fue recibido en un palco del  Estadio Internacional Jalifa, donde hace las veces de local el All Duhaii y lo esperaban con una mesa en la que había carne asada, makbus, tabbouleh, humus y el infaltable mezze.
Vieron el partido con entusiasmo y exaltación, bebiendo Dom Perignom luminoso. El equipo All Duhaii se floreó y salió campeón.
Todo era algarabía.
Esa noche continuaron los festejos en la mansión del jeque, a donde no pude negarse asistir y, entre charlas y emociones exaltadas no pudo evitar contarle sobre la existencia de Rosario Central.
Y así fue que toda la noche le contó sobre el equipo de Arroyito.
Que su estadio está al lado del Paraná, el cual es un río mucho más groso  que el Nilo para la historia de la humanidad, que tiene un montón de predios y hasta un restaurant, le habló de la paloma del Aldo, del partido que le ganó en Italia al Nápoles de Maradona, le contó detalladamente sobre la hazaña de la Conmebol y, también del milagro de Cali. Incluso le dijo que El Che Guevara, que odiaba a los yankees, era Canalla, como para entrar en la onda pro-arábiga. Inclusive le dijo que un turco, de apellido Espip, una vez hizo un boquete en el alambrado y evitó que a Central le hicieran un gol entrando desde la tribuna, y que salió jugando y todo.
En resumen, le transmitió todas esas cosas que decimos los canallas cuando nos entusiasmamos, toda nuestra locura.
Y el árabe que es fana del fútbol, se empezó a contagiar con el entusiasmo y a escucharlo con atención entre el humo del narguile y las burbujas del champán.


Al día siguiente, en el cual no había actividades durante la mañana, Germán se levantó porque un llamado a su habitación solicitaba que bajase.
El jeque quería invertir dinero en ese maravilloso Club del cual le había contado nuestro amigo la noche anterior.
Germán recordó en flashes todo el día anterior de forma instantánea.
Creyó haber escuchado mal lo que el traductor le decía.
Pero no había ninguna duda. El Jeque, el empresario petrolero, ese fanático el fútbol que usaba túnica y turbante, lo estaba despertando y con una sonrisa de oreja a oreja le decía a él, que lo observaba con cara de dormido y dolor de cabeza, producto de una jornada épica, que quería invertir en el club de Arroyito. Le decía todo esto a él que sólo estaba allí con la intención de negociar contratos de Coca Cola.
Pero no había dudas, el jeque, incluso se antepuso al traductor y con un inglés poco fluido dijo algo así como "I want to know more about that crazy thing that you call Rosario Central"

Entre la confusión y la sorpresa, Germán, pidió un café de los que sirven con tetera de oro y, tras colocar las dos palmas de sus manos, tapándose la cara y subir y bajarlas repetidamente e inhalar y exhalar una gran bocanada de aire le dijo : "Yo te voy a hacer el contacto".

Y ahí empezó su preocupación.
La semana estaba plagada de reuniones, había mucho por cerrar. Publicidad en los países de sudamérica por el mundial, viajes, estáticas, entre miles de situaciones que tenían a Coca Cola como su principal responsabilidad.

Pero así y todo el jeque casi que lo acosaba, con miradas en medio de las reuniones, con mensajes al celular. Estaba totalmente obsesionado.
Incluso en una conferencia en la cual estaban sentados en mesas acomodadas como un cuadrado, desde enfrente le hizo el característico saludo de los cuatro dedos, algo bien identificado con el folclore canalla, por el partido en el cual los dirigidos, en ese entonces, por Miguel Angel Russo le hicieron cuatro goles al rival de toda la vida que decidió irse antes que finalizara.

Todo era una locura, claro, es que el jeque tenía todo estudiado por internet. Y cada vez sabía más.
Finalmente, el último día en Dubai, le pasó el celular del presidente de Central con quien Germán venía chateando por whatsapp comentándole sobre esta posibilidad.
Antes de saludarlo le aclaró que él no se hacía responsable ni quería participar de nada referido a la negociación que entablase. Que el sólo estaba allí por su empresa.

El jeque lo entendió y tras realizar ambos una reverencia se despidieron pero, mientras caminaba Germán apurado para tomar su vuelo hizo una pausa, dio media vuelta y chistó al jeque, quien miró sorprendido y sonriente mientras unos chinos le mostraban unas víboras fluorescentes que sacaban de un maletín.
Germán volvió a remarcar, mirando al traductor, algo que le había dicho la noche del festejo del campeonato del All Duhaii "mirá que es una locura".
Lo dijo serio, señalándolo con su dedo índice derecho.
El jeque volvió a sonreír.

Al año de este suceso, allá por mediados del 2020 la noticia rompió todo.
Central , una vez más, era el primer club en lograr algo.
Así como fue uno de los primeros clubes en fundarse en el país, el primer campeón argentino e internacional del interior entre tantísimas hazañas, en este caso, iba a ser el primer equipo de Argentina que sería manejado por un jeque árabe, el Jeque Canalla, como lo llamarían los titulares de todos los medios.

Rosario fue una revolución.
 La gente andaba con túnicas azules y amarillas por la Peatonal Córdoba.
El Chino Nosky fumaba un narguille en el Castillo de Grayskul, la casona señoral de alto ubicada en la esquina de Catamarca y  Dorrego. Aunque ahora que lo pienso, El Chino, siempre hizo eso del narguile, con jeque o sin jeque.
Y para la dirigencia la oferta fue imposible de rechazar al igual que cada vez que llegaba una oferta por un pibe que pintaba o ya era crack y los medios repetían "Central recibió una oferta que no puede rechazar" mientras los hinchas hacían lo propio, como si no se pudieran rechazar ofertas en el mundo.


Pero esta vez era en serio.
El club estaba sumido en una de sus tantas crisis, las inferiores no sacaban a ninguna joya, y el pasivo se agigantaba cada vez más con el clásico déficit mensual.
Esta vez, la oferta no se podía rechazar en serio.

El árabe pidió algunas condiciones básicas antes de poner la tarasca.
En primer lugar mandar a la mierda el estatuto. Y en eso hubo consenso. Estábamos entregados.
Hubo alguna puteada del usuario El Pipaul de La People en twitter pero quedó ahí.

La gente más que nada estaba entusiasmada con la idea del equipo competitivo.
El Jeque agarró el club a final de temporada, Central había terminado en mitad de tabla y no clasificó a ninguna copa.
Equipos como Mandiyú de Corrientes jugarían la sudamericana.
Mandiyú por decreto presidencial volvió a primera en un homenaje del gobierno nacional al pueblo guaraní, al que tantas penurias le causamos en la guerra de la tripe alianza.

Pero si bien lo del estatuto fue polémico el bardo se desató cuando el Jeque se llevó puestas a la mierda todas las secretarías que no tenían que ver con el fútbol y el foco se hizo en el hecho de que borró, de un plumazo, actividades sociales, derechos humanos y la secretaría de la mujer.
Ahí si empezó el quilombo.
Las redes sociales desataron toda su furia y los medios nacionales e internacionales se hicieron eco.
Pasó a ser un tema de occidente versus oriente, casi.
El diario La Capital sacaba todos los días algo distinto en la tapa, desgastando su imagen.
El Jeque, que se había instalado en la ciudad deportiva donde planeaba un palacio estaba totalmente en la suya.
Aceptó la visita del diario para hacer una nota de esas largas, que salen en la sección deportiva ,pero no dejó hablar al periodista.
Ante las preguntas inquisitorias del Polaco Elbio Evangeliste, El Jeque sonreía y contaba sus proyectos.
Un hotel flotante en el Caribe Canalla, camellos en la playa de Granadero Baigorria, mega ultra archi palcos vips y, por supuesto, las figuras más importantes del fútbol mundial.
Quería traer a Messi.
El Polaco intentó agregar algo pero no hubo caso, El Jeque estaba convencido que sólo por el hecho de ser rosarino, vendría a Central.
Y ahí comenzaron los memes de los leprosos, las cargadas.
El Jeque, nuestro presidente o dueño, tenía incontinencia verbal y no sabía donde estaba.

Ya casi no se veían túnicas auriazules por la calle y estaba totalmente cuestionado.
La gente había perdido la confianza y la esperanza en él.
Para colmo los tan mentados refuerzos no llegaban.
El técnico, que también era árabe, decía que se arreglaba con lo que tenía. El promedio comenzaba a mirarse de reojo.
La pretemporada se hizo en El Cairo y, allí, promediando la misma, comenzaron a caer los nuevos jugadores que iban siendo presentados oportunamente en conferencia de prensa con las Pirámides de fondo.
El primero en llegar fue el Pocho Lavezzi y su solo nombre transmitió en la gente alegría y confianza.
Al Jeque una vez más se comenzaba a mirarlo con cariño.
Y ni hablar cuando Di María puso un mensaje con aire de suspenso en su cuenta de Instagram. Una foto suya con un un turbante en la cabeza.
Era la charla obligada de café, del bar, el pulso de la ciudad se aceleraba.
La muchachada del bar Mediterráneo de Alberdi estaba como loca. "Que de la mano del Loco Jeque todos la vuelta vamos a dar!" , cantaba el Loco de los Tarros.

Era imposible no ilusionarse, había apuestas sobre quien seria el próximo.
Y los de Newells.... nada, calladitos. No decían nada. Pero siempre esperando, atentos, porque en Central siempre, pasa algo más.

Con decirte que ya no se festejó tanto cuando presentaron a Javier Mascherano.
 Es que el hincha lo asociaba mucho con un jugador retirado, "que está de vuelta", "que viene a robar", decían.

Lo concreto es que los canales de Buenos Aires que sólo te hablan de los clubes de allá, ocupaban horas sobre el equipo que estaba armando  Central.
Y el hincha siempre pide, "falta un nueve", decían, " falta un nueve."
Y el nueve llegó.
Y llegó por recomendación de Sebastián Abreu,quien fue designado manager deportivo
El centro delantero que arribó cuando la delegación ya estaba en el último tramo de la pretemporada fue nada más y nada menos que Luis Suarez, el uruguayo.

Y nadie lo podía creer.
Ahí si hizo El Jeque la plancha. Terminó su palacio, el hotel  de siete estrellas en Arroyo Seco, eliminó la ordenanza de la municipalidad que prohibía animales en cautiverio, con la ayuda del concejal  Aldo Pedro Poy,  y llenó el club de camellos y aves exóticas.

Todo era una locura. Como es el mundo Central.

El primer partido jugamos contra Argentinos Juniors de local.
Empatamos cero a cero y, como al técnico no se le entendía nada y no teníamos traductores, en su lugar habló Abreu a la prensa y dijo que "el equipo recién se estaba conociendo".
La otra fecha fuimos contra Vélez y perdimos uno a cero.
No jugó mal Central, incluso tuvo llegadas muy claras. Suárez tiró un tiro en el palo y la mala noticia fue que Di María salió lesionado en el segundo tiempo.

El tercer partido de local la gente fue optimista pero sin euforia, a sabiendas que Central estaba para más pero no pudimos quebrar al pobrísimo Deportivo Mandiyú.
Desde la platea de Cordiviola bajaron algunos murmullos.
La gente insultaba al técnico.
Encima la jornada fue completa porque Mascherano erró un penal que nos habían regalado.
Para ese partido no estuvo Lavezzi que había sido borrado. "Está de joda", comentaban en la tribuna.
"Central sigue sin levantar cabeza", tituló La Capital.

Y para la quinta fecha vino el bochorno.
Sin Lavezzi por decisión del técnico, sin Di María por lesión y sin Luis Suárez, que tuvo que ir a hacer unos trámites personales a Barcelona, caímos goleados por 3 a 0 en el Monumental.

Arroyito iba a ser un hervidero la siguiente fecha de local ante el durísimo Arsenal.
Abreu renunció en la semana previa, "para descomprimir".
Para colmo, después de ese partido, venía el clásico.
La gente iba decididamente enojada. Y cualquier chispazo podría originar una explosión.
Central arrancó mucho mejor, muy superior, teniendo la pelota y jugando casi todo el primer tiempo en terreno del visitante, hasta que por fin vino el gol, antes de ir al descanso, marcado por
Francesco Lo Celso, tras una jugada individual exquisita.
Del joven Lo Celso se rumoreaba que un grupo paquistaní había comprado el 75 por ciento de una de sus medias. "Son los negocios que hace el Jeque", me dijo Román Didoménica en la platea, serio, en cuero mientras comía semillitas.
El gol trajo un poco de tranquilidad para el entretiempo, la gente despidió a los jugadores que iban rumbo al túnel para descansar con canciones vinculadas al clásico de la semana siguiente. De esas que se cantan con bronca, con el puño cerrado y las venas que se salen del cuello "que el domingo cueste lo que cueste, el domingo tenemos que ganar".
El Jeque sonreía y tomaba champán en el palco oficial mientras era apantallado por un grupo de hinchas a los cuales les daba a cambio protocolos.

Pero la escena cambiaría en el segundo tiempo cuando increíblemente nos empataron ni bien sacaron del medio. Una cosa de locos.
El arquero dominicano Miguel Lloyd, quien había dejado el beísbol para dedicarse al fútbol y tenía el mismo representante que el suizo Dylan Gissy, acomodaba una cinta de papel cuando el cinco de Arsenal pateó tras la orden del referí y tomó por sorpresa a todos, acto seguido salió disparado a festejar el empate ante un Gigante colmado que comenzaba a impacientarse una vez más.
Pero en esta ocasión las miradas se dirigieron por primera vez hacia el palco oficial.
El Jeque era blanco de insultos desde la segunda bandeja y los costados.
"Yo quiero al club quiero la camiseta, que el Jeque loco se vuelva para Qatar", cantaban un puñado de hinchas en la platea del río hasta ir contagiando a todos los que estaban allí, y luego se sumaron los de la popular de Génova y así hasta que el estadio era un sólo grito. Nadie podía disimular.
Los que apantallaban al jeque fueron los primeros en mandarse a mudar.
Y eso al tipo no le gustó.
Por primera vez de su rostro se borró la sonrisa, la cual mutó a unos labios contraídos y cerrados, y sus cejas se enarcaron. Se había enojado.

Decidió irse del estadio antes que finalice el partido y se recluyo en su palacio de la Ciudad Deportiva de Granadero Baigorria.

Se venía la semana previa del clásico y la gente estaba muy ocupada como para pensar en él.

Y el día del derby llegó. Había tensa calma en la ciudad, los dos venían mal y nadie se animaba a augurar un resultado. En Central ninguno de los cuatro refuerzos estaría en cancha.
Por el lado de Newells eran todos jugadores desconocidos, casi ninguno era rosarino. Habían llegado muchos refuerzos de centroamérica y el resto eran todos familiares de Maxi Rodriguez.

Pero esa mañana una avioneta se estrelló contra el Coloso del Parque.
El partido estaba en duda.
La avioneta cayó contra la platea de la visera produciendo daños considerables.
El partido iba a demorarse por los peritajes.
Se especulaba con clausurar el sector.
TyC sports, TN, Crónica, TNT y Fox hablaban sobre si se jugaría o no el clásico.

Una vez más, reinaba la incertidumbre sobre la disputa de un partido en el fútbol argentino.
Desde la dirigencia de Newells aseguraban que estaban dadas todas las condiciones para la disputa del partido, que los restos de la avioneta no habían afectado el terreno de juego y que el humo del incendio producido no impedía la visibilidad, claro sabían que la visita no contaba para este partido con sus refuerzos, por lo cual lo querían jugar cuanto antes.
Pero desde Central, nadie se expedía.
El Jeque no estaba.
Ahí fue que todos se acordaron de él
Creo que fue  Miguel Angel Tessandori el primero que tiró la idea al aire en un llamado telefónico que le hicieron al aire por canal tres
"No se descarta la hipótesis de un atentado" dijo Miguel, el periodista distinguido, en pantuflas desde el sillón de su casa del populoso barrio del Viaducto,
En los foros de internet hablaban de una avioneta narco.

Pero la mayor parte de las sospechas apuntaban al Jeque Canalla.
Y  comenzaron a circular memes por whatsapp, que nunca tardan en llegar, con la cara de Bin Laden, un avión, el escudo Canalla, El Jeque.

Toda una locura, como el mundo Central.


Después de este malogrado clásico hubo problemas con el gobierno nacional al que se acusó de encubrir el atentado por el memorándum de Irán.
Estados Unidos pidió que se investigue el hecho y Venezuela dio su apoyo a la Argentina.

"Central te lleva a la ruina", le comentó el jeque a Germán mucho tiempo después, cuando se cruzaron nuevamente en el Sheraton, esta vez durante el mundial de Qatar. Fue un encuentro casual y breve y se lo dijo en un castellano claro. Había aprendido bastante.
Germán le comentó que tenía entradas para la final del mundo, que podían ir juntos pero el jeque le contestó negando con su cabeza, nervioso, contrariado y apurado, algo poco habitual en él y saludando con una mano, esta vez en inglés, repitió varias veces "no more football, no more football" y se adentró en una limusina que lo aguardaba en la puerta.






martes, 7 de mayo de 2019

LA PREVIA DE LA FINAL


Ese día amaneció soleado en Mendoza.
Llegamos al aeropuerto con Fechu, El Astrónomo y el Lito.
Tomamos un taxi rumbo a la finca.
El chofer era de la hinchada de Independiente de Rivadavia de Mendoza, a quien apodan "La Lepra", clásico de Godoy Cruz club que está en primera división.
Atravesamos la ciudad y encaramos para la zona de Reducción una vez más.
Entramos con el auto e invitamos al conductor a tomar unos mates, por lo cual se prolongó la charla de fútbol.
Nuestros amigos que habían llegado el día anterior y Juampi que nunca se fue comenzaban a levantarse y saludaban al desconocido.
Era el día de la final.
De a poco comenzaron a llegar más amigos de Rosario, chicos del club Regatas, entre ellos El Kito Lo Celso quien ya estaba practicando con el plantel de primera división de Central.
Empezaron los movimientos de idas y venidas, compras, encendido de fuego, armado de la mesa frente al lago, foto grupal, música y vaticinios sobre el partido.
Sonaba la voz cantante del Patón Bauza y el cuento del Negro Fontanarrosa una vez más.
Había que suavizar los nervios y la cerveza Los Andes era una buena compania con la Cordillera de fondo.
Por supuesto el vino Buhler no podía estar ausente ante la mirada orgullosa de los hermanos, Wally y Cristian y nuestro amigo León.
Tras el asado vino la sobre mesa y juegos en ronda. Nombrar arqueros de Central u otros puestos, apodos, que hayan jugado en determinados clubes, etc. La parte lúdica donde todos participamos sin importar la edad, el que repetía o no tenía respuesta iba quedando afuera hasta que los dos últimos llegaban a la final.
Me llamó mucho la atención el conocimiento de Kito a pesar de su juventud sobre la historia de Central.
Luego la efervescencia comenzó a subir, la adrenalina y la ansiedad que te hacen vibrar hasta los huesos y por ende los cánticos Canallas, las camisetas y las banderas desplegadas.
Un momento hermoso.
Siempre dijimos que Central es un viaje de ida.
Pero esta vez íbamos por la vuelta, también.
Y llegó la trafic nomás, la cual Wally había reservado con anticipación.
Nos subimos los 20, cargamos provisiones y nos fuimos rumbo al  estadio.
En el techo repiqueteaban las manos y las canciones de todas las épocas salían una atrás de otras.

"No soy pecho frío soy de la acadé, no tiro butacas no rompo carné, yo a Central lo llevo en el corazón... yo soy guerrero, no es un equipo es una pasión, es un sentimiento en el corazón,  y no es un chamuyo de televisión, es verdadero... Esta hinchada es así, la más loca del país, somos locos y borrachos como el Puma y como el Chacho y a alentar llegaron Los Guerreros, auriazul se pinta el carnaval... son de acá El Che y el Negro Olmedo, trajeron fiesta y carnaval.... así es Central"

Mientras cantamos y hago equilibrio para evitar verter el contenido del vaso desde la última fila de asientos se me aparece la voz de mi amigo Román Didoménica diciendo "no se dice fiesta, se dice furia, el che trajo furia y olmedo el carnaval, mirá si el che va a venir con una metralleta a traer fiesta",algo que  más de una vez expresó.
Es que "Máquina", como también le decimos es un estudioso de la hinchada al punto que está haciendo "una documental" con referentes de la tribuna de todos los tiempos, desde la época del Cabezón Fanta, pasando por el Lolo Schamun, al Turco Spid entre otros.


Ya llegando a la ciudad comenzamos a cruzarnos con el color del partido, viendo gente de ambas parcialidades. Hubo un intercambio de señas e insultos con un colectivo de hinchas de Gimnasia pero la cosa quedó ahí.
Incluso el Lito se bajó de la trafic y sacó de vuelo a uno con la remera de Central que se había acercado a la ventanilla baja del colectivo y convocaba a la gente que circulaba en ese momento por la zona, para que se acercase a agitar a los del Lobo.

El tránsito siguió su rumbo y buscamos donde estacionar, ya en la zona del parque donde estaba la entrada de hinchas de Central.

Nos bajamos y nos quedamos un rato con nuestros vasos de fernet bajo un árbol a unos cien metros de la zona de ingreso.
En eso vemos que se aproxima un colectivo y nos acercamos a la calle para ver quienes venían allí.
Era la delegación de Central que llegaba sonriente, saludando por la ventanilla.
Nuestro grupo de amigos, alegre y festivo, encanallados con gorros y remeras devolvió el saludo con cánticos.
El Patón Bauza nos miró feliz, agitando una de sus manos.
Justo, llegamos en el momento justo. Parecía todo cronometrado u organizado. Como esas cosas que te pasan en el centro de Rosario que te encontrás con alguien que hacía mucho que  querías ver, lo recordás y luego aparece. Y para que ello suceda ese día se tienen que dar un montón de combinaciones  y ocurren. Porque si ese día agarrabas una calle distinta, un trámite se demoraba un poco más o un poco menos no pasaba, pero ese día te tenías que cruzar con un amigo, un familiar o alguien que fue importante en tu vida.

Estábamos en la felicidad plena, tomando un aperitivo, al aire libre, en otra ciudad  y con amigos. El Fechu Van Tuyne hacía una video llamada con sus hijos y le mostraba el grato momento.
En eso estábamos cuando  vimos que se aproximaba otro colectivo.

Se me vino a la cabeza lo que acababa de ocurrir días atrás con la segunda final de la libertadores entre River y Boca, la cual fue suspendida por un botellazo al micro del plantel de Boca cuando iba en camino al Monumental.
Hice una asociación simple, un grupo de hinchas de Central, un micro con jugadores del equipo rival, la policía sugestionada que venía en motos por delante, costados y atrás como un escuadrón de la muerte.

Atiné, ni bien vi ese cuadro a decirle al astrónomo, "¡rajemos!"