Mundy está sentado sólo y contempla la situación. Está acodado en el banco bajo la pared blanca de la cual se desprende una escultura en la cual dos remeros nunca avanzan.
Tiene su camisa de jean arremangada, pantalones vaqueros azules y zapatos marrones.
En una de sus muñecas tiene un reloj de los que son baratos.
Mira. Y piensa.
Pasa casi diez horas o tal vez más los domingos en el club sentado en ese lugar. No es una exageración lo que escribo con el fin de mitificar este relato. Es una realidad.
Tal vez a nadie del club le importa Mundy o tal vez a Mundy no le importe nada ni nadie del club.
Pero allí está él y allí está el club.
Observa y reflexiona.
En otoño se juntan hojas en la cancha verde y en verano se escucha el bullicio de los pibes que juegan en la pileta.
Ve amor en la escalera naranja.
Ve complicidad y amistad y muchas semillitas.
Ve a Vivi Guerci que sale a fumar con sus amigas en un impase del burako.
Allí está Mundy, algunos lo saludan y él responde.
Otros lo ignoran y otros simplemente no se dan cuenta que él existe.
En invierno tiene puesta una campera negra. Por debajo, la misma ropa. Para esa estación oscurece más temprano pero él se queda hasta las diez de la noche igual y ve morir un poco el club.
El buffet cierra y baja sus rejas mientras Jacinto fuma y hace las cuentas.
Quedan algunos jugando a las cartas y se oyen los ecos desde el salón. A veces rien, otras se pelean y de a poco se empiezan a ir dejando pocillos vacíos y copones donde una cuchara de postre hurgó unas frutillas con crema.
El sigue ahí, todo los domingos en su banco al cual a veces comparte con ocasionales ocupantes. Con alguno de ellos cruza algunas palabras pero son los menos.
Cuando llega la primavera ve subir la escalera naranja y acelerando el paso a los tenistas quienes con sus bolsos inmensos confluyen en el vestuario.
Mundy piensa y analiza. Al otro día es lunes y tiene que ir a dar clases al politécnico.
Cada tanto pone sendos codos contra sus muslos y entrelaza las manos mientras sus zapatos quedan en punta de pie sobre el piso que emula un tablero de ajedrez.
Mundi es un peón de la vida y está ahí jugando el juego que le tocó jugar. O el que el quiere.
Por ahora no mueve pero no hay ningún reloj que lo corra, ni ningún contrincante enfrente que se impaciente.
Su reloj, ya les dije de los baratos, de malla marrón creo que no tiene pilas. No estoy seguro de esto igual. Tendría que haberle preguntado la hora alguna vez para corroborarlo.
Tiene su camisa de jean arremangada, pantalones vaqueros azules y zapatos marrones.
En una de sus muñecas tiene un reloj de los que son baratos.
Mira. Y piensa.
Pasa casi diez horas o tal vez más los domingos en el club sentado en ese lugar. No es una exageración lo que escribo con el fin de mitificar este relato. Es una realidad.
Tal vez a nadie del club le importa Mundy o tal vez a Mundy no le importe nada ni nadie del club.
Pero allí está él y allí está el club.
Observa y reflexiona.
En otoño se juntan hojas en la cancha verde y en verano se escucha el bullicio de los pibes que juegan en la pileta.
Ve amor en la escalera naranja.
Ve complicidad y amistad y muchas semillitas.
Ve a Vivi Guerci que sale a fumar con sus amigas en un impase del burako.
Allí está Mundy, algunos lo saludan y él responde.
Otros lo ignoran y otros simplemente no se dan cuenta que él existe.
En invierno tiene puesta una campera negra. Por debajo, la misma ropa. Para esa estación oscurece más temprano pero él se queda hasta las diez de la noche igual y ve morir un poco el club.
El buffet cierra y baja sus rejas mientras Jacinto fuma y hace las cuentas.
Quedan algunos jugando a las cartas y se oyen los ecos desde el salón. A veces rien, otras se pelean y de a poco se empiezan a ir dejando pocillos vacíos y copones donde una cuchara de postre hurgó unas frutillas con crema.
El sigue ahí, todo los domingos en su banco al cual a veces comparte con ocasionales ocupantes. Con alguno de ellos cruza algunas palabras pero son los menos.
Cuando llega la primavera ve subir la escalera naranja y acelerando el paso a los tenistas quienes con sus bolsos inmensos confluyen en el vestuario.
Mundy piensa y analiza. Al otro día es lunes y tiene que ir a dar clases al politécnico.
Cada tanto pone sendos codos contra sus muslos y entrelaza las manos mientras sus zapatos quedan en punta de pie sobre el piso que emula un tablero de ajedrez.
Mundi es un peón de la vida y está ahí jugando el juego que le tocó jugar. O el que el quiere.
Por ahora no mueve pero no hay ningún reloj que lo corra, ni ningún contrincante enfrente que se impaciente.
Su reloj, ya les dije de los baratos, de malla marrón creo que no tiene pilas. No estoy seguro de esto igual. Tendría que haberle preguntado la hora alguna vez para corroborarlo.
Me acuerdo cada tanto de Mundy, sentado ahí, sólo.
A veces me acercaba y me quedaba un rato charlando con él. Ahí me enteré que era matemático. Que era profesor.
Hablábamos de cosas triviales. Un rato. Yo creo que me acercaba por compasión al principio, pero después me di cuenta que eso despertaba curiosidad en quienes pasaban. Y me divertía.
Fue a partir de ese vínculo que entró en confianza y me reveló algunas cosas que prefiero callar. Información muy comprometedora y sensible para muchos socios del club.
Me habló de matar también. Y hablamos mucho del suicidio.
Evaluamos posibilidades, intercambiamos preceptos. Buscamos juntos el sentido de la vida.
Creo que nos hicimos un poco amigos aunque una vez llegamos a la conclusión de que la amistad no existe. Al menos eso creo ahora yo, aunque ya no debatimos.
Y no porque yo no quiera sino por que él me abandonó. Fue en verano, lo recuerdo muy bien porque yo estaba acá, sentado en el banco.
Fue para la época en que empiezan a pedir carnet en la pileta, bajo esos soles que prenden fuego la escalera naranja que está ahí y se llena de juventud pasar despreocupada cuando terminan las clases, en grupos, riendo, abrazada.
Yo los veo desde acá aunque a veces,debo admitir, me enojo cuando suben la escalera y entran al hall dejando la puerta abierta. Y por ahi les digo algo.
En ese verano del año 2000 fue cuando Mundy dejó el banco, fue un domingo que yo lo vi pasar en zapatillas, bermuda de jean cortada y la misma camisa de siempre.
Iba acompañado por el grupo de ecologistas que suele pasar semanas en la isla durante el verano.
De sus pómulos brillaba el color que le había propiciado el sol y en el grupo eran varios. Había mujeres y según me enteré fue allí donde encontró el amor.
Pasan cada tanto por ahi abajo y de acá los veo. Parece estar feliz, incluso lo he visto reir.
Parece que se amigó con el club. O con el mismo. O que movió las fichas de la partida de ajedrez que es la vida.
A veces me acercaba y me quedaba un rato charlando con él. Ahí me enteré que era matemático. Que era profesor.
Hablábamos de cosas triviales. Un rato. Yo creo que me acercaba por compasión al principio, pero después me di cuenta que eso despertaba curiosidad en quienes pasaban. Y me divertía.
Fue a partir de ese vínculo que entró en confianza y me reveló algunas cosas que prefiero callar. Información muy comprometedora y sensible para muchos socios del club.
Me habló de matar también. Y hablamos mucho del suicidio.
Evaluamos posibilidades, intercambiamos preceptos. Buscamos juntos el sentido de la vida.
Creo que nos hicimos un poco amigos aunque una vez llegamos a la conclusión de que la amistad no existe. Al menos eso creo ahora yo, aunque ya no debatimos.
Y no porque yo no quiera sino por que él me abandonó. Fue en verano, lo recuerdo muy bien porque yo estaba acá, sentado en el banco.
Fue para la época en que empiezan a pedir carnet en la pileta, bajo esos soles que prenden fuego la escalera naranja que está ahí y se llena de juventud pasar despreocupada cuando terminan las clases, en grupos, riendo, abrazada.
Yo los veo desde acá aunque a veces,debo admitir, me enojo cuando suben la escalera y entran al hall dejando la puerta abierta. Y por ahi les digo algo.
En ese verano del año 2000 fue cuando Mundy dejó el banco, fue un domingo que yo lo vi pasar en zapatillas, bermuda de jean cortada y la misma camisa de siempre.
Iba acompañado por el grupo de ecologistas que suele pasar semanas en la isla durante el verano.
De sus pómulos brillaba el color que le había propiciado el sol y en el grupo eran varios. Había mujeres y según me enteré fue allí donde encontró el amor.
Pasan cada tanto por ahi abajo y de acá los veo. Parece estar feliz, incluso lo he visto reir.
Parece que se amigó con el club. O con el mismo. O que movió las fichas de la partida de ajedrez que es la vida.
Son conjeturas que hago acá, sólo, sentado en el banco del hall de Regatas una tarde de domingo.
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