Hubo una época en la cual en la portería de Regatas trabajó una señora de nombre Nelly quien tenía el rol de controlar el acceso al club como todo aquel que está rotativamente en ese puesto.
Estamos hablando de mediados de los noventas donde no había control digital y dactilar por lo cual quien se hallaba en la vieja garita debía solicitar el carnet, chequear el recibo del mes y acto seguido habilitar o impedir el ingreso a las instalaciones.
En algunas ocasiones Nelly se tomaba el trabajo de revisar minuciosamente el padrón de socios, el cual estaba impreso en miles de hojas, cuando la persona esgrimía alguna razón por la cual había olvidado ese documento de identidad regatense. Eran las menos, pero esto ocurría excepcionalmente con unos pocos y asertivos a quienes dejaba pasar tras controlar si estaban al día con la cuota.
Esta señora, de aproximadamente unos cincuenta años, petisa y gorda, tenía un aire al Pinguino, el emblemático personaje de Batman.
Nariz aguileña, mirada detrás de un par de lentes de aumento y siempre estaba vestida de celeste y azul lo cual le imprimía un cierto aire de autoridad.
Si hasta se rumoreaba que había trabajado en las fuerzas del orden.
Nariz aguileña, mirada detrás de un par de lentes de aumento y siempre estaba vestida de celeste y azul lo cual le imprimía un cierto aire de autoridad.
Si hasta se rumoreaba que había trabajado en las fuerzas del orden.
A Nelly rara vez se le escapaba una persona sin controlarla en el ingreso.
De nada servía decir "recién salí y volví", "fui hasta el auto" o "venimos de merendar en el kiosco de la Piru", ese que estaba a media cuadra por calle Olivé y juntaba a todo el piberío alrededor de un metegol entre Coca Colas a medias, Saladix y Fantoches.
Ningún motivo era válido para ella, ni de fuerza mayor por lo cual había que tomarse el trabajo de abrir bolsos y billetera en busca del carnet.
Ni el presidente se salvaba.
De nada servía decir "recién salí y volví", "fui hasta el auto" o "venimos de merendar en el kiosco de la Piru", ese que estaba a media cuadra por calle Olivé y juntaba a todo el piberío alrededor de un metegol entre Coca Colas a medias, Saladix y Fantoches.
Ningún motivo era válido para ella, ni de fuerza mayor por lo cual había que tomarse el trabajo de abrir bolsos y billetera en busca del carnet.
Ni el presidente se salvaba.
Es cierto que no tenía los mejores modales ya que era habitual que con un tono de mujer sargento reiteraba una y otra vez "El carnecito por favor", con una mezcla de suavidad y aspereza.
Era realmente el temor de los colados y de los morosos.
Era realmente el temor de los colados y de los morosos.
Yo he visto gente llorar en la puerta, o enrojecer de la verguenza.
Vi familias con cochecitos y reposeras tener que emprender la vuelta a sus pequeños y oscuros departamentos céntricos una tarde de domingo ante la falta del último mes pago.
Y lo han hecho con la cabeza gacha, sin apelar a la queja porque sabían que con ella no había chances.
Era la policía federal en la puerta de Regatas.
Hasta un vaho a comisaría desprendía esa garita con olor a tinta de sellos y a estufa a kerosene en invierno.
Vi familias con cochecitos y reposeras tener que emprender la vuelta a sus pequeños y oscuros departamentos céntricos una tarde de domingo ante la falta del último mes pago.
Y lo han hecho con la cabeza gacha, sin apelar a la queja porque sabían que con ella no había chances.
Era la policía federal en la puerta de Regatas.
Hasta un vaho a comisaría desprendía esa garita con olor a tinta de sellos y a estufa a kerosene en invierno.
Y fue el Fede Pereyra su principal enemigo.
Es que al Fede, sobre todo de adolescente, no le gustaba mucho todo lo relativo a la autoridad.
Es que al Fede, sobre todo de adolescente, no le gustaba mucho todo lo relativo a la autoridad.
Y fue en su primer cruce de mirada con Nelly que ambos se sacaron chispas
Él, de ojos verdes fluctuantes entre la dulzura y el lunatismo, con su cabello rubio erguido cual pájaro cardenal maligno colisionó con la mirada azul burócrata de la portera.
Fue un verano de carpetas prestadas, de resúmenes de materias por rendir en marzo, alpargatas con suelas de goma que juntaban olor y transpiración y remeras con dibujos de Looney Tunes.
Un verano en el cual había un grupo de chicas que se autodenominaron las Samanthas en honor a Samantha Farjat, la mediática implicada en el caso del jarrón de Guillermo Coppola y confeccionaron remeras con las cuales se identificaban del resto.
Ese verano El Fede tuvo varios roces con Nelly siendo el de la ocasión cúspide una tarde de enero de esas en las que en Rosario no se puede respirar por el sol abrasador.
Ese verano El Fede tuvo varios roces con Nelly siendo el de la ocasión cúspide una tarde de enero de esas en las que en Rosario no se puede respirar por el sol abrasador.
El Fede llegó caminando desde la calle Washington, haciendo pausas debajo de los árboles, pidiendo agua a los vecinos, en una peregrinación digna de ser añadida en la Biblia, similar a la del éxodo hebreo conducido por Moisés.
Según cuenta la leyenda pasó entre las aguas del arroyo Ludueña, por medio del puente que comunica la calle Nansen con el Parque Alem, donde incluso unos pescadores afirman que durmió una siesta para luego abordar el desaparecido y malogrado tren que paseaba niños.
Tras ese agobiante periplo, con una sensación térmica que oscilaba los 75 grados, la cual no soportó ni la mismísima estatua inanimada en homenaje Leandro Nicéfaro Alem, que se animó, dejó su sitio en el cual acostumbra a estar cortando un tronco de cemento, cruzó la Avenida y se refrescó en las piletas públicas.
Por supuesto los testimonios de Fede Pereyra son confusos lo cual es lógico, dado a que a esa altura es muy probable que haya sufrido alucinaciones.
Por supuesto los testimonios de Fede Pereyra son confusos lo cual es lógico, dado a que a esa altura es muy probable que haya sufrido alucinaciones.
Fuero las torres del Gigante de Arroyito, esos cuatro cepillos de dientes enormes, que le indicaron que estaba próximo a su destino.
Tal vez pensó que eso era otra visión producto de la fatiga, el cansancio y la sed, pero no, había llegado, estaba a escasos metros de la puerta de Regatas.
Tal vez pensó que eso era otra visión producto de la fatiga, el cansancio y la sed, pero no, había llegado, estaba a escasos metros de la puerta de Regatas.
Pereyra, se apoyó con su última fuerza sobre la ventana de ladrillos naranja de la portería, se quitó su musculosa amarilla y verde para secar el sudor de su frente y con la garganta seca, sin una ínfima gota de saliva en su lengua alcanzó a saludar a Nelly y comentar "no doy más, lo que transpiré".
"El carnecito Pereyra, muéstreme el carnecito", disparó El Pinguino interpretado por Dany Devito en el film de Tim Burton con la fuerza de un Tanque Sherman, carente de toda actitud hospitalaria con nuestro amigo que se desvanecía luego de tamaña y épica peregrinación.
De todas maneras, Federico levantó su mirada verde y como un Cardenal enojado repelió el ataque preguntando con firmeza: “¿Cómo?"....
La portera lejos de amilanarse y mientras anotaba algo en el cuaderno de actas negro que bien podría haber sido la máquina de escribir Olivetti de un sumariante contraatacó: "Como ya le dije, Pereyra, acá sin el carnecito no se puede entrar".
"El carnecito Pereyra, muéstreme el carnecito", disparó El Pinguino interpretado por Dany Devito en el film de Tim Burton con la fuerza de un Tanque Sherman, carente de toda actitud hospitalaria con nuestro amigo que se desvanecía luego de tamaña y épica peregrinación.
De todas maneras, Federico levantó su mirada verde y como un Cardenal enojado repelió el ataque preguntando con firmeza: “¿Cómo?"....
La portera lejos de amilanarse y mientras anotaba algo en el cuaderno de actas negro que bien podría haber sido la máquina de escribir Olivetti de un sumariante contraatacó: "Como ya le dije, Pereyra, acá sin el carnecito no se puede entrar".
Y los pelos de Pereyra, los pelos del mal, se endurecieron más que nunca y de sus ojos verdes salió fuego, contó Carlitos, el entrañable cuidacoches que llegaba a la puerta del club en una limousine que alquilaba, vestido de frac, imitaba a Sandro y nos deleitaba cantando "rosa, rosa tan maravillosa".
Federico le asestó luego, sacando fuerzas de sus entrañas: "Yo te lo voy a traer, pero cuando vuelva te lo vas a tener que meter en el culo".
Federico le asestó luego, sacando fuerzas de sus entrañas: "Yo te lo voy a traer, pero cuando vuelva te lo vas a tener que meter en el culo".
Dio media vuelta y caminó hacia su histórica casa de calle Alvarez Thomas, allí donde la perra ovejera Blackie era su guardiana y jamás ponía reparos para que ingresara.
Al contrario, lo recibía con beneplácito moviendo su cola y con alegría. Situación harto lejana a la hostil de la cual estaba siendo rehén en su segundo hogar con esta nueva empleada quien, como una Castrilli de las puertas de los clubes, aplicaba el reglamento a rajatabla, sin salirse de una coma.
Al contrario, lo recibía con beneplácito moviendo su cola y con alegría. Situación harto lejana a la hostil de la cual estaba siendo rehén en su segundo hogar con esta nueva empleada quien, como una Castrilli de las puertas de los clubes, aplicaba el reglamento a rajatabla, sin salirse de una coma.
El Fede regresó a su casa, le contó el suceso a su madre, una elocuente profesora de letras, mujer catedrática con rodaje en muchas escuelas de la ciudad, al punto de haberlo tenido a él mismo como alumno durante un reemplazo temporario en la Escuela General Las Heras del barrio Refinería.
Ella trató de tranquilizarlo con sabias palabras y le preparó un nesquik mientras el Fede acariciaba a la Blackie, que entendiendo el malestar de su amigo, le transmitía paz hogareña sentada a su lado.
Se fue olvidando del suceso, si hasta se puso luego a molestar a su perra abriendo la puerta del horno, acción que hacía que esta saliese fugaz e instantáneamente hacia el patio, asustada, vaya a saber debido a que trauma de sus años de cachorra criada entre los tres hermanos Pereyra.
Ella trató de tranquilizarlo con sabias palabras y le preparó un nesquik mientras el Fede acariciaba a la Blackie, que entendiendo el malestar de su amigo, le transmitía paz hogareña sentada a su lado.
Se fue olvidando del suceso, si hasta se puso luego a molestar a su perra abriendo la puerta del horno, acción que hacía que esta saliese fugaz e instantáneamente hacia el patio, asustada, vaya a saber debido a que trauma de sus años de cachorra criada entre los tres hermanos Pereyra.
Y cuando el calor comenzó a amainar mientras el sol naranja bajaba al otro lado del Paraná Federico, decidió tomar su bicicleta y el carnet del club para disfrutar con sus amigos de algún momento.
Quien sabe, tal vez se armarían esos encuentros de fútbol al que llaman Decadente en los cuales se oye la frase "hay equipo" desde afuera de la canchita y hace que quienes están jugando sepan que si pierden, tienen que salir.
O tal vez se reuniría con su grupo de amigos y las Samanthas donde había una chica, Natalia, que le gustaba.
O vaya a saber, tal vez El Pillo Aronna estaba planeando cocinar algo muy elaborado junto a Guido Primo y Lucas Comelli y tenía que acompañarlos para hacer las compras.
Quien sabe, tal vez se armarían esos encuentros de fútbol al que llaman Decadente en los cuales se oye la frase "hay equipo" desde afuera de la canchita y hace que quienes están jugando sepan que si pierden, tienen que salir.
O tal vez se reuniría con su grupo de amigos y las Samanthas donde había una chica, Natalia, que le gustaba.
O vaya a saber, tal vez El Pillo Aronna estaba planeando cocinar algo muy elaborado junto a Guido Primo y Lucas Comelli y tenía que acompañarlos para hacer las compras.
Algo siempre salía. Algo siempre sale.
Pero no pudo entrar.
De nada sirvieron las palabras de su madre.
Pero no pudo entrar.
De nada sirvieron las palabras de su madre.
El viaje en bici había sido largo, menos tiempo y sin los sinsabores del trayecto caminando, pero largo al fin, lo cual le dio tiempo para pensar, y a veces pensar tanto no es bueno, como dice una canción.
No llegó cansado ni con sed porque llevaba en el caño de su G.T. una caramañola.
Estaba totalmente en su sano juicio y sin posibilidad de desvarío ante las alucinaciones que puede provocar el calor.
Llegó fresco porque ya casi era de noche, la temperatura había cedido y en el andar de la bici recibió el aire frío en la cara.
Se había bañado.
Estaba cambiado porque esa noche, estaba dentro de las posibilidades, saldría a bailar a Contrabando, el boliche que quedaba en la bajada Sargento Cabral, o quizás a Timotea lo cual era ideal porque le quedaba más cerca de su casa, ahí nomás debajo de la barranca.
No llegó cansado ni con sed porque llevaba en el caño de su G.T. una caramañola.
Estaba totalmente en su sano juicio y sin posibilidad de desvarío ante las alucinaciones que puede provocar el calor.
Llegó fresco porque ya casi era de noche, la temperatura había cedido y en el andar de la bici recibió el aire frío en la cara.
Se había bañado.
Estaba cambiado porque esa noche, estaba dentro de las posibilidades, saldría a bailar a Contrabando, el boliche que quedaba en la bajada Sargento Cabral, o quizás a Timotea lo cual era ideal porque le quedaba más cerca de su casa, ahí nomás debajo de la barranca.
Se había peinado por lo cual ni siquiera tenía esos pelos erguidos que inspiraban aires demoníacos.
Nada de eso. Tenía el flequillo a un costado, mojado después de haberse bañado.
Olía bien con el desodorante Dufour Ocean y un buen perfume que le robaba a su hermano Patricio cada tanto.
Nada de eso. Tenía el flequillo a un costado, mojado después de haberse bañado.
Olía bien con el desodorante Dufour Ocean y un buen perfume que le robaba a su hermano Patricio cada tanto.
Tal vez Nelly hubiera olvidado las palabras enojadas que tuvo para con ella unas horas antes.
Tal vez con unas disculpas hubiese bastado ya que había tenido toda una tarde para recapacitar por sus dichos.
Tal vez con otra actitud, otro modo, no hubiese sido suspendido por el resto del verano del Club.
Tal vez con unas disculpas hubiese bastado ya que había tenido toda una tarde para recapacitar por sus dichos.
Tal vez con otra actitud, otro modo, no hubiese sido suspendido por el resto del verano del Club.
Es que al llegar por segunda vez en el día, Federico Pereyra, acomodó su bicicleta contra la ventanilla, sacó pacientemente su billetera en la cual se mezclaba el carnet de Rosario Central, un descuento para alguno de los boliches de Villa Gessel que no usó en sus vacaciones, unos magros pesos menemistas que alcanzaban para mucho y por fin el tan preciado carnet de Regatas, con la última cuota paga, el cual sostuvo entre sus dedos mientras acomodaba su billetera.
Acto seguido lo tiró frente a la humanidad azul, celeste, burócrata y con olor a tinta de Nelly, la portera para luego espetarle: "Ahora te lo podés meter bien en el centro del ojete, vieja hija de re mil putas".
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