La última vez que lo vi a Chasmann estaba sentado en el cordón del Boulevard Rondeau contando colectivos de espaldas al negocio de Garrote Alberdi.
Me senté a su lado e inquirí: "¿querés pasar unos videos en una fiesta?" pero no obtuve respuesta.
Él continuó con su tarea, señalando cada vez que pasaba uno de esos gigantes amarillos, diciendo cosas ininteligibles.
Tenía puestas un par de zapatillas Topper sucias, un short de futsal del Club Banco Nación con el número ocho y una remera con la propaganda del Frigorífico Sugarosa que le quedaba grandísima.
Él continuó con su tarea, señalando cada vez que pasaba uno de esos gigantes amarillos, diciendo cosas ininteligibles.
Tenía puestas un par de zapatillas Topper sucias, un short de futsal del Club Banco Nación con el número ocho y una remera con la propaganda del Frigorífico Sugarosa que le quedaba grandísima.
Lo acompañé a su lado un largo rato, callado.
Cada tanto mientras emitía sonidos extraños se le caía un hilo de saliva por las comisuras de sus labios que se hacía largo y se perdía en la boca de tormenta que acumulaba hojas a sus pies.
Otra cosa que llamó mi atención es que sólo contaba hasta diez y luego volvía a empezar.
Otra cosa que llamó mi atención es que sólo contaba hasta diez y luego volvía a empezar.
Cuando esto ocurría los ojos se le iban para atrás y quedaban blancos con un montón de venitas naranjas que se ramificaban.
A Charol Chasmann lo conocí una mañana en el bar de la terminal Mariano Moreno a la espera del colectivo que me depositaría en Luján, ciudad a dónde iba regularmente a poner música con mis discos de vinilo.
Era habitual que yo hiciera tiempo en el bar de la estación tomando un café y leyendo La Capital.
Y un día lo vi ahí, como un desquiciado cambiando canales con el control remoto.
No paraba un segundo. Era algo digno de ver.
No paraba un segundo. Era algo digno de ver.
Los mozos ya habían perdido el factor sorpresa y no le prestaban tanta atención, cada tanto le hacían un chiste o se reían entre ellos, pero era algo esporádico.
Uno de ellos me comentó que él venía seguido, que al principio no se lo querían dar al control pero al notar que el público se quedaba y consumía lo dejaban.
Y era cierto, era un espectáculo, si la primera vez casi no pierdo el bondi por verlo cambiar canales.
Su público era variado pero estaba marcadamente signado por la presencia de jubilados que habitaban el barrio de la terminal.
Uno de ellos me comentó que él venía seguido, que al principio no se lo querían dar al control pero al notar que el público se quedaba y consumía lo dejaban.
Y era cierto, era un espectáculo, si la primera vez casi no pierdo el bondi por verlo cambiar canales.
Su público era variado pero estaba marcadamente signado por la presencia de jubilados que habitaban el barrio de la terminal.
Tal vez era por la hora de la mañana, la cual era muy temprana y como en general no saben que hacer y duermen poco apenas se despertaban se iban derecho a ver el espectáculo, que además era gratuito. O con una mínima consumición.
"Dejá ahí le decían, dejá algo", le gritaban cada tanto, sobre todo cuando se renovaba el público o venía gente de otras ciudades. Pero era en vano, Charol seguía con su labor incansable y constante.
Admito que alguna que otra vez he ido a desayunar tras poner música en algún boliche sólo para verlo a él cambiar canales. Y que me he frustrado más de una vez cuando no estaba.
"Debe estar contando los colectivos que llegan" me dijo uno de los mozos una vez. Fue cuando descubrí su otra gran pasión.
Pasaron los años y el boliche de Luján cerró o cambió de dueño por lo cual mis incursiones de rutina a la terminal cesaron y no supe más nada de él hasta que lo crucé la última vez aquella tarde otoñal sentado en el cordón y le propuse por segunda vez que pase unos videos en una fiesta homenaje al metegol donde me llamaron para poner música.
Fue cuando abortó el conteo y giró su rostro para mirarme seriamente. Por primera vez en su vida parecía prestarme atención.
Luego se metió un dedo en la nariz y comenzó a hurgarla violentamente.
Gritaba y gruñía.
Guillermina Grande, la hija menor de Garrote salió alborotada del negocio para ver que pasaba.
Ella también fue testigo del momento en que Charol Chasmann tiró desde adentro de una de sus fosas nasales y pudo ver como salía el mango verde de plástico para finalmente ofrecerme un paraguitas de chocolate que tenía incrustado adentro de su nariz.
Este Chasmann es un artista, un caballero, es todo un gentleman, sin lugar a dudas.
Y lo quiero como v.j. en la fiesta.
Voy a ver como me las arreglo, pero estoy seguro que lo voy a llevar a poner videos en esa fiesta del metegol.
Por ahora le prendí una vela a San Expedito.
Con un paro de bondis me las arreglo.

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